Cinemanía

“Hamnet”: duelo, belleza y redención en un mismo escenario

Basada en el magnífico libro homónimo de Maggie O’Farrell, “Hamnet” se atreve a reinventar la figura de William Shakespeare desde el sufrimiento, el dolor y la redención. Eso, mientras pondera entre el duelo íntimo y el espectáculo público

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“Hamnet” no es un drama histórico. Al menos, no uno común. Y tampoco está muy interesado en mostrar la Inglaterra isabelina, que sirve de contexto al argumento. En lugar de eso y de la misma manera que el libro de Maggie O’Farrell que adapta, la cinta está más interesada en indagar en los misterios del amor, el tiempo y la pérdida. Todo, usando a un personaje esencial en la literatura como excusa y el motivo oculto que pudo haber inspirado su obra más famosa y venerada.

Por supuesto, la figura de William Shakespeare suele presentarse como un bloque monolítico: genio absoluto, autor intocable, pilar de la cultura occidental. Un canon que la directora Chloe Zhao —quien adapta el guion junto a O’Farrell— rompe de inmediato. Más que en su obra, “Hamnet” está interesada en un punto muy concreto: Shakespeare fue padre de tres hijos y uno de ellos, Hamnet, murió siendo apenas un niño.

Años después, el dramaturgo escribiría “Hamlet”, una obra marcada por la ausencia, la culpa y la obsesión con la muerte. La cinta parte de esa grieta histórica para construir una ficción sensible, consciente de que no todo puede probarse, pero sí intuirse.

De modo que la directora y guionista no plantea una tesis académica ni juega a la biografía clásica. Su propuesta es otra. Observa cómo el arte y la pérdida pueden entrelazarse sin necesidad de explicaciones literales. Claro está, la premisa es cuidadosa y no afirma que la tragedia personal originara directamente la obra teatral. No obstante, deja claro que ambas experiencias dialogan en un mismo territorio emocional.

La película se mueve en ese espacio incómodo en el que la especulación se transforma en experiencia sensorial. Desde allí, “Hamnet” reflexiona sobre cómo el dolor encuentra formas de permanecer, mutar y, a veces, sublimarse. No hay grandilocuencia. Lo que sí es evidente a través de toda la cinta, es la convicción clara de que el cine puede acercarse a los mitos sin destruirlos, siempre que acepte su fragilidad.

El amor antes de la herida

Sin embargo, Zhao no intenta que su película sea un morboso acercamiento a una tragedia con potencial de destruir a sus personajes. Por lo que dedica buena parte del inicio a mostrar el comienzo de la relación entre Agnes (Jessie Buckley) y William Shakespeare (Paul Mescal). El encuentro entre ambos no se construye como un romance idealizado. Antes que eso, la cinta lo muestra como una colisión inevitable entre dos personas marcadas por su entorno. William es un joven con talento, atrapado en las deudas familiares y en un futuro incierto. Agnes, conocida en el pueblo por su conexión con la naturaleza y por rumores heredados de su madre, vive en los márgenes de lo aceptable. Cuando se cruzan, la atracción no necesita explicaciones. Se siente. Y punto.

El matrimonio llega rápido, seguido del nacimiento de Susanna (Bodhi Rae Breathnach). La vida parece avanzar con cierta armonía hasta que William encuentra reconocimiento como escritor y comienza a viajar con frecuencia a Londres.

Esa ausencia es un primer atisbo de una complicada distancia emocional, sutil pero constante. Agnes se queda. William va y viene. Luego nacen los gemelos: Judith (Olivia Lynes) y Hamnet (Jacobi Jupe). La familia se completa, aunque la estabilidad nunca es absoluta. Zhao filma esta etapa con una calma engañosa, pero sin convertir esa noción en un prólogo del desastre.

Cuando la tragedia irrumpe, no lo hace de forma espectacular. La cinta no busca impresionar o indagar en la morbosidad del hecho físico o emocional de perder un hijo, sino lo que ocurre a partir de entonces. La muerte de Hamnet rompe el eje de la familia y reorganiza cada vínculo. Agnes queda suspendida en una pregunta imposible, repasando cada decisión pasada. William, en cambio, se repliega en su trabajo, utilizando la escritura como refugio y como anestesia. El dolor no los une automáticamente. Al contrario. Los separa. Y en esa fractura, la narración encuentra su núcleo más incómodo.

Un duelo de extraordinaria belleza

Por supuesto, para una historia que atraviesa una vida entera, Chloe Zhao recurre al desarrollo cuidadoso y sensible de sus personajes. De modo que Jessie Buckley indaga en Agnes desde la esperanza hasta la desolación absoluta. Su actuación no se apoya en grandes discursos ni en explosiones emocionales constantes. Por lo que la actriz se concentra en gestos mínimos, en los que parece arrastrar un peso invisible. Agnes no es solo una madre que ha perdido a su hijo. Es alguien que ya no reconoce su lugar en el mundo y que perdió el fragmento —de amor, identidad— que le unía al mundo. Buckley entiende eso y lo traduce en una presencia quebrada, pero nunca pasiva.

Paul Mescal, por su parte, ofrece un retrato contenido de William Shakespeare. Lejos del genio iluminado, “Hamnet” muestra a un hombre que duda, que se pregunta si seguir adelante tiene sentido. Al contrario de Jessie Buckley, Mescal trabaja con la mirada. En sus ojos se acumulan el cansancio, la culpa y una tristeza que no encuentra salida. Zhao integra esa angustia silenciosa sin subrayados, permitiendo que el relato sea una extensión del estado mental del personaje. 

La química entre Buckley y Mescal sostiene tanto los momentos de ternura como los de distancia. Cuando están juntos, la película recuerda que hubo amor antes de la pérdida. Cuando se separan emocionalmente, el vacío se vuelve tangible. Ninguno intenta imponerse al otro. Ambos parecen aprender, a trompicones, que el duelo no sigue un ritmo común. Esa honestidad actoral convierte a la pareja en el verdadero motor emocional del film y coloca sus interpretaciones entre las más sólidas del año.

Hamnet y lasombra

La elección del debutante Jacobi Jupe como Hamnet resulta clave para el impacto de la película. Su interpretación evita el sentimentalismo fácil y se apoya en una naturalidad desconcertante. Hamnet no es presentado como un símbolo abstracto, sino como un niño curioso, vulnerable y consciente, en cierta medida, de su propio final. Zhao le concede espacio para existir más allá de la tragedia, mostrando su relación con la naturaleza, con su madre y con sus hermanos. Cuando llega el desenlace, la pérdida duele porque el personaje fue construido con paciencia.

La decisión de que Noah Jupe, hermano real de Jacobi, interprete a Hamlet en el escenario introduce un juego meta que añade capas al relato. No era imprescindible, pero aporta una resonancia extra entre la vida y la obra. Ese cruce entre ficción y representación teatral subraya cómo el dolor se transforma, se repite y se reconfigura a través del arte. Zhao no insiste en la idea. La deja flotar, confiando en que el espectador sabrá recogerla.

Más allá del reparto, la directora demuestra un control absoluto del tono. Las escenas donde William narra el mito de Orfeo y Eurídice funcionan como reflejo del vínculo central de la película. Amor, pérdida, imposibilidad de recuperar lo perdido. Todo está ahí, sin necesidad de explicarlo. Cuando la tragedia golpea, el film no busca consuelo inmediato. Permanece en la incomodidad. Y cuando finalmente aparece una forma de alivio, llega de manera modesta, casi tímida. 

“Hamnet” no es una experiencia cómoda ni pretende serlo. Su impacto proviene de la honestidad con la que aborda temas conocidos: la muerte de un hijo, la fragilidad de los vínculos, la dificultad de seguir adelante. Zhao construye una película que entiende el sufrimiento como parte inseparable de la vida, sin romantizarlo ni negarlo.

Por lo que también funciona como recordatorio de que el arte nace, muchas veces, de lugares oscuros. Lejos de los biopics convencionales, la película apuesta por la emoción contenida y por la observación paciente. El resultado es una obra que acompaña, que duele y que permanece. A la manera de un eco que no desaparece. Como la memoria del pequeño Hamnet Shakespeare, destinada a permanecer en la historia desde un lugar discreto y significativo, siempre doloroso. 

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