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Parque Central: falsa modernidad

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03/03/2016
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TEXTO: MIRELIS MORALES TOVAR | FOTOGRAFÍA: FABIOLA FERRERO

El proyecto urbanístico de vanguardia, que se construyó a comienzos de la década del setenta, ubicaría a Caracas en la dimensión contemporánea que reclamaba la época. Parque Central era todo lo que prometía el futuro. Pero el país no estuvo preparado para un conjunto de tal magnitud y los años, el descuido y el fuego han dejado su huella en el espacio urbano que se diseñó para disfrutar del “derecho a ser gente”

Marzo de 2015. El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa) inauguró la exposición Latin America in Construction: Architecture 1955-1980, como una manera de homenajear a la arquitectura del continente por su rol en el proceso de modernización de las ciudades. Un comité, integrado por miembros de toda Latinoamérica, realizó la selección de las obras urbanas de once países de la región. Venezuela entre ellos. La muestra local estuvo conformada por el Hotel Humboldt, la Corporación Venezolana de Guayana, el Centro Simón Bolívar y Parque Central. De esa manera, Nueva York le dio el sitial que se merece al proyecto ideado por los arquitecto Daniel Fernández-Shaw y Enrique Siso, por iniciativa de Gustavo Rodríguez Amengual, presidente en ese entonces del Centro Simón Bolívar (CSB).

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La construcción de Parque Central fue el evento arquitectónico que marcó la ciudad en la década del setenta del siglo pasado, según reseña la Guía de Arquitectura y Paisaje de Caracas. Ese proyecto, que prometía ser en sí mismo una ciudad moderna y ofrecer un nuevo modo de vivir, fue concebido como un conjunto de usos múltiples. Algo nunca antes visto. Ocho edificios residenciales convivirían con oficinas, comercios, museos y salas de convenciones. Todo construido con criterios de vanguardia: un sistema de extracción de basura al vacío, suministro de agua por tuberías de cobre y aire acondicionado integral con agua helada.

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Ante los ojos del mundo, Parque Central fue un proyecto avanzado a su tiempo. De ahí que la Universidad de Harvard también reconoció su importancia en junio de 2015 al otorgar, a través de su Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos, una beca al profesor de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de Prodiseño Vicente Lecuna para desarrollar un estudio titulado Nada se asemeja al pasado: El tiempo y la modernidad patrocinado por el Estado en Caracas “Parque Central”, que explora la influencia de este complejo urbanístico en la literatura, el cine, la música y la fotografía nacionales.

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Venezuela, entretanto, no ha actuado a la par. El país que vio nacer este modelo urbanístico se empeña en desaparecer cualquier vestigio de esa modernidad que quiso ser y nunca fue. En marzo de 2015, mientras Nueva York elogiaba el proyecto de Parque Central en el MoMa, un incendio consumía el pent house (piso 39) del edificio Tajamar, una de las ocho torres residenciales del complejo. Las llamas arrasaron con las instalaciones de Fundarte —ente perteneciente a la Alcaldía de Libertador. No se registraron heridos, pero sí pérdidas materiales.

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A un año de lo ocurrido, el espacio está casi como lo dejaron los bomberos la tarde del 9 de marzo de 2015. Paredes chamuscadas, escaleras de acceso resquebrajadas, pisos cubiertos de escombros y servicios sin reactivar. El personal de Fundarte que allí laboraba nunca más volvió. Los únicos dolientes son los 60 alumnos del Taller de Danza de Caracas, cuya sede sobrevivió al incendio, pero que aún hoy funciona sin luz, sin agua y sin baños por falta de tuberías, según comenta su directora Yury Cavalier.

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La Torre Este se antepone a esa cadena de contradicciones que tejen el mito de Parque Central. El 16 de octubre de 2004, un incendio arrasó con la tercera parte de la estructura que ostentó el título del rascacielo más alto de América Latina hasta 2003. En aquel entonces, se contabilizaron 250 millones de dólares en pérdidas materiales. Hoy, cuando han transcurrido 11 años de aquel siniestro, la torre funciona a medias y aún se desconoce la fecha de la reapertura de los pisos más altos.

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En mayo 2005, se anunció que la Torre Este sería reinaugurada al año siguiente, pero en 2010 aún no se había cumplido tal promesa aunque la edificación estaba “lista” hasta el piso 32 de los 59 totales. En agosto de 2008, el Centro Simón Bolívar anunció que la recuperación se completaría en principios de 2009. Tampoco ocurrió. En noviembre de 2012, el CSB pautó que la reinauguración sería en marzo de 2013, pero ese año tampoco se concretó y, al contrario, en agosto se liquidó el Centro Simón Bolívar para dar paso a Corpocapital —organismo creado por el Gobierno del Distrito Capital para administrar Parque Central desde el 15 de agosto de 2013. Entonces se fijó una nueva fecha para entregar la Torre Este de nuevo en su esplendor, incluyendo una antena en su techo que hace alegoría a la espada del Libertador: 2014. Pero llegó la fecha y de nuevo promesas rotas.

Una década después del incendio de la Torre Este —que se construyó en tres años nomás—, la fecha se había pospuesto seis veces a pesar de la inversión de al menos 684 millardos de bolívares, según recopilación de montos dados en anuncios oficiales. En septiembre de 2014, dos meses antes de inaugurar la “plaza Hugo Chávez Frías” al pie de la Torre Este luego de invertir 12 millones de bolívares, se marcó la más reciente promesa en el calendario: la nueva fecha tentativa para reabrir la Torre Este completa —con todo y mirador en su punto más alto— quedó fijada en marzo de 2016.

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Sin embargo, todo apunta a que la nueva fecha será postergada por enésima vez, porque Corpocapital volvió a quedarse sin presidente el 20 de febrero de este año. No hubo pronunciamiento. Tampoco publicación en prensa. Sin embargo, la información se divulgó como pólvora el lunes 21 de febrero en el pasillo del piso 30 de la Torre Este, donde funciona la Presidencia de Corpocapital. Un grupo del consejo comunal del edificio Tajamar acudió para solicitar una entrevista con el entonces presidente Julio Velazco, quien ocupaba el cargo apenas desde septiembre de 2015, pero la respuesta fue que no podían atenderlas, porque habían nombrado a nuevo director. El sexto en dos años de funcionamiento de Corpocapital.

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Es un hecho que nadie quiere hacerse cargo del monstruo de concreto. Durante el período 1999-2006, una decena de funcionarios pasó por la presidencia del extinto Centro Simón Bolívar, de acuerdo con cálculos publicados en el diario El Universal. Desde entonces, la falta de una cabeza visible y estable se volvió una práctica común. Los vecinos, en consecuencia, dejaron de tener contacto con el ente administrador y quedaron por fuera de la rendición de cuentas de los pagos de condominio, así como de la toma de decisiones.

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“No sabemos qué se hace con el dinero que se paga por el condominio y los trabajos se ejecutan sin consultarnos”, afirma Isamar Angulo, representante del consejo comunal del edificio Tajamar. “Las obras se hacen a medias y no hay a quién reclamarle. No tenemos reuniones con Corpocapital, porque a ellos no les interesa tener contacto con los vecinos y los residentes tampoco muestran interés. Aquí se vive una completa apatía”, agregó.

Sueño de concreto

Parque Central se construyó con el propósito de humanizar Caracas y ubicarla en la dimensión contemporánea que la capital reclamaba para la época. Todo lo que prometía el futuro, estaría en Parque Central. Tanto así, que el complejo arquitectónico se vendió con el eslogan “un nuevo modo de vivir que nada tiene que ver con el pasado”.

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Aquel material promocional que se le ofrecía a los futuros propietarios señalaba que el complejo contaría con los más modernos servicios, ascensores con capacidad para 24 personas, sistema de vigilancia por circuito cerrado de televisión las 24 horas y alarmas contra incendios en todos los pasillos. Aparte, los apartamentos tendrían sanitarios sin tanque de agua, lavamanos con mezclador único de agua fría y caliente, pisos alfombrados sobre base de espuma de caucho y paredes decoradas con una combinación de pintura y tapizado. Todo ello inmerso dentro del paisajismo diseñado por el artista brasilero Roberto Burle Marx, el mismo que dirigió el proyecto del Parque del Este.

“Parque Central era una joya”, afirma Carlos Sánchez, residente del conjunto desde hace 37 años y dueño de un taller mecánico en el sótano 3. “Era tranquilo. Seguro. Era un conjunto residencial de puros profesionales. No tenías necesidad de salir porque aquí había de todo. Restaurantes, discotecas, cine, bancos. Era tu propio hábitat dentro de la ciudad”, agrega.

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En aquellos inicios, la estructura se convirtió en una proyección de país. Era un reflejo de sus sueños, de lo que quería ser. De una ciudad moderna, democrática e inclusiva, según palabras del investigador Vicente Lecuna. “Parque Central fue un gran proyecto de desarrollo. Pero se construyó para un país inventado de la nada, que surgió de una modernidad instantánea, que no existe”, añade.

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El propio arquitecto Daniel Fernández-Shaw reconocería, en una entrevista publicada por el diario El Universal en septiembre de 2009, que Caracas no estaba preparada para un proyecto de tal magnitud. “Parque Central se construyó para un modelo de país que ya no existe. Empezamos a hacerla en 1970, pero en julio de 1977 hubo un rompimiento psicológico en el país, pasamos de ser un país con buen futuro, con dinero, a la falta de esperanza y de optimismo”, alegó.

Lecuna, sin embargo, sitúa el declive de Parque Central en 1983. Época que estuvo marcada por el “Viernes Negro”, complicaciones con el pago de la deuda externa, el deterioro del poder adquisitivo y la implementación del control de cambio, con Recadi. “Desde entonces, me sorprende cómo Parque Central se convirtió en ese punto ciego que no queremos ver. De ser una proyección de nuestro sueño de país, el complejo se convirtió en una metáfora del fracaso. Así se ve reflejado en el cuento ‘Nocturno’ de Lucas García, donde Parque Central está representado como un gigantesco monstruo terrorífico, fracasado, violento y peligroso. Una metáfora del país”.

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Visto así, podría decirse que Parque Central reúne todos los vicios, sinsabores y mortificaciones de la época. Vecinos de tendencias políticas diferentes que no logran ponerse de acuerdo por el bien común; un ente administrador que no rinde cuentas y que promete obras que no ejecuta o deja a medias; inquilinos que cambian arbitrariamente el uso de una propiedad y convierten oficinas en residencias; vecinos irresponsables que mantiene la morosidad del condominio por encima del 60%; propietarios que botan por el ducto de la basura alfombras o televisores ocasionando daño irreparables al sistema de recolección de desechos; apartamentos invadidos; pasillos que dan miedo por falta luz; extintores de incendio robados; escaleras de emergencia clausuradas; filtraciones por doquier, estacionamientos que se han vuelto guaridas de delincuentes frente a los ojos de los organismo de seguridad del Estado que están allí, pero que no actúan.

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“En Parque Central sólo se puede hablar de lo malo”, comenta Jhonny Guerra, presidente de la Asociación de Propietarios de la zona 2. “¿Dónde está lo bueno? El deterioro se lo ha llevado todo. Y no es justo, porque los patrimonios no se tratan así. En teoría, vivimos en conjunto más seguro de Caracas porque aquí tenemos a la Guardia Nacional, a la Policía Nacional Bolivariana y a vigilancia privada, pero ninguno hace nada. Aquí se han presentado atracos en los ascensores, en los pasillos, en los estacionamientos. Esto se ha vuelto un barrio cualquiera”.

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“Ahora cuando uno dice que vive en Parque Central, lo ven como si uno viniera de un antro”, suma Sánchez. “Y a pesar de todo lo malo, a mí no me gusta que hablen mal de Parque Central. Yo estoy agradecido de todo lo que me ha dado. Por eso, estoy convencido de que es rescatable. Lo primero que hay que atacar es la inseguridad, ponerle cariño y buena voluntad. Parque Central necesita tener su propio alcalde, porque esto es un pueblo dentro de una ciudad”.

Para el arquitecto Daniel Fernández-Shaw el proyecto sigue siendo funcional. A su juicio, sacar las narices del Gobierno y dejar que los vecinos asuman el control del conjunto podría ser el camino para que Parque Central cumpla con esa promesa de los años 70 de permitir a sus habitantes disfrutar del “derecho de ser gente”.

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