Washington no eligió un salón neutro. El viernes 9 de octubre, Marco Rubio recibió en el Departamento de Estado a Dinorah Figuera, ex presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, y delante de la prensa le atribuyó “el 100 % de nuestro apoyo” y “el apoyo más fuerte posible desde los niveles más altos de nuestro gobierno”. El encuentro no fue un gesto de cortesía.
La primera clave es la elección del interlocutor. Rubio no dijo que Dinorah Figuera sea la única opositora venezolana, pero la trató como la pieza central del diseño que Estados Unidos está dispuesto a sostener. “Ella cuenta con el 100 % de nuestro apoyo”, repitió, y añadió que el proceso que lidera “junto con su equipo” tiene el respaldo de los niveles más altos del gobierno.
En diplomacia, esa reiteración no es redundancia: es una designación. Es el canal que Washington reconoce para hablar de transición con el chavismo que quedó en el poder después de la captura de Nicolás Maduro, en enero.
Ese encuadre desplaza, en los hechos, a otras figuras. María Corina Machado fue recibida por Rubio en el pasado. Hoy no está en la foto. Lleva meses fuera de ese encuadre, mientras intenta regresar a Venezuela después de haber salido del país a fines de 2025 para recibir el Nobel en Oslo.
En política exterior la fotografía también es un mensaje. El gobierno de Donald Trump reconoce al mismo tiempo a Delcy Rodríguez como interlocutora oficial en Caracas, y allí están ambos en Nueva York hace dos semanas, así como a la Asamblea de 2015, en la persona de Figuera, como referente opositor de la negociación, y está la imagen de Rubio junto a Dinorah. Ese doble reconocimiento excluye a Machado y otras figuras tanto del chavismo como de la oposición.
Figuera no llega a esa foto por carisma de campaña. Llega porque defiende la continuidad de la Asamblea de 2015, el órgano que Estados Unidos siguió tratando como referencia legislativa frente a Maduro, y porque aceptó el formato que el Departamento de Estado diseñó: diálogo en Caracas bajo tutela estadounidense, con resultados parciales y sin ruptura total con el chavismo en el poder.
Rubio en su mensaje elogió un método. Y al hacerlo convirtió a Figuera en la cara opositora de ese método.
La segunda clave está en el orden de los factores. Rubio dijo que el deseo de Estados Unidos “no es simplemente que haya elecciones”. Las elecciones, añadió, “por supuesto son muy importantes para tener una democracia, una democracia duradera”. El país, dijo, se recupera de “casi un cuarto de siglo de trauma”, y esta es “la mejor oportunidad que Venezuela ha tenido en casi una generación”: no solo comicios libres y justos, sino “dejar atrás una democracia duradera para las futuras generaciones”. La secuencia no es casual. Primero las instituciones que sostienen la democracia, la estabilidad, el progreso y la prosperidad; después… las elecciones. No puso fecha. Pidió “un poco de paciencia” y “mucho trabajo duro”.
Es difícil imaginar, dada la insistencia, que Washington renuncie a las elecciones: Rubio dijo que el proceso “sin ninguna duda” tiene que terminar en comicios libres y democráticos, y volvió sobre la idea varias veces. Tampoco es razonable leer el mensaje como un llamado a votar en semanas. Al atar el voto a la paciencia y a una reforma institucional previa, lo saca del calendario inmediato. No habrá, en esta lógica, una elección “para ya”.
Tampoco hubo una mención explícita de que el primer comicio deba ser presidencial. Habló de elecciones libres y justas, de participación de todos los sectores y de instituciones. No aclaró si el primer test será presidencial, legislativo, local o una secuencia. En una transición negociada, esa omisión importa.
La paciencia, en boca de un secretario de Estado que además es consejero de Seguridad Nacional, no es un consejo moral. Es un plazo político sin número. Rubio ha repetido desde enero que quiere primero estabilizar la economía, lo que en la práctica significa reabrir el sector petrolero a la inversión extranjera, sobre todo estadounidense.
Una elección en breve, según la lógica de Rubio, con un Tribunal Supremo de Justicia aún marcado por la etapa anterior y un árbitro electoral sin acuerdo, complicaría ese orden. De ahí que el rol del TSJ pase a primer plano: sin un tribunal que no sea percibido como independiente, no hay regla que un inversor o un candidato pueda dar por estable. Lo mismo vale para el Consejo Nacional Electoral.
La mesa de diálogo en Caracas ya puso esos dos órganos en la agenda de rondas anteriores. El mensaje de Washington los convierte en condición.
La tercera clave es la paz, repetida hasta volverla advertencia. “Tener una transición pacífica, que es lo que deseamos, una transición pacífica hacia una democracia permanente y duradera, requerirá mucho trabajo duro.” No es una novedad. Desde la captura de Maduro, la Casa Blanca ha dicho que no quiere un vacío ni un proceso caótico.
La repetición deja ver una preocupación, tal inquietud para EEUU es que el proceso posterior a Maduro se descarrile, que aparezcan turbulencias —en la calle, en los cuarteles, en la propia oposición— distintas a la agenda que Washington ha dictado para Venezuela.
Queda, fuera del micrófono, lo que el mensaje no resuelve. Estados Unidos sostiene a la vez a la presidenta encargada y a la representante de la Asamblea de 2015 en la mesa de negociación. Ninguna de esas dos figuras ha sido avalada por la voluntad popular de los venezolanos. Cabe preguntarse: ¿será duradera esa geometría diseñada en Washington para Venezuela?