Internacionales

¿Por qué Groenlandia?

Este viernes hemos tenido, finalmente, un anuncio esperado prácticamente desde el día uno del segundo período de Donald Trump en la Casa Blanca: Estados Unidos ejercerá control sobre Groenlandia, la isla más grande del mundo ubicada en el Ártico. Sin embargo, no todo es una gran novedad

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Este viernes 18 de septiembre, el presidente Donald Trump anunció en redes sociales que Estados Unidos “ha celebrado un acuerdo” con Dinamarca y Groenlandia y lo resumió así: control permanente de la seguridad y de “todas las demás necesidades” de la isla, sin costo para Washington, sin fecha de caducidad y con un veto escrito sobre bases, presencia militar e “inversiones sensibles” de cualquier adversario. 

Añadió que su gobierno empezará de inmediato a construir “una gran presencia militar” en “la parte adecuada” de un territorio del que, subrayó, “hay muchas”.

Para el periodista argentino Ignacio Montes de Oca, especializado en geopolítica, “el anuncio de Trump tiene un problema de base”, ya que el presidente habló “como si ya existiera un nuevo régimen legal sobre Groenlandia algo que, en realidad, no puede nacer de una declaración pública ni de un comunicado político”. Un cambio de esa magnitud, sostiene, “necesitaría un texto formal, firmado por las autoridades competentes, publicado y aprobado por los órganos que correspondan en Dinamarca y en Groenlandia”. Tal cosa no existe, por ahora.

La primera ministra de Dinamarca habló en futuro, de que se firmará un convenio posiblemente en el marco de las sesiones de la Asamblea General de la ONU. Mette Frederiksen dijo que se estaba en “perspectiva de un buen acuerdo” que reconoce “la soberanía y la integridad territorial del Reino y el derecho del pueblo groenlandés a la autodeterminación”. Jens-Frederik Nielsen, presidente del Naalakkersuisut —el Gobierno de Groenlandia—, no dijo que el pacto ya existiera: dijo que “estamos a punto de concluir un acuerdo”.

El presidente Trump, como suele hacerlo, construye la narrativa antes de que exista un convenio en firme.

Una isla enorme, un Estado pequeño

Groenlandia es la isla más grande del mundo: más de dos millones de kilómetros cuadrados y apenas unos 57.000 habitantes, en su mayoría inuit, concentrados en la costa suroeste. Alrededor del 80% de la superficie está cubierta de hielo.

Su estatus es más complejo que la retórica de “tomar” o “comprar”. Forma parte del Reino de Dinamarca. Dejó de ser colonia en 1953. La ley de Autogobierno de 2009, actualmente vigente, reconoció a los groenlandeses como pueblo con derecho a la autodeterminación. Nuuk, la capital groenlandesa, administra hoy, entre otras materias, los recursos minerales. Copenhague retiene la Constitución, la ciudadanía, el Tribunal Supremo, la política monetaria, y de forma decisiva, la política exterior y de defensa.

Tras el anuncio de Trump llovieron los mensajes en redes sociales para recordar un documento de la Guerra Fría. En 1951, Estados Unidos y Dinamarca firmaron el Acuerdo relativo a la Defensa de Groenlandia, el cual reconoce la soberanía danesa y, al mismo tiempo, autoriza a Washington a establecer y operar “áreas de defensa”, construir instalaciones, almacenar suministros, mover tropas y sobrevolar el territorio. No paga alquiler. Dura lo que dure el Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Montes de Oca lo recalca: “El anuncio presenta como nuevas algunas atribuciones que Estados Unidos ya tenía, al menos en materia de defensa, desde el Acuerdo de Defensa de Groenlandia de 1951”. 

La dificultad aparece, según este periodista, “cuando el anuncio va más allá de la defensa y sugiere que Estados Unidos tendría un control permanente sobre la seguridad y sobre ‘todas las demás necesidades’ de Groenlandia”.

¿Por qué insiste Trump?

Si Estados Unidos ya tenía base, sobrevuelos y un régimen gratuito desde 1951, ¿por qué el segundo mandato ha convertido a Groenlandia en una prioridad de primer orden? No hay una explicación nítida de la Casa Blanca, pero sí muchas interpretaciones de la prensa estadounidense que trataremos de resumir.

La isla está en la ruta más corta entre el norte de Rusia y América del Norte. Groenlandia flanquea, además, el estrecho GIUK —Groenlandia, Islandia, Reino Unido—, el corredor por el que la OTAN vigila el tránsito de submarinos rusos hacia el Atlántico. Rusia ha reforzado su dispositivo ártico, con gran parte de su fuerza nuclear naval en la península de Kola. Para el Pentágono, perder influencia en la isla equivaldría a abrir un flanco en el umbral de Norteamérica.

También está la variable climática. El deshielo abre, de manera intermitente pero creciente, rutas como el Paso del Noroeste y, a más largo plazo, un corredor transpolar.

China se proclamó en 2018 “Estado cercano al Ártico” y habló de una “Ruta de la Seda polar”. En la década de 2010, empresas chinas exploraron minas, aeropuertos y hasta una antigua base naval danesa. Casi todos esos proyectos fracasaron, por presión estadounidense y danesa, por costos y por la prohibición groenlandesa de 2021 sobre minería de uranio. El temor de Washington es que un vacío de inversión occidental en la isla invite, especialmente a China, a tratar de nuevo a tener presencia e influencia.

Finalmente, la variable mineral es la que tal vez explique la premura de Trump.

Groenlandia posee 25 de los 34 minerales críticos de la lista europea. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima reservas de tierras raras del orden de 1,5 millones de toneladas. Groenlandia posee uno de los depósitos no desarrollados más grandes del planeta en uranio. El hielo, la falta de carreteras y la oposición de comunidades pesqueras no harán fácil una explotación, pero aun así la Casa Blanca no necesita que las minas abran en el corto plazo, en realidad trata de evitar de que China las pueda controlar.

Con estos elementos se entiende que, desde enero de 2025, cuando se juramentó como presidente nuevamente, Trump pusiera a Groenlandia como prioridad.

En su primer gobierno, el mandatario apostó, de forma fallida, por comprar la isla, lo cual deja en evidencia que la Casa Blanca no abandonó el objetivo; lo reconvirtió. De la compra se pasó a un pacto de seguridad que Trump enmarca como el “control permanente” de Washington, mientras que Copenhague discretamente cede y sostiene que se respetará la soberanía.

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