La secuela “Teléfono negro 2” se atreve a resucitar a un monstruo que ya había recibido su merecido. Por lo que el filme retoma la historia después de la muerte del asesino Grabber (Ethan Hawke). Lo interesante es que ahora el guion, escrito por C. Robert Cargill y dirigido nuevamente por Scott Derrickson, abandona la frialdad realista del original para sumergirse en una atmósfera onírica, cercana al horror fantasioso de “Pesadilla en Elm Street”.
Sí, el temido Grabber vuelve, pero como una figura casi espectral, un eco de Freddy Krueger filtrado por los años ochenta y por la imaginación de un director que no teme rendir homenaje al cine de terror clásico con un estilo más propio.
El resultado es irregular pero fascinante: una historia que coquetea con el delirio, a ratos efectiva, a ratos excesivamente explicativa.
La película retoma la acción unos meses después de los sucesos de la cinta anterior y se traslada a 1982. Ahora Finney (Mason Thames) es un adolescente marcado por la fama involuntaria y los traumas mal digeridos. Su hermana Gwen (Madeleine McGraw), que muestra habilidades psíquicas cada vez más potentes, se convierte en el nuevo eje narrativo. El conflicto surge cuando sus visiones la llevan a investigar un campamento cristiano donde, sorpresa, las apariencias engañan.
Miedo a una nueva dimensión
En ese entorno, lleno de símbolos religiosos y niños que lucen como salidos de un sueño febril, la amenaza de Grabber reaparece con un aire sobrenatural. También está Ernesto (Miguel Mora), novio fiel y un tanto ingenuo de Gwen, que funciona como contrapunto emocional ante el creciente caos. El guion mezcla lo espiritual con lo macabro, y aunque a veces roza la parodia, consigue mantener cierta tensión.
La primera entrega triunfaba gracias a su sencillez: un niño, un asesino y un teléfono que conectaba con los muertos. “Teléfono negro 2″ se aleja de esa pureza y decide expandir el universo. Ahora hay explicaciones para los poderes de Gwen, flashbacks de la madre suicida y hasta insinuaciones de que Grabber tuvo un papel más amplio en el destino de la familia.
Algunos de estos añadidos enriquecen el trasfondo emocional; otros, en cambio, diluyen el terror con exceso de detalles. Derrickson parece debatirse entre seguir su estilo sobrio o lanzarse al caos visual del horror metafísico, y el resultado, aunque atractivo, se siente desequilibrado.
Una fría belleza para «Teléfono negro 2«
Lo más potente del filme está en su estética. Las secuencias de sueños, rodadas con textura granulada y un aire casi documental, transmiten una sensación de realidad distorsionada que encaja perfectamente con el punto de vista de Gwen. Estas escenas le dan a la película una identidad visual propia, distinta del original, más cercana al horror surrealista.
Sin embargo, la insistencia en insertar elementos religiosos –el campamento, los rezos, los guiños cristianos forzados– termina cargando la trama. Lo que en principio parecía un comentario simbólico sobre la culpa y la redención, se vuelve una especie de sermón disfrazado de cine de terror. Y nadie va a ver “Teléfono negro” buscando ir a misa.
Lo mejor de la película es su villano. La caracterización del Grabber como figura del infierno que regresa para castigar, o tal vez para enseñar, es uno de los aciertos más extraños del guion. No se sabe si escapó del averno o si fue devuelto por él, y esa ambigüedad funciona bien. Pero cuando la película intenta justificarlo teológicamente, pierde fuerza. Derrickson, que antes supo equilibrar lo paranormal con lo humano, aquí cae en el exceso de explicaciones. Lo irónico es que las escenas más inquietantes son aquellas en las que menos se dice: la simple presencia de Hawke, escondido tras su máscara icónica, sigue teniendo un poder que ningún discurso religioso puede igualar.
Ni una cosa ni laotra
En el fondo, “Teléfono negro 2” es una película que quiere ser dos cosas a la vez: una expansión de un universo y una carta de amor al terror ochentero. Su ambición se nota, y aunque no siempre consigue equilibrar tono y ritmo, mantiene la atención del espectador.
Las escenas de Derrickson tienen una fuerza visual admirable, pero la película se resiente por un guion que quiere explicar demasiado y asustar al mismo tiempo. Si algo queda claro, es que el horror sigue siendo más eficaz cuando deja espacio al misterio.
El resultado final es una obra entretenida, imperfecta pero con personalidad. “Teléfono negro 2” no alcanza el impacto del original, pero tiene el valor de intentar algo diferente: transformar un relato cerrado en una pesadilla abierta, llena de ecos del pasado y nuevos fantasmas. Tal vez lo que más asusta no sea el regreso del Grabber, sino la posibilidad de que incluso las historias muertas puedan volver a tocar el timbre.