Los washingtonianos, tanto los políticos con cargos relevantes como funcionarios y burócratas en la administración pública federal, formaron parte de los señalamientos de Trump. Los acusó de estar desconectados de la vida real y de las preocupaciones de los norteamericanos comunes y silvestres, esos que en el centro y sur del país no alcanzaron el «sueño americano» que ahora el magnate populista ofrece devolverles.
Caminé la tarde y noche del 8 de noviembre por las calles de Washington. Observé un centro de votación que ya a las 5 de la tarde (hora local de Washington) no tenía afluencia de votantes. La mayoría había ido ese día temprano, o habían enviado por el servicio de correo su voto, según me explicó en la puerta una señora. Con algo menos de gente en la calle que en otras oportunidades a esa hora pico, la ciudad lucía como un día cualquiera.
Junto a un grupo de latinoamericanos que trabajan en organismos internacionales acudí a un bar a esperar los resultados. El plan, según ellos, consistía luego de que se anunciara el triunfo de Clinton ir hasta las puertas de la Casa Blanca a celebrar. Aquello quedó sólo en planes.
La gente en las calles de Washington, antes de cerrarse la votación, manifestaba sus preferencias tímidamente. No observé a nadie con una chapa colgada en la solapa a favor de Trump. La mayoría combinaba el avisó de que “Yo voté” en una calcomanía, junto con algún guiño a favor de Hillary: “Yo voté por ella”.
La visión venezolana de que el día de una elección se paraliza el país no se aplica para nada a Estados Unidos, ni siquiera en Washington. Al tomar el metro en la capital estadounidense a las 6:00 pm, para ir a esperar los resultados electorales, había más gente luciendo camisetas de los Washington Capitols, el equipo profesional de hockey sobre hielo de la ciudad, que los que tenían chapas o botones en su solapa con temas electorales.
Junto con los amigos de varios países recorrimos varios bares. En uno había una cola de unos 100 metros para poder entrar. Es el que tiene más pantallas de televisión y de mayor tamaño, me dice un colega argentino. Recalamos en otro, que también estaba a reventar pero milagrosamente logramos ubicarnos en una esquina.
El ambiente en el bar terminó siendo un claro indicador de cómo cayó la promesa de que Clinton podría derrotar al magnate populista.
Entre las 7 y las 9 de la noche reinaba la euforia en el bar. Cada resultado, por mínimo que fuera (por ejemplo de un condado) era celebrado con vítores a favor de Clinton.
Cuando aparecía una imagen de Trump venían los abucheos generalizados.
Casi todos en ese bar seguían los resultados combinando imágenes en la televisión (imposible oír lo que decían los periodistas de CNN por ejemplo, debido al bullicio) con la búsqueda en sus teléfonos de más información. A las 10 de la noche se habían acabado los aplausos para Clinton y los abucheos para Donald eran pocos y débiles.
En realidad comenzó a reinar el silencio, cada quien absorto con la mirada fija en su teléfono, el ambiente festivo de tres horas antes se había desinflado por completo. A esa hora percibí que el triunfo de Trump era inevitable.
Cerca de la medianoche caminé para tomar el metro antes de que dejara de prestar servicio. Nadie celebraba en las calles. Por otro azar pasé enfrente del edificio de la encuestadora Gallup en Washington (sólo en ese momento supe que estaba allí). Un grupo de quienes supongo son empleados de la firma habían bajado a la acera para poder fumar. Tenían la cara de la derrota. No sólo perdió Clinton, las encuestadoras también salieron derrotadas.
Ya en el metro, también en silencio, estaban de regreso a sus casas personas con las camisetas del equipo de hockey.
Escribo al día siguiente, y este 9 de noviembre Washington sigue enmudecida. En las calles de la capital no se celebra el triunfo de Trump, al menos nadie lo hace abiertamente.