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Caracas es un gato: en defensa de “Caracas ha muerto”

Sifrizuela1
24/06/2019
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TEXTO: ELIAS ASLANIAN/ REPÚBLICA CAURIMARERA DE SIFRIZUELA COMPOSICIÓN GRÁFICA: YISELD YEMIÑANY

Resguardando sus identidades reales los creadores de la “república libre, soberana, satírica y exquisita” de Sifrizuela se estrenan como columnistas en UB y en su primer texto le echan un poco más de leña a la diatriba acerca de la muerte de Caracas desatada en redes a propósito de las líneas escritas por el periodista Alonso Moleiro

Dale Señor el descanso eterno
Brille para Caracas la luz perpetua

 

“Caracas es pasado. Nos recuerda momentos (…) Esta ciudad se volvió una postal. Caracas ha muerto” afirma Alonso Moleiro con clamor fúnebre en el texto literario “Caracas ha muerto” que en los últimos días ha sacudido las redes sociales. Muchos, como dice el texto y a través del texto, velan a la capital fallecida.

El comediante y guionista Ricardo del Búfalo propone “profanar su tumba, sacar sus huesos y hacer un ritual para revivirla”, la escritora Débora Ochoa Pastrán lo llama “un texto cercano a nosotros” porque “respiramos una ciudad de muerte, caos, niños lamiendo el fondo de bolsas de basura” y el locutor Luis Chicott pide “un velorio de malandro” para la ciudad muerta. Otros, en cambio, se niegan rotundamente – en el típico ciclo del luto – a aceptar la silenciosa muerte de la “ciudad de la eterna primavera”.

Tan pronto como el obituario de Caracas se multiplicó en el ciberespacio, la contrarrespuesta se hizo presente. Quizás desde la negación, quizás desde el chauvinismo o quizás desde la disociación, se afirmó que no: que Caracas no ha muerto. Que está golpeada, dormida o hibernando pero que sigue viva.

Para el sociólogo Damián Alifa, Caracas “no ha muerto, se ha fragmentado, desestructurado, mutado, balcanizado, en un universo de múltiples microrealidades que ya no se entrelazan de la misma manera”. Para el escritor Mirco Ferri “está hibernando. A la espera del renacimiento que ofrece la primavera luego de un cruento invierno.” Otros fueron más crudos. Para el artista plástico Flores Solano “Caracas no se ha muerto un coño e madre. Dejen la mamagüevada”.

Quizás, la respuesta más popularizada fue “Caracas NO ha muerto” publicada por la periodista Daniela Salazar en su Instagram. En esta, dice que “sus vitaminas somos cada uno de los que seguimos aquí’ y “muchos negocios han ABIERTO sus puertas (…) las guacamayas se han encargado de alegrar todas nuestras tardes. El tráfico es mucho más ameno” para pedirle a los dolientes de Caracas que se vayan “a otro lado con sus sentimientos negativos” porque “así no se hace país, así no se construye futuro”.

Pero sí, Caracas está muerta. No importa el lenguaje rosa y lleno de sentimentalismos, las acusaciones contra esos malignos sentimientos negativos, las guacayamas y los negocios que han abierto – bodegones dolarizados y tiendas de trajes de baño, principalmente- porque llevamos años celebrando un novenario. ¿Qué es la muerte de Caracas? ¿Su destrucción absoluta, como Hiroshima bajo la bomba? ¿Su despoblamiento y destrucción, como la antiguas capitales imperiales de Babilonia y Ctesifonte?.

La muerte de Caracas es como la muerte de Dios desde la boca de Nietzsche: simbólica y no literal, referente a un concepto abstracto mayor sobre una situación particular en la vida humana. De la misma manera que la muerte de Dios representa el fin de la moralidad cristiana y sus valores absolutos como resultado de la Modernidad, la muerte de Caracas representa el fin de la ciudad como la conocen habitualmente sus habitantes: es la incapacidad de lidiar con la transformación súbita de su tejido social y circuitos socioeconómicos ante el éxodo masivo de su gente, el quiebre total de la economía, la evaporación de las gestiones públicas y la proliferación de la miseria como resultado de una crisis humanitaria.

Caracas ya no es la misma, acosada por una extraña sensación de soledad. Vivimos en las ruinas de lo que fuimos, de lo que somos: todo se mantiene de pie, pero su esencia ha sido barrida. Se extraña a Caracas, dentro y fuera de ella.

“Desaparecido el litoral central, mermado el empleo, acabada la Cuarta República, tomada la ciudad por la buhonería y las calles por los delincuentes, a los caraqueños aún les queda la noche como gozoso consuelo”, decía Ben Ami Fihman en la revista Exceso en octubre del 2000. Pero incluso la noche se ha quebrado. Ciudad de memorias, de nostalgia, de cuartos fríos y edificios vacíos. Morgue de Bello Monte abarrotada y fétida. Santamarías. Se vende. Metrobús destartalado. Apagones y plantas eléctricas. Ciudad de despedidas, para exprimir el cliché.

 

Con una perspectiva imposible, una barista se refleja en el espejo de un cabaret en la pintura “Un bar del Folies-Bergère” (1882) de Édouard Manet. Desconcentrada, con una mirada perdida y melancólica, parece no tener interés alguno en el hombre con el que conversa según el reflejo del espejo. Está desconectada. Para el historiador Robert Herbert, pinturas impresionistas como esta demostraban el sentimiento de aislamiento que acaecía sobre los parisinos después de la renovación de Haussmann, cuando París fue demolida y reconstruida como una ciudad nueva, coartando a sus habitantes de sus raíces y patios de infancia. “La continua destrucción del París físico”, dice Herbert, “llevó asimismo a la destrucción del París social”.

De igual manera, los caraqueños experimentamos la desconexión impresionista de la barista del Folies-Bergère, pero sin Haussmann, sin nuevos parques y sin nuevas avenidas. Solo escombros y lugares de nuestro día a día demolidos espiritualmente por la desidia, el abandono o el éxodo. Caracas ha muerto. Ha muerto tanto como murió Paris en 1870, como murió en el sentir impresionista. Estamos alienados, nuestras miradas se desconcentran y desconectan: ya el espejo no refleja.

“Morir es un arte, como cualquier otra cosa”, dice Sylvia Plath en su poema “Lady Lazarus” (1965), “Yo lo hago excepcionalmente bien”. Y Caracas también, porque Caracas es un gato y los gatos tienen siete vidas.

Describía Simón Bolívar a la Caracas violentada por la guerra de independencia en una carta a su tío Esteban Palacios en 1825, “como un duende que viene de la otra vida” y observó “que nada es de lo que fue” porque “Caracas no existe”, convertida en “cenizas” y cubierta por “la gloria del martirio”.

Hoy, una vez más, Caracas no existe. Es un duende que viene de la otra vida. Una ciudad irreconocible, como también lo fue aquella Caracas decadente y mugrienta, en la novela de Manuel Díaz Rodríguez “Ídolos rotos” (1901), que desmoraliza y hunde al joven y optimista Alberto Soria -retornado del exterior- para cerrar la novela con la fúnebre proclamación: FINIS PATRIAE (El fin de la patria). Son dèjá vu históricos o “saltoatráses” de la memoria pues “los jóvenes de la primera década del siglo XXI, como los que llegaron a la veintena en la última del siglo XIX, también venían de una etapa aún más intensa y larga de 60 años de crecimiento y mejoras de la calidad de vida, en la que se creyó que Venezuela era próspera (de hecho lo fue, al menos en cierto sentido: recibiendo divisas) y encaminada al desarrollo (como ahora se llama lo que hace 100 años se llamaba progreso)”, dice Tomás Straka en su artículo La larga tristeza (y esperanza) venezolana: “Solo sabemos que ahora, como 110 años atrás, para muchos venezolanos la «visa para un sueño» empieza a significar bastante más que una canción”.

Sí, repito, Caracas ha muerto. Porque que hayan bodegones dolarizados, startups de trajes de baño y experiencias gourmet -para el 7,7% del país que gana en divisa extranjera- no quiere decir que Caracas está viva: quiere decir todo lo contrario. Somos una ciudad de estamentos, fragmentada, diluida y venida a menos. Porque los loros estaban antes que Caracas y estarán después que ella, porque las nubes negras han bajado por las colinas hacia la ciudad de nuestros sueños y pesadillas y porque un tráfico “más ameno” no es un síntoma de vida: es tan solo una cicatriz de éxodo, de pérdida del poder adquisitivo y de escasez de repuestos; una romantización de la miseria o al menos un eufemismo cruel.

Sí, Caracas está muerta. Pero lo muerto se revive. Es que acaso ¿no es este un país de realismo mágico y brujerías?.

Elías Aslanian 
(Pseudónimo)

@sifrizuela