Cinemanía

"La caída de la ballena": sobrevivir a una tragedia imposible y al duelo

En “La caída de la ballena”, una situación imposible empuja a un héroe imprevisible a sobrevivir con apenas recursos. Pero la cinta también es una ingeniosa reflexión sobre el duelo, la pérdida y la capacidad de cualquiera de enfrentar sus demonios, incluso en el estómago de una ballena. Todo en medio de una de las premisas más singulares del año

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“La caída de la ballena” (2026) comienza con una tragedia: la de Mitt (Josh Brolin), un padre estricto, duro y áspero que desaparece en el mar. Por lo que su hijo Jay (Austin Abrams) tendrá que aprender a sobrevivir en su ausencia y, además, honrar su memoria en medio del terreno de la poca conexión emocional que ambos sostuvieron alguna vez. Puede parecer un prólogo trivial y hasta cursi para una película frenética y la mayoría de las veces trepidante. Pero en realidad, es una forma brillante de comenzar el recorrido que llevará a la cinta a convertirse en la survival movie más peculiar del año. 

Porque lo es: “La caída de la ballena”, adaptación del libro del mismo nombre de Daniel Kraus, publicado en 2023, cuenta la historia de una situación imposible en medio de un duelo doloroso. Más complicado todavía, lleva a su personaje a enfrentar el dilema de la vida y la muerte, en medio de un tipo de exigencia mental y física tan poco frecuente que rápidamente se convierte en algo más duro y complicado. Jay, que intenta reconciliarse con la memoria de Mitt lo mejor que puede, intentará hacerlo con lo único que los unía: el submarinismo. Por lo que un año después de la muerte, el chico se lanzará en una aventura acuática con la que busca entender la historia en común.

Solo que, y aquí viene lo extraordinario, Jay pronto tendrá que afrontar una circunstancia imposible que le obligará a entender que todo lo que sabía sobre sí mismo, la vida y su padre era escasamente una superficie que no encaja en ninguna parte. Eso, al ser tragado por un cachalote monumental y sobrevivir en las entrañas del animal para contarlo. Por lo que tendrá una hora (o un poco más), para encontrar cómo escapar o aceptar su muerte. Todo, mientras hace las paces con el recuerdo de su padre, recupera lo mejor de la relación que les unió y aprende de su espectral imagen mental para afrontar lo que vive.

Una travesía insólita para una película sorprendente

El director Brian Duffield (que también analizó a un héroe solitario en «Nadie podrá salvarte», disponible en Disney+), toma este horror claustrofóbico y angustioso, para convertirlo en caja de resonancia de lo que parece un drama íntimo que se hace por momentos conmovedor. Por supuesto, la premisa de “La caída de la ballena” podría haber terminado como una extravagancia submarina de presupuesto generoso. Peor aún, una sucesión de imágenes espectaculares con personajes atrapados en una pesadilla húmeda, con todo el encanto científico singular del libro.

En lugar de eso, Duffield encuentra una salida mucho más interesante. Utiliza las limitaciones del espacio como una herramienta de suspense y convierte una situación extraordinaria en el escenario de un conflicto profundamente humano. Y sí, toda la película gira sobre lo que ocurre en el estómago de una ballena (creada con efectos prácticos e iluminada por el brillo de criaturas bioluminiscentes) mientras Jay intenta todas las fórmulas posibles para salvar su vida. Pero mientras ocurre, también hay una conexión con la memoria de Mitt, experto submarinista y que ahora, volverá con sus mejores consejos a la mente de Jay. 

Por lo que, mientras el esforzado protagonista lucha por mantenerse con vida, la memoria le obliga a repasar aquello que lo ha conducido hasta allí. Esa combinación permite que “La caída de la ballena” no se limite solo a intentar provocar repugnancia e incomodidad mientras Jay se ve envuelto en fluidos o batalla con las manos desnudas (y heridas), contra los ácidos estomacales del chacalote. El subtexto emotivo, brinda una indudable motivación a Jay para continuar. Pero además, le empuja hacia lugares de sí mismos tan complejos como para darle a la cinta una doble y conmovedora lectura.

Un buen libro y una granpelícula

La novela de Daniel Kraus, ganadora del premio Pulitzer, encontró parte de su identidad en el estudio minucioso de la anatomía de los cetáceos. También, en las dificultades físicas que afrontaría una persona atrapada en semejante situación. La adaptación conserva ese interés por las condiciones materiales de la supervivencia, una decisión que le permite construir una amenaza convincente a partir de una situación excepcional. Pero además contextualiza la mirada de datos científicos del texto origen en una travesía sobre el tiempo, la idea de la perseverancia y la supervivencia como punto esencial del instinto humano por perseverar.

Más interesante todavía, la ballena no necesita convertirse en una criatura malvada para resultar aterradora; su propia existencia, enorme y ajena a las preocupaciones humanas, basta para poner a Jay ante una realidad que supera sus capacidades. Todo mientras la relación con su padre llega al mismo nivel y a la misma complicada visión del dolor, pero dentro de su mente. El director establece el paralelismo de una forma natural y brillante y mucha de la efectividad de “La caída de la ballena” surge en que Jay es un héroe imperfecto que además se reencuentra con lo más profundo y complejo de sí mismo, en una situación imposible. 

De modo que una de las decisiones más interesantes de Duffield consiste en conceder a la relación entre padre e hijo una importancia equivalente a la que concede al peligro físico. De modo que escapar de la ballena pasa porque Jay sea capaz de perdonar de una u otra manera, al padre perdido. ¿Cursi? No tanto como parece, pero sí lo suficientemente efectivo para conmover.

Una aventura asombrosa yemotiva

“La caída de la ballena” reúne varias cualidades que no siempre encuentran un equilibrio satisfactorio dentro de una misma producción: es una aventura de supervivencia, un relato de terror físico y una historia sobre la pérdida que concede espacio a las contradicciones del afecto familiar. 

Brian Duffield consigue que esos componentes compartan una misma dirección dramática y que las exigencias del espectáculo no desplacen por completo la dimensión humana del relato. Por lo que al final, cuando Jay debe enfrentar la posibilidad de morir o luchar a la desesperada por vivir, la idea es más dura que solo luchar por última vez para escapar de la ballena o atravesar la piel gruesa de un cetáceo. Es la de encontrar una forma de redención, que pueda ser una liberación total, tanto física como mental. Un mensaje curiosamente duro y emotivo, para una película en la que el corazón gigante de una ballena es el camino hacia la salvación.

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