Hace unas semanas, Donald Trump desafió al poder judicial de su país y hasta atacó personalmente a un juez que se atrevió a cuestionar su decisión de usar la Aliens Enemies Act, una ley de 1797 utilizada en tiempos de guerra, en contra de los migrantes venezolanos. Y aunque en América Latina parece que nos hemos acostumbrado a ver estos enfrentamientos arbitrarios en las esferas de poder político, pues nuestra debilidad institucional ha sido una constante desde que nos formamos como naciones independientes en el siglo XIX; en Estados Unidos la cosa no ha sido así. Unos pocos ejemplos similares a Trump saltan apenas a la memoria; hurguemos a ver.
Fue John Adams, segundo presidente del país, uno de los primeros en intentar pervertir el sistema judicial de Estados Unidos. El episodio que pasó a ser conocido en la historia como “los jueces de medianoche”. Thomas Jefferson, en unos reñidos comicios le ganó la presidencia al partido de Adams, quien decidió, a último minuto y en la media noche, designar a unos jueces para que las decisiones del nuevo presidente encontraran mayores contrapesos de los que garantiza la Constitucion. El caso cayó en el olvido y de Adams casi no se acuerda nadie.
Otro de los mandones con los que Trump pareciera reconocerse es Andrew Jackson, fundador del partido demócrata al que tanto adversa el empresario.
Ambos contaron con el respaldo de las grandes mayorías y decían defender los intereses nacionales frente a los foráneos, y también coinciden en su carácter autoritario, con un poder ejecutivo fuerte que se impuso al mundo de los negocios: Jackson con su guerra bancaria y Trump con la guerra arancelaria. Eso, aparte de la imposición de sus figuras sobre las instituciones y sus discursos en contra de las viejas élites políticas de Washington, aunque defendiendo siempre al White Anglo-Saxon Protestant.
Los historiadores estadounidenses fruncen el ceño cada vez que se refieren a Ulysses S. Grant, sí, el protagonista del billete de 50 dólares. La razón es clara: ha pasado a la historia como uno de los presidentes más corruptos de ese país, quien no dudó en utilizar su poder no sólo para esquivar los contrapesos, sino que también llenó a la burocracia y al funcionariado con familiares y amigos suyos. Su cara en el cono monetario obedece más a su trayectoria en la Guerra Civil que a sus méritos como presidente, pues aparte de ser el heredero político de Abraham Lincoln, fue el responsable de firmar los acuerdos de Appomattox, que acabaron la guerra.
El otro caso es Richard Nixon, quien pese a ganar abrumadoramente en las elecciones de 1968 y 1972, salió por la puerta de atrás, convirtiéndose en el primer presidente de ese país en renunciar, antes de que el impeachment procediera.
La confrontación con la prensa y sus frases déspotas y soberbias lo asemejan a Trump, aunque hubo algo que este último ya hizo y que Nixon, pese a su red de corrupción desmantelada por los medios, nunca intentó hacer: desafiar a un juez por el sólo hecho de no estar de acuerdo con sus ideas. Ni siquiera se le ocurrió algo así cuando el mundo se le caía encima y su gabinete renunciaba sin dejarle más opciones que una salida vergonzosa del poder.