En las universidades venezolanas, el clóset está entreabierto: estudiantes y profesores LGBTIQ+ pueden mostrarse como son, pero no siempre saben qué reacción encontrarán al hacerlo.
Testimonios recogidos entre junio y agosto de 2026 reconstruyen episodios en los que personas fueron expuestas por su orientación sexual, humilladas por su expresión o reprendidas por mostrar afecto; una mujer trans cuenta cómo se negó su identidad; profesores denuncian obstáculos para ascender y casos que quedaron sin respuesta, frente a otros que no han percibido discriminación.
No tenía por qué decirlo hasta que pasó
Jonny Enoc, de 22 años, estudia Comunicación Social en la Universidad del Zulia (LUZ), y no había sentido la necesidad de aclarar nada sobre su orientación sexual.
Pero durante una excursión universitaria al casco central de Maracaibo, un compañero comentó frente a un profesor de Historia que Jonny era “un galán” y que seguramente “tenía a todos los hombres partidos”.
Jonny se vio forzado a decir que era gay por el comentario. La situación, quizás incómoda por lo inesperado del comentario, no pasó a mayores. Tampoco hubo una reacción homofóbica por parte del profesor. Otros docentes a los que les ha contado que es gay incluso le han sugerido utilizar su experiencia como punto de partida para trabajos e investigaciones universitarias.
“No dije antes de eso que era gay. Simplemente no veía necesario tener que decirlo”, asegura Jonny.
La psicóloga independiente Julynett Perdomo explica que no es lo mismo decidir cuándo compartir la orientación sexual que sentir que es necesario ocultarla para evitar consecuencias. “Cuando una persona siente que debe vigilar constantemente cómo habla, cómo se viste o cómo se relaciona para evitar el rechazo, empieza a construir una versión de sí misma condicionada por la mirada de los demás”.
Según Perdomo, esa vigilancia puede afectar la construcción del yo, la autoestima, los vínculos y el sentido de pertenencia. También puede mantener al cuerpo en un estado de alerta que se manifiesta en tensión, ansiedad, cansancio o alteraciones del sueño. La diferencia, explica, está en que una persona puede reservarse aspectos de su identidad por decisión propia, mientras otra puede hacerlo como mecanismo de protección.
La diferencia sometida a problemas
Christian Pérez, de 26 años, estudiante de Medicina de la Universidad de Los Andes (ULA), describe un ambiente distinto. En su carrera ha encontrado comentarios homofóbicos y transfóbicos que, según cuenta, forman parte de la cotidianidad.
Ha escuchado de todo: expresiones despectivas contra personas LGBTIQ+ y comentarios de estudiantes que aseguran no estar en contra de ellas, pero que cuestionan que puedan adoptar niños o califican a las personas homosexuales de “asquerosas”.
Christian también relata situaciones relacionadas con profesores. Cuenta el caso de un docente que acosaba a algunos compañeros mediante mensajes y un trato diferenciado. Recuerda especialmente a un profesor de Fisiología que lo humilló durante un seminario por su forma de expresarse.
“Yo no soy 100 % masculino, tampoco soy muy femenino, pero sí se me nota. Y entonces él, una vez en un seminario, me humilló públicamente por ser como yo era”, asegura Christian.
Eliezer Lugo, de 22 años, estudia en la Universidad Rafael Belloso Chacín, de Maracaibo. Desde sus primeros trimestres observó campañas hechas por estudiantes de Derecho y Diseño Gráfico sobre diversidad de género. Aquellas actividades, cuenta, le permitieron encontrar espacios de orientación y aceptación.
Pero una vez estaba sentado en un banco de la universidad junto a su novio viendo TikTok. Su pareja apoyó la cabeza sobre su hombro y un guardia de seguridad se acercó y comenzó a gritarles. Les dijo que los estaban observando por las cámaras y que no podían mostrarse afecto en público. Eliezer quedó paralizado.
La situación le resultó difícil de comprender porque, según cuenta, había visto a parejas heterosexuales besándose de manera mucho más explícita dentro de la universidad sin recibir la misma reprimenda.
También recuerda a una profesora de la Escuela de Comunicación Social que hacía comentarios despectivos sobre la homosexualidad y afirmaba que no quería tener hijos homosexuales, que ella criaría a los suyos “con valores”.
En una exposición, después de que Eliezer utilizara un accesorio para complementar su vestimenta, la docente lo observó de arriba abajo y cuestionó aspectos de su presentación. Él sintió que la evaluación no correspondía con lo que había hecho, pero decidió no reclamar por miedo a que la profesora tomara represalias.
Los comentarios también alcanzaron su apariencia. Recibió miradas y expresiones negativas por usar collares, pulseras, un collar de perlas o incluso un poco de maquillaje en los labios.
No todos sus profesores han tenido esa actitud. Eliezer también reconoce a docentes que han respetado sus opiniones y lo han apoyado cuando ha querido desarrollar actividades relacionadas con diversidad sexual desde su formación como publicista.
“Me parece irónico que en un entorno que se vende como armónico en la realidad sea lo contrario”, cuenta Eliezer.
El abogado independiente Anthony Romero señala que la Constitución reconoce el derecho a la igualdad y prohíbe cualquier discriminación que menoscabe el ejercicio de los derechos. Ese principio también alcanza -por supuesto- a quienes estudian en instituciones universitarias.
“Ninguna persona puede ser discriminada por su orientación sexual o identidad de género y las autoridades universitarias tienen la obligación de garantizar un ambiente donde se respeten los derechos fundamentales de estudiantes y profesores”, sostiene.
Romero advierte que, cuando una situación de discriminación es conocida y ni las autoridades universitarias ni el Estado actúan para detenerla o proteger a la persona afectada, se incumple con la Ley Orgánica de Educación, que establece principios de igualdad, derechos humanos, equidad e inclusión; la Ley de Universidades, que contempla la protección y el bienestar estudiantil, y la Ley Orgánica del Trabajo, que prohíbe la discriminación por orientación sexual en el ámbito laboral.
Una mujer trans en la universidad
Valentina Portillo, de 19 años, estudia Psicología en la Universidad Rafael Urdaneta -Maracaibo- y es una mujer trans. Durante sus primeras seis semanas de evaluación, dice haber encontrado un ambiente mayoritariamente respetuoso.
Desde su llegada sintió que la institución le permitía desenvolverse como mujer y como persona. No experimentó bullying o discriminación generalizada entre sus compañeros y destaca a varios profesores que la reconocieron desde el principio, respetaron su identidad y la hicieron sentir acompañada.
Pero tuvo una experiencia particular con un profesor que se negó a llamarla por el nombre con el que se identifica y utilizaba deliberadamente el nombre que ella no reconoce como propio.
“Cuando nuestra libertad comienza a utilizarse para menospreciar, humillar o vulnerar a otra persona, deja de ser solamente una cuestión de autonomía individual y pasa a tener una dimensión social”, advierte Valentina.
Asegura que, hasta donde conoce, podría ser una de las primeras mujeres trans abiertamente identificadas que estudia en la institución. Para ella, permanecer allí también tiene un significado personal.
Los profesores también
La experiencia no se limita a los estudiantes. También hay profesores que han vivido o presenciado situaciones de discriminación dentro de las universidades. En el caso de Quiteria Franco, profesora de la Universidad Simón Bolívar (USB), durante varios años, una disputa por su ascenso en el escalafón docente terminó convirtiéndose en el punto de partida de su activismo por los derechos LGBTIQ+.
Entre 2014 y 2015, Franco denunció obstáculos para ascender que atribuyó a su orientación sexual. El conflicto se extendió durante años y la llevó a plantear ante las autoridades universitarias propuestas para prevenir la discriminación por orientación sexual y garantizar que los profesores con parejas del mismo sexo pudieran acceder a beneficios como el seguro médico.
En junio de 2018, según relató en su blog, el entonces rector Enrique Planchard le negó el derecho de palabra ante el consejo directivo y sostuvo que, de acuerdo con la información que manejaba, su caso no estaba relacionado con su orientación sexual, sino con su edad y sus años de servicio. Franco cuestionó esa explicación y continuó intentando llevar sus propuestas ante las autoridades.
Un año después de conseguir finalmente su ascenso, renunció a la universidad. La experiencia tuvo consecuencias personales y profesionales. “Esa fue la razón por la que entré al activismo, por la discriminación en la Universidad Simón Bolívar. No me dejaban ascender de escalafón, y decidí irme para comenzar de cero, pero con ayuda psicológica”, contó Franco a Runrun.es.
En la Universidad Central de Venezuela (UCV), el historiador y profesor Jesús Piñero ha conocido situaciones de discriminación a través de sus estudiantes. Recuerda el caso de un alumno de la Escuela de Comunicación Social que realizó un reportaje sobre familias homoparentales y recibió de su profesor una observación en la que, según el relato de Piñero, se leía: “La homosexualidad es un trastorno y se trata en psiquiatría. Busca ayuda”.
El estudiante llevó el caso al consejo de escuela, pero Piñero asegura que la instancia no tomó mayores acciones.
También ha escuchado expresiones homofóbicas utilizadas como burla dentro del entorno universitario. En su propia experiencia, cuenta que su contrato universitario tardó en salir y que recibió el comentario de que podía estar relacionado con su orientación sexual, aunque aclara que no tiene pruebas para confirmarlo.
Piñero también ha recibido a estudiantes que se acercan a contarle situaciones relacionadas con su orientación sexual o identidad de género. Desde el aula procura abordar esos temas y vincularlos con la discusión académica.
“Siempre trato de llevar mi materia a situaciones, eventos que tengan que ver con el presente y con el entendimiento de nuestro tiempo. En mi caso, explico historia contemporánea de Venezuela, que pudiera ser una materia perfectamente conservadora, trato siempre de hablar de la libertad como noción o como norte de la universidad y de las asignaturas y del pensamiento crítico”, afirma.
No todas las aulas cuentan la misma historia
Las experiencias recogidas también muestran que el ambiente universitario no es homogéneo. Hay estudiantes que describen episodios de rechazo o discriminación y otros que encuentran espacios de respeto, apoyo e incluso apertura para hablar de diversidad sexual.
En la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Benigno Alarcón, profesor de la Escuela de Derecho, asegura que ha tenido decenas de estudiantes LGBTIQ+ y que no ha percibido problemas o tratos discriminatorios entre compañeros de clase. Alarcón, quien dicta la materia Negociación, mediación y arbitraje, reconoce que no cuenta con datos para hacer una evaluación general de la situación, pero su experiencia docente contrasta con algunos de los testimonios recogidos en otras universidades.
“He tenido decenas de estudiantes de la comunidad y nunca he percibido problemas o tratos discriminatorios entre compañeros de clase”, comenta.
Durante la producción de este este reportaje, se revisaron los reglamentos de convivencia de las universidades consultadas y, al no encontrar disposiciones específicas sobre discriminación por orientación sexual e identidad de género, se contactó a personas con cargos relevantes dentro de esas instituciones para conocer su postura y las medidas previstas para atender estos casos.
Las respuestas recibidas se limitaron a señalar la existencia de reglamentos generales de convivencia, sin identificar protocolos, mecanismos específicos ni una postura institucional desarrollada frente a este tipo de discriminación.
Para Guillermo Aveledo, politólogo y profesor de la Universidad Metropolitana (UNIMET), las diferencias entre universidades no pueden explicarse únicamente por la existencia de normas de igualdad. Venezuela mantiene, según su análisis, una marcada distancia entre la tolerancia privada y la intolerancia institucional o colectiva hacia la diversidad sexual.
“Hay una distancia que existe entre los propósitos declarados en la legislación general antidiscriminación y la educación cívica concreta sobre la discriminación. En nuestra sociedad, podemos ser sensibles a lo que consideramos casos explícitos y manifiestos de agresión o violencia, pero al mismo tiempo fallamos en reconocer otras acciones como discriminatorias. Al no ser reconocidas como tales, no existe una orientación institucional ni un repudio hacia ellas; simplemente son normalizadas o consideradas inofensivas por la cultura mayoritaria”, subraya.
Aveledo asegura que la respuesta también depende de cuánto las autoridades universitarias decidan involucrarse: muchas instituciones dejan los aspectos de la vida privada fuera de sus reglamentos y asumen que la legislación nacional ofrece suficiente protección y la preocupación institucional termina siendo tan variable como la sensibilidad de las autoridades de turno: una universidad por sí sola difícilmente puede transformar las percepciones sociales, pero sí puede decidir qué ocurre dentro de sus propios espacios y generar y garantizar espacios de tranquilidad, seguridad y equidad dentro de sus limitadas zonas de influencia. -Por: Bryan Granado