Nelson Garrido, el hombre que mandaba todo al carajo
Nelson Garrido muere pero deja una herencia a quienes tuvimos el privilegio de conocerle y aprender de él: saber que la fotografía es una herramienta para cambiar el mundo. Y hacerlo desde la provocación
Cuando conocí a Nelson Garrido, él ya era un coloso de la fotografía venezolana. Era, además, el hombre responsable de reformular desde los cimientos lo que la experiencia fotográfica del país podía ser. Acostumbrados al arte protesta y a la imagen callejera política, buena parte de la generación de artistas visuales con la que crecí tenía a la cámara como un recurso para la protesta. Y también como una herramienta para captar la realidad de la historia compartida de la democracia que se resquebrajaba en el siglo XX.
Pero Nelson Garrido hizo todo lo contrario. O mejor dicho, hizo lo que mejor supo: subvertir ese orden blanco y negro del documental y sacudir a la Venezuela en film hasta rehacerla por entero.
Un logro que le valió el Premio Nacional de Artes Plásticas de Venezuela en 1991. Un reconocimiento que abrió debate, discusión y polémica, además de encumbrar a Nelson Garrido como lo que fue la mayor parte de su vida: un agente subversivo y de cambio, un interlocutor político que hizo tragar grueso a la élite artística venezolana y que sorprendió por recombinar su refinada educación artística europea con la sensibilidad tropical de nuestras latitudes.
Nelson Garrido, por Aglaia Berlutti
La fotografía de Nelson Garrido era vida pura. De Caracas sangrando por los cuatro costados, a una versión del Vía Crucis lleno de figuras esotéricas, a reproducciones de cuadros de Grant Wood pero a la venezolana, con cabeza de cerco y estatuillas de María Lionza. Nelson Garrido sacudió la fotografía venezolana, la reinterpretó a su manera, la enalteció en toda su rareza y todo su poder. La dignificó sin olvidar la combinación de lo raro, lo exótico y lo mestizo de nuestro país. Un mensaje complicado, duro y raro que caló hondo y que no siempre fue bien recibido.
Pero en 2011, yo no sabía nada de eso. O muy poco, en cualquier caso. Solo quería estudiar fotografía y hacerlo con un hombre que creía que la fotografía era arte, algo que yo también pensaba.
La ONG (Organización Nelson Garrido) no era solo un recinto de salones de clases, retórica sobre ideales estéticos o repetir de memoria la historia de la fotografía. Era un espacio alternativo en el que había un gigantesco telón rojo que no servía para nada, pero adornaba todo; en el que las clases eran debates apasionados, con una gata llamada Susan Sontag paseándose sobre la mesa, hablando del cuerpo desnudo como espacio de rotación de la censura y de la vergüenza.
Nelson Garrido no impartía clases con solemnidad: proyectaba en la pared enorme de la sala las fotografías de David Nebreda, el artista esquizofrénico español, y te narraba por qué esas imágenes terroríficas de un hombre bañado en heces y vómito eran hermosas. O te mostraba las suyas, con vaginas en primer plano. También, era el hombre que podía recitarte por horas, nombres de referentes, que te escuchaba con atención, que le interesaba la forma en que la fotografía dialogaba con tu vida, con tu forma de crear y con la experiencia del tiempo que transcurría en la cámara.
Más que un profesor, Nelson Garrido era un ariete de pura rebeldía. El que revalorizó el desnudo femenino para hacerte sentir que el cuerpo de la mujer era poderoso en cada imperfección. Que el cuerpo del hombre debía ser dotado de significado. Que cada cosa que podías fotografiar tenía un significado político.
Y la experiencia comenzaba desde la misma puerta de entrada de la ONG. Una casa amarilla, extravagante y hasta un poco desconcertante, en mitad de una calle sucia, no muy concurrida. Cuando te acercabas, mirabas por las rejas y encontrabas un largo pasillo, bordeado de buganvillas y una hiedra tan verde que resulta jugosa a la vista. Y pintado a pulso en mitad de la pared, un pezón gigantesco, sostenido por dos piernas velludas. Más allá, una mujer caricaturesca mostraba sus bien torneadas piernas y su muy vistoso pene. Al otro lado, en una pared vacía, se leía: “Arriba la revolución de la mente. Sociedad para el arte, destrucción y construcción de la idea”.
Esa experiencia de lo raro, lo novedoso, lo catalizador, estaba en toda la ONG. En las copias de las fotografías de Mapplethorpe que llenaban las paredes, en los anaqueles de la biblioteca de la escuela, “La cucaracha ilustrada”, en la que podías pasar horas leyendo libros que ninguna otra institución artística venezolana podía ofrecer. Hacerlo gratis, hacerlo tomando café que te llevaba cualquier compañero, escuchando las discusiones que iban desde política, las aguas negras de la calle hasta la filosofía del absurdo. Todo a la vez, mientras sentías que esa escuela, era el centro del mundo o que en todo caso, no había otro lugar igual para crecer como creador, para entender el poder de crear.
La ONG era una isla y Nelson Garrido un capitán de un barco que surcaba aguas turbulentas. Un artista que reía, que amaba y que se enfurecía con la misma pasión. Uno que me dijo que para ser fotógrafa tenía que asumir que era voyeur, que era poderosa, que podía partir el dos el mundo entero fotografiando. Un profesor que fue el primero en insistir en que todos somos testigos de la época y que hay que cuidar lo feo.
»¿Lo feo, profesor? », le pregunté, yo, tan empeñada en la belleza como fotógrafa en el país de las bellas. Y Nelson Garrido se echó a reír: «La estética de lo feo es la verdadera sustancia, el gran concepto que hay en este mundo y el que hay que recordar».
Nelson Garrido te decía esas cosas mientras bebías café en la cocina de la ONG, con la cabeza de un pescado disecado colgándote encima, o de pie en las escaleras que te llevaban a un desván repleto de objetos sin sentido: desde una bicicleta rota del siglo XIX, hasta máscaras rotas de metal, maniquíes podridos y largos telones azules, botellas de colores. Un mundo vistoso, exagerado, barroco e inexplicable, del que brotaban sus fotografías inolvidables, del que brotaba el discurso de volver ruinas lo normal para encontrar el centro de la denuncia.
Fue Nelson Garrido quien me enseñó que la fotografía era política pura, que la belleza era una trampa, que el foco era un concepto burgués, concepto reciclado de Cartier Bresson que él convirtió en burla de todo lo ordenado y pulcro de la fotografía tradicional.
Fue Nelson Garrido quien me abrió las puertas de la fotografía en film, el que me enseñó a disfrutar de la placidez del cuarto oscuro, de entender los milagros del químico y el papel. Fue Nelson Garrido quien me empujó fuera de los límites de ser fotógrafa para atreverme a llamarme creadora, para asumir el poder inmenso de sostener una cámara en la mano y al final, tener algo que decir.
Nelson Garrido abrió la ONG para crear subversivos. Y fue eso en lo que pensé al conocer la noticia de su muerte y despedirme de él en mi mente, sorprendida y enfurecida porque el profesor estaba muerto, aunque siempre lo creí invencible a esa circunstancia de todos los días. Pensé en las generaciones de creadores, rabiosos, dedicados y brillantes que deja a su paso. Las generaciones de provocadores que educó para la posteridad. A los libre pensadores que parió con la alegría exótica y tropical de la ONG, casa para todos y refugio para los que no tenían otro lugar.
Gracias, profe Garrido. Usted me regaló algo que poca gente cree necesario dar: libertad para ser grosero, para ser asimétrico, para estar convencido cada día de la vida de que crear es un poco barrer la mesa, arrojar las sillas y al final, no obedecer a nadie ni a nada. Mandar un poco al carajo el mundo cada vez. Gracias por haberme enseñado eso y sepa que ese legado sigue en todos los que tuvimos el privilegio de ser educados por usted en la desobediencia.
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