Cinemanía

“Cumbres borrascosas”, erótica, exagerada y lejos del libro

En “Cumbres borrascosas”, de Emerald Fennell, se mezclan una fantasía erótica barroca, sátira acerca del amor romántico y algo parecido a un homenaje en clave extravagante al libro original. Pero no funciona bien

cumbres borrascosas
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“Cumbres borrascosas”, de Emerald Fennell, exige desde su primera e incomodísima escena un pacto de aceptación. Uno que consiste en algo simple: lo que va a narrar la cinta a continuación intenta ser una historia de amor, una alegoría a los sentidos, una reflexión de lo erótico y la crónica de un amor destinado a la desgracia. Todo, en el escenario de la Yorkshire inglesa en un punto indeterminado de tiempo, entre la época victoriana y unos pocos años después. Eso, con una trama vagamente parecida al libro de Emily Brontë en que se basa. El libro es una excusa para reflexionar sobre el deseo obsesivo en clave de símbolo imperecedero, que poco o nada tiene que ver con la trama principal.

Si el espectador puede seguir a pesar de eso, es probable que disfrute de la producción, visualmente impactante y con actuaciones más que decentes.

Pero si no, la enorme diferencia con el relato original será un obstáculo insalvable para cualquiera que haya llegado a la sala de cine buscando encontrar una recreación de la historia de amor entre Heathcliff y Catherine Earnshaw. “Cumbres borrascosas” no es eso. Y parece tener toda la intención de corromper cualquier parecido con el clásico gótico. Que no es del todo reprobable (y de hecho, es una forma de entender esta retorcida historia de amor), pero que sin duda, también es una trampa.

Una, además, que resulta confusa. La cinta bien pudo llamarse “Vacaciones en Yorkshire” y tener la misma capacidad para reimaginar el deseo, el atroz abandono de la necesidad insatisfecha y el amor roto.

Pero llevar el título de la obra de Brontë condiciona la percepción de la historia. Y es ese primer choque lo que golpea una y otra vez a la historia, que avanza con exuberancia pero poca elocuencia para contar algo claro. El amor no redime, pero el sexo sí libera. O al menos, pueden ocurrir ambas cosas en un terreno confuso de miedos, codicia y anhelo devastador. Tan inspirador y barroco como suena, la película se queda a la mitad en su ambiciosa premisa. 

Todo para provocar, poco paracontar

“Cumbres borrascosas” comienza con una imagen que pretende escandalizar, además de preparar el terreno para una lectura sensorial del relato. La muerte y el sexo se pueden confundir de manera tan sencilla para obsesionar al que así lo comprenda.

Tras ese inicio, la historia indaga en Catherine Earnshaw (Charlotte Mellington), una niña inquieta, de cabello claro, que está convencida del poder del color rojo y que muestra toda su vitalidad escapando de sí misma y de otros, corriendo a través del campo. La pequeña vive con su padre violento y despótico (Martin Clunes), en la finca conocida como “Cumbres borrascosas”.

A ese núcleo se suma Heathcliff (Owen Cooper), un niño recogido por el padre y presentado como un excluido y marginado desde su infancia, aunque la gran explicación para eso es su pobreza y origen misterioso.

En una de las licencias que Fennell se permite del libro original, Hindley, el hermano envidioso y rencoroso de Catherine, desaparece y la figura paterna se transforma en una presencia prolongada y opresiva que resume lo peor del personaje. Por lo que el señor Earnshaw concentra funciones narrativas del hijo violento y mediocre, convirtiéndose así en origen directo del maltrato que define a Heathcliff.

Esta fusión altera la dinámica familiar y simplifica conflictos, apostando por una lectura más directa y menos coral que la del libro. En esencia, es una buena decisión, porque la película prescinde de todas las capas del relato sobre abuso físico, marginación y clasismo del libro. De modo que va directo al grano: la infancia compartida de Catherine y Heathcliff es el inicio de un amor imperecedero y desesperado, cada vez más agónico. La directora (que también adapta), construye así un vínculo que se percibe primero como fraternidad salvaje y luego como atracción cargada de tensión.

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El tránsito entre ambas etapas se muestra sin delicadeza psicológica, apostando por un deseo contenido y explícito. La directora confía en la imagen antes que en la sugerencia.

Esa decisión define su aproximación a la novela: menos interés por la sutileza de sus conflictos más duros y brutales, mayor atención a la intensidad inmediata. Por lo que esta historia de amor desesperada se basa en un hecho concreto: Catherine y Heathcliff se desean hasta el delirio, se aman hasta la locura, pero no pueden estar juntos. 

En el páramo de la locura

Cuando Catherine y Heathcliff alcanzan la adultez, ahora interpretados por Margot Robbie y Jacob Elordi, la relación entra en un terreno abiertamente sexualizado. Fennell describe su vínculo como una combustión constante, cercana al exceso. Las escenas entre ambos se relatan entre fluidos, texturas y gestos invasivos. El amor es una huella, una impronta, una señal que dejar para marcar territorio. Un ejemplo temprano aparece cuando Catherine, molesta con Heathcliff, deja huevos rotos en su cama. La broma adquiere una dimensión erótica gracias al énfasis visual sobre la viscosidad bajo las sábanas.

La escena (o su intención) se va a repetir de docenas de maneras distintas, con un efecto que resulta deliberadamente incómodo. Fennell parece consciente del riesgo de provocar risa nerviosa y juega con esa posibilidad. El tono fluctúa entre lo serio y lo excesivo, generando una ambigüedad que nunca se resuelve del todo.

La primera parte de la cinta y alguna de la segunda, es una desesperada búsqueda de satisfacción. De la masturbación a chupar dedos en primer plano: aunque no hay desnudez explícita, Emerald Fennell quiere dejar claro que el deseo atraviesa y sacude desde lo esencial a cada ser humano que lo disfruta (o lo padece).

No es adaptación, ni le importa 

La narrativa sigue, en líneas generales, el recorrido de la primera parte del libro, única que se adapta. Catherine acepta casarse con Edgar Linton (Shazad Latif), movida por una lógica pragmática que sacrifica el deseo y la convierte en prisionera de la desdicha. Heathcliff reacciona con huida y regresa años después transformado en propietario y figura amenazante.

Su retorno también implica un plan de revancha y obsesión, en el que arrastra a Isabella (Alison Oliver), hermana de Edgar, a un matrimonio asfixiante. Fennell traduce esa relación en imágenes explícitas de dominación, subrayando el componente sadomasoquista que, al parecer, la autora considera determinante para entender la intención de Brontë en el libro.

Pero esa exageración barroca simplifica el argumento hasta convertirlo solo en romance torturado. Es evidente que Fennell prescinde de la estructura de testimonios y apuesta por una experiencia directa para que toda la historia de amor (menos tóxica y turbulenta, menos agónica) ocupe el centro de la trama.

Esa elección refuerza la sensación de presente continuo, aunque reduce la cualidad espectral del material original. La doble lectura de un vínculo condenado en la vida y en la muerte desaparece. Por lo que Catherine y Heathcliff dejan de ser figuras transmitidas por otros para convertirse en cuerpos dominantes en pantalla. Amantes corrientes en una historia que podría ser cualquier otra, pero que casualmente se titula “Cumbres borrascosas”.

Estética y color

Uno de los puntos altos de la película es su despliegue visual, que alcanza su punto máximo cuando Catherine asume su rol como esposa en Thrushcross Grange.

El diseño de producción de Suzie Davies y la fotografía de Linus Sandgren apuestan por una estilización radical que convierte a la película en una fantasía gótica con una pátina de color chillón y en ocasiones, sin sentido. Un suelo rojo domina una habitación como guiño evidente al imaginario del terror y se hace cada vez más singular a medida que la cinta gravita a su alrededor. El dormitorio de Catherine adopta tonos que dialogan inquietantemente con su piel.

Algo que también añade tensión al vestuario diseñado por Jacqueline Durran, que acompaña ese punto de vista con vestidos que evocan látex, celofán y superficies brillantes. La anacronía se vuelve principio estético y es evidente que intenta que el acento trágico y la distorsión de los códigos de la época profundicen en la sensación de que los amantes devorados y destrozados por su amor, están por encima de épocas y otros detalles. Una combinación que pocas veces funciona y cuando lo hace, no es lo suficientemente provocadora para asombrar.

Por supuesto, “Cumbres borrascosas” es una obra ambiciosa, provocadora y visualmente arrolladora. Su problema central radica en la distancia entre lo que muestra y lo que logra hacer sentir, porque a pesar de la insistencia en el amor desesperado de los amantes angustiados y obsesionados, el argumento hace poco por mostrarlo.

Fennell consigue imágenes difíciles de olvidar y un experimento visual más que notorio. Pero la conexión emocional profunda, esa furia amorosa que define el mito, aparece diluida entre capas de estilo. Una mirada trivial a un monstruo gótico, que todavía espera su adaptación definitiva.

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