Cultura

La espera imposible de Cecilia Ortiz

La poesía habla poco, pero cuando habla, intenta decir algo que signifique alma.

Publicidad

Nunca es suficiente lo que se ha podido decir. Y recuerdo a Wiggenstein: «De lo que no se puede hablar hay que callar». Quizás, se me ocurre, el poema se atreve a contradecir la máxima. El poema siempre se atreve, busca y encuentra aquello de lo que no se puede hablar, o aquello que es difícil de hablar y, para colmo, o paradójicamente, al buscarse, también calla. El buen poema contradice y confirma la máxima del filósofo, porque el poema habla callando, y es paciente en la espera de las palabras, y dichoso cuando le llegan. Es como el poema esperara aquello de lo que no se puede hablar para por fin hablar, callando.

Me parece que La espera imposible (Oscar Todtmann editores, 2016) de Cecilia Ortiz, habla, precisamente, desde ese lugar de iluminaciones y silencios, desde ese lugar del que parte una voz que se confiesa y que hace real a quien se confiesa y a quien escucha la confesión. «El mundo de la palabra me saca del desamparo», escribe la poeta en la segunda parte del libro, «convierte el poema en techo, lugar que protege y comunica, dice a gritos la intimidad».

Esta segunda parte del libro es muy breve, pero de un valor inestimable para la poética de Ortiz: contiene un breve ensayo muy personal, muy íntimo, que se titula «Escribir ¿Por qué?», y que consta de catorce párrafos que son reflexiones sobre lo que es la poesía, la experiencia de la poesía y de la hechura del poema. Otra perla de este escrito cincelado con arte: «Cuando he seguido una idea con intensidad al final la veo, le doy importancia y me digo ‘se ha dado casi sola’, le voy a dar más intensidad para que sea un rayo».

En este ensayo está la idea del poema como la palabra que intenta pensar la experiencia del sentir. Y digo pensar, porque la poeta no niega el pensamiento, ella busca pensar lo sentido en libertad plena. A lo que le teme Ortiz (o a lo que se niega) es al «sentido de análisis que asfixia», a la corrientes sicológicas, al psicoanálisis especialmente, que nos hacen perder «la libertad de pensar, de sentir». Debe prestarse atención: Nijinsky, por ejemplo, afirmaba que él no pensaba, que él vivía para sentir; Ortiz, en cambio, ratifica también el acto de pensar, pero sin cuadrículas. Conocerse es sentir y pensar libremente ese sentir. Me recuerda este pensar y este sentir al desarreglo de los sentidos de Rimbaud: «El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos». De acá, destaco, «razonado».

Conocerse, conocer el mundo y a los otros es un acto de libertad temerario que requiere pensarse sin guías que limiten la deriva, los tropiezos y los tumbos, tan necesarios en el recorrido, en el camino que ha de vivirse, presenciarse, sentirse. Esa ruta pide, más que palabras, el atento silencio. De allí que la creación del poema resulte un acto imposible y callado. La poesía habla poco, pero cuando habla, intenta decir algo que signifique alma.

Y ya, yendo a la inversa, entramos en la primera parte del libro, entramos en los poemas que reflexionan sobre la poesía, sobre el silencio, sobre la importancia de esas palabras pensadas desde el sentir, sobre la felicidad de parir un poema, sobre el cuidado de cada verso, sobre esa desconfianza en el poeta pero al mismo tiempo sobre la suprema convicción en el poema parido.

A la poesía hay

            que abandonarla

           sucumbirla

            para quedar con sus mejores

            retoños.

El poeta ha de andarse con cuidado, atento, entendiendo que no toda palabra es un verso o un poema. «La voz humana / es aburrida / sucia», nos dice Ortiz, y el poeta que así lo entiende, se aísla, tal como hizo Emily Dickinson. En ese aislarse, en ese desamparo, el poeta, la poeta, busca la poesía. La poesía que pareciera ser una corriente, un viento que de vez en cuando pasa, que de vez en cuando se nos da como un privilegio.

Ese viento, vale decir, no son palabras, son imágenes que se sienten (de las imágenes acústicas de Saussure, a las imágenes sentidas del poeta). De allí lo difícil del poema: el poema intenta traducir lo sentido dentro de esas imágenes de la poesía, tan sin palabras y tan poco frecuentes en el mundo. «Estoy feliz por verlas / si no las puedo escribir / no importa / estoy en sintonía con la poesía / Gracias Dios mío».

La poesía, pareciera decirnos, está allá afuera, no en el poema. Entonces, al descubrir esa poesía, se intenta el poema, y la palabra burda del mundo se convierte en resplandor. «Fui quemada por la luz de la palabra», escribe dichosa. El imperativo: vivir la poesía, vivir el dolor, la belleza, el amor, sentirlo y pensarlo sin paredes, pensarlo desde ese sentir.

Falta mucho parto

            cuántos desamores

             tantas ausencias

             el rigor de una despedida

             de enamorados

             para que surja el poema

El poeta está en el mundo con el poema, y el poema está en el mundo a través del poeta. La poesía es la corriente que los une.

La espera imposible es un libro de palabras precisas, exactas, que se han escanciado hasta la esencia del pensarse en el poema y de pensar el poema. Con éste, su séptimo libro, Cecilia Ortiz se ratifica una vez más como una poeta importante que debemos leer y releer con mucho cuidado y mucho respeto, reverentes ante sus lecciones imposibles que nos hablan de lo difícil que es hablar de lo que no se puede hablar.

Publicidad
Publicidad