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Carole Leal Curiel, historiadora por azar

En 2016 a Carole Leal Curiel le fue asignado un número en la Academia Nacional de la Historia. Desde entonces ocupa el sillón que antes albergó a Ramón J. Velásquez. Desde julio de 2019 es la directora de la institución centenaria, hasta 2021, recibiendo el cargo de otra mujer. Se ha enfocado en estudiar los orígenes del impulso independentista venezolano y latinoamericano, motivada por una historia familiar de trivias y el descubrimiento de personajes muertos

Carole Leal Curiel, historiadora por azar

Carole Leal Curiel tenía que buscar a su hermana en el aeropuerto aquel viernes 27 de noviembre de 1992. Y aunque el vuelo llegaba temprano, ella siguió durmiendo. Su papá, Gustavo Leal, no paraba de tocarle la puerta de la habitación. Se despertó y empezó a alistarse.

—Me quedé dormida, ya voy.

—Hay un golpe de Estado —respondió él.

Casi 10 meses habían transcurrido desde la primera intentona militar del 4 de febrero. Entonces, Carole Leal no se encontraba en el país, pero había regresado el jueves 26 de noviembre, justo el día antes del segundo alzamiento. Un video del teniente coronel Hugo Chávez, cabecilla de los militares felones, fue transmitido por Venezolana de Televisión, y después el presidente Carlos Andrés Pérez se dirigía al país desde las inmediaciones del canal privado Televen y calificaba al golpe como un coletazo del primer madrugonazo.

Aires de cambio corrían por todos lados, aires que traerían la defenestración de los partidos y auguraban el ocaso de una etapa. Carole Leal, antropóloga, politóloga e historiadora, cambiaba los canales de televisión en busca de información. Las señales del desastre pasaban inadvertidas ante los ojos del común, pero para una antropóloga aquello tenía mucha tela para cortar. Nunca se identificó con Chávez y jamás votó por él. El 13 de abril del año 2002 quedó conmocionada con los sucesos fugaces que parecieron marcar el fin del chavismo en Miraflores, pero que por costosos errores políticos terminaron de atornillarlo por más rato.

Presentía que aquello no pintaría nada bien para el país, y tuvo razón: el 2 de febrero de 1999, lo confirmó cuando, otra vez frente al televisor, veía la toma de posesión presidencial de Hugo Chávez.

Carole Leal

—Cuando vi cómo violó todo lo que corresponde al juramento constitucional, que es un símbolo político fundamental, yo dije “se fregó el país”. Estaba muy clara, las señales que dio Chávez fueron inequívocas. ¿Por qué el acto de posesión es importante? Porque se presta el juramento de cumplir y respetar la Constitución, entre otras la de respetar la alternancia en el poder, se toman las riendas del país y esas riendas se representan con una banda, con un collar que lleva la llave del Arca de la Independencia y con otra llavecita que abre el sarcófago del Libertador. Eso significa que las riendas pasan por una tradición que es republicana, que tiene que ver primero con la independencia civil y luego con el estratega militar, el gran actor de la libertad e independencia. Y esta lectura no te la puede hacer un antropólogo por sí solo, o un politólogo o historiador nada más, sino alguien que posea las tres perspectivas.

Así responde Carole Leal cuando explica el porqué de sus tres profesiones. Aunque siempre aclara que no es historiadora de pregrado, lo suyo es el estudio del pasado y eso lo demuestra la silla en la que hoy se sienta, es la directora de la Academia Nacional de la Historia, una institución de más de 100 años.

A alguien se le ocurrió la brillante idea de crear una filial de la Sociedad Patriótica en Sabaneta, que fue fundada por un cura. Ahí empezó la primera locura

Carole Leal es la tercera mujer en ocupar el puesto, después de las historiadoras Ermila Troconis de Veracoechea e Inés Quintero. Una distinción que, en las actuales circunstancias, representa más bien un compromiso con el país que el reconocimiento a la culminación de una vida académica que significaba antes.

***

Pero la llegada de Chávez al poder no es el único suceso histórico que recuerda con emoción. Todavía guarda en su memoria aquella mañana del jueves 23 de enero de 1958, cuando tenía cinco años y su papá también la despertó y la subió al techo con los demás hermanos, apuntó con su dedo índice a un avión que pasaba por allí de casualidad y gritó:

—¡Ahí va el dictador!

Aunque era un avión cualquiera, pues Marcos Pérez Jiménez había huido en la madrugada, ella Carole Leal conserva esa imagen en su memoria todavía, seis décadas más tarde.

La familia había regresado de Durham, Carolina del Norte, en 1954, cuando Carole tenía dos años, después de que su padre culminó un posgrado en una universidad americana. “Aunque nací allá, soy venezolana por todos los costados. Renuncié a la nacionalidad estadounidense porque la Constitución de Venezuela de 1961 no permitía tener doble nacionalidad y la americana también es fastidiosa con eso. No estaba dispuesta a perder mi nacionalidad venezolana, así que renuncié a la estadounidense. Lo hice por intensa y ahora sufro los efectos, el año pasado pedí la visa para visitar a mi hermano y me la negaron”.

Su padre, Gustavo Leal, era médico neurólogo y le fascinaban las biografías. Su esposa, Elvia Trina Curiel de Leal, era un ama de casa con una inclinación artística que a muchos les parece interesante. Ambos fueron absolutamente liberales y decidieron inscribir a sus hijos en colegios mixtos, nada de institutos religiosos como acostumbraban algunas familias de la época. En el Colegio América y  el Colegio Juana de Arco de San Bernardino, y en el Instituto Educacional Altamira (hoy Colegio El Peñón) se instruyeron sus hijos. El conocimiento siempre era importante, por eso, cuando viajaban por Venezuela, tanto Gustavo como Elvia Trina premiaban a los niños con preguntas históricas:

—¿Quién fue Eustoquio Gómez?

El que respondiera ganaba 10 bolívares. Sus hijos en la parte de atrás se peleaban por hablar primero, pero nadie lo sabía y no se atrevían a lanzar respuestas y perder la única oportunidad. Pasó el tiempo y, ante el silencio, ambos perdieron el juego. Sin embargo, la memoria ganó y hoy una de las personas que iba en ese auto recuerda que estudiar Historia se dio en las mismas circunstancias: por un juego, aunque ahora el azar sí definió el rumbo. Ese momento pasó cuando se entrevistó por primera vez con el historiador Guillermo Morón:

—¿Usted sabe lo que es una Real Cédula?

—Sí, por supuesto.

El período de la independencia se ha tratado desde la perspectiva de la guerra o desde la perspectiva de los héroes, desatendiendo las bases fundacionales

Carole Leal no tenía ni la menor idea de lo que era una Real Cédula. No existía Internet y ahora tenía que visitar por primera vez un archivo histórico. En su vida había visitado uno. Sin pensarlo dos veces, se puso en marcha y empezó por el fichero. Allí ocurrió la magia: “Empecé a hacer mis fichitas y descubrí una cosa que me produjo fascinación en el acto: ya no me interesaba la vida de los vivos, sino la de los muertos. Quería saber todo: qué pensaban, qué comían, cómo eran. Allí nació la pasión que conservo hasta ahorita”.

Entonces sólo tenía el título de antropóloga, después de haber deambulado por la Escuela de Sociología en la Universidad Católica Andrés Bello, institución que en aquel entonces consideró aburrida pero que hoy ve como una universidad extraordinaria. Durante su estadía en esa casa de estudios, conoció al profesor Luis Llambi, quien se la llevó para el Amazonas a un trabajo de campo y ahí descubrió que quería ser antropóloga. La Universidad Central de Venezuela reabría sus puertas tras la intervención, y ella aprovechó para ingresar.

—Al principio, hablaba de la simbología de la toma de posesión y decía que hubo varias señales y advertencias de Chávez sobre lo que venía, ¿a cuáles más se refiere?

—Muchas. Mira, yo no nunca fui chavista, jamás voté por Chávez, pero también hubo mucha irresponsabilidad política y, aunque soy defensora radical de la necesidad de los partidos porque sin ellos no hay democracia, en la década de los noventa la irresponsabilidad fue muy grande, también hay una cuota que es de la sociedad venezolana. Yo llegué a ver en el centro de Caracas, en la esquina de San Francisco, una pintura de Chávez con el uniforme del Ejército Libertador de Simón Bolívar y en lugar de la espada envainada, llevaba un machete fálico entre las piernas. Tú te parabas desde cualquier esquina y podías ver brillar el filo del machete. Vi a una señora persignarse frente a esa imagen, también vi a dos soldaditos rasos darle el saludo militar. Esto lo vi yo, con mis ojitos que se habrán de comer los gusanos. Allí había señales sobre lo que se nos venía encima. Todas estas representaciones son importantes.

Carole Leal

—Pero también hubo un esfuerzo por sacar al país adelante, el proyecto de Carlos Andrés Pérez apuntó a eso y vemos incluso cómo el propio partido le dio la espalda.

—Sí, pero la respuesta economicista no basta para poder resolver los problemas. Ni la respuesta 100% política, ni la respuesta 100% económica. Carlos Andrés Pérez metió a un equipo de tecnócratas de alto nivel que tal vez tenían razón desde el punto de vista de las transformaciones socioeconómicas que debían hacerse, pero había que pasarle la mano a la gente y no se la pasaron. Eso es clave en la vida política. Y el día que cambie, Venezuela va a tener que sufrir transformaciones de fondo, profundas. Pero el discurso de la mejoría económica no es el único del que se debe hablar. Entonces, espero que la generación emergente de jóvenes políticos esté conscientes de los errores que cometimos en el pasado y lo hagan mejor.

—Varios intelectuales hicieron política en ese momento porque querían cambiar la realidad, ¿usted participó en algún partido político o trabajó desde la universidad?

—Yo fui militante del MAS (Movimiento Al Socialismo) muchos años y milité en Petare, además. Empecé con una militancia un poquitico más radical que el MAS, pero después me enamoré, me encantó, me sedujo el proyecto del MAS. Nunca trabajé en la universidad, nunca me gustó el trabajo político en la universidad. Me resultó muchísimo más atractivo el trabajo político afuera. No me acuerdo cómo llegué al MAS, pero sí sé que fueron años muy felices. Nosotros fuimos una democracia modélica y ejemplar y es algo que yo rescato. El MAS introdujo una reflexión democrática al mundo de la izquierda, la ruptura que estableció Teodoro Petkoff al hacer la crítica que le hizo al mundo soviético fue decisiva. La izquierda nuestra fue modélica, sobre todo cuando se hizo la ruptura con Cuba y la guerrilla, y lo constatas cuando tratas de discutir con un izquierdista argentino, o chileno, aún atrapados en ese referente “sentimental” de la revolución cubana.

La izquierda nuestra fue modélica, sobre todo cuando se hizo la ruptura con Cuba y la guerrilla

—¿Y hasta qué punto? Porque en 1989 muchos intelectuales venezolanos apoyaron la presencia de Fidel Castro en la segunda toma de posesión de Carlos Andrés Pérez.

—Sí, es que también quedaron distintas izquierdas. Yo estaba hablando de la izquierda democrática, muy marcada por la revisión que introdujo al mundo de la izquierda el MAS. Había todavía una izquierda atrasada, esos núcleos quedaron y son los que se engancharon con el chavismo. Dentro del mismo MAS había, sin duda, sectores atrasados.

—Es antropóloga, politóloga e historiadora. ¿Cómo acoplar eso en una sola área?

—Yo hago historia política realmente. ¿Cómo acoplar? Bueno, imagínate tú. Si algo he trabajado yo es simbología política, allí tienes la mirada del antropólogo a la hora de la comprensión de un símbolo, con la mirada del politólogo a la hora de la comprensión de un símbolo político, y la mirada del historiador porque lo estás viendo hacia el pasado e interpretando desde el pasado.

—También estuvo casada con Luis Castro Leiva, el pionero en Venezuela de la historia intelectual y de los conceptos. ¿Se vinculó a esa tendencia historiográfica?

—Sí, aunque realmente hay dos personas que introdujeron acá la historia intelectual: Diego Bautista Urbaneja, obligatoriamente nombrarlo porque es el primero que la introduce; y Luis Castro Leiva. Realmente fueron los primeros responsables de traerse las reflexiones de afuera. Luis estaba graduado de la Universidad de Cambridge (Inglaterra) y desde allí aportó. Él trabajó lo que se conoce en la década de los ‘70 del siglo pasado como el giro lingüístico y su impronta en la historia intelectual. El ingreso a la historia conceptual en Venezuela no tuvo su origen directamente ni en Diego Bautista Urbaneja ni en Luis Castro Leiva, sino de otras fuentes, y pasa por la lectura koselleckiana (de Reinhart Koselleck), y vino a converger entre quienes comenzamos a interesarnos en lecturas yuxtapuestas sobre historia intelectual y la semántica de los conceptos. Allí me inserto y pasé a ser la coordinadora del Proyecto Iberoamericano de Historia Conceptual y publicamos el Diccionario político y social del mundo iberoamericano, con el auspicio de la Universidad del País Vasco y el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. El director de todo ese trabajo fue el catedrático Javier Fernández Sebastián.

—Aunque ha escrito sobre otros períodos, sus principales trabajos se han concentrado en el período de la “primera república” de Venezuela. ¿Por qué estudiar ese proceso que pareciera ya estar agotado por la historiografía patria?

—Aunque no lo creas, ese período ha estado muy poco atendido. No hay muchos escritos sobre lo que llaman la “primera república” de Venezuela. Hay estudios puntuales, pero como visión global sólo el trabajo pionero de Caracciolo Parra Pérez. En general, el período de la independencia se ha tratado desde la perspectiva de la guerra o desde la perspectiva de los héroes, desatendiendo las bases fundacionales, y sobre todo cuáles fueron las ideas y los debates que posibilitaron la independencia. Yo me interesé porque había un vacío y hay problemas que arrastramos hasta el día de hoy. Las mejores cabezas de esa época: Roscio, Ustariz, Bello, Isnardi, el diablo Briceño, Francisco Javier Yanes; cabezas que en esos 10 kilómetros de la pequeña ciudad que era Caracas eran excepcionales. Nunca he compartido la lectura que hizo Bolívar sobre la primera república. Al condenarla al fracaso, condenó también al federalismo, y si recorres el siglo XIX venezolano y parte del XX, el federalismo no ha dejado de estar presente. ¿Qué forma nos vamos a dar? Ni siquiera en 1830 el problema estaba resuelto.

—¿Lo que sucede el 19 de abril de 1810 es una revolución? Muchos consideran que no existe otra fecha más hispánica después del 12 de octubre, porque hay un discurso de fidelidad al rey, pero también aparece en el escudo.

—Totalmente, pero el 19 de abril va a aparecer en los calendarios nacionales y en el escudo de armas empezando el siglo XX. Está vinculado parcialmente al gomecismo. La primera vez que lo menciona una Constitución es la de 1909, si no me equivoco. El debate sobre si era una fecha “fernandina”, hispánica, se discute mucho antes, en La Opinión Nacional. Ahora, ¿qué se hizo el 19 de abril? Una junta de excepción, por supuesto, porque había una sospecha de que se había disuelto la Junta Central. Considerarlo una revolución, bueno, es una respuesta a una crisis política. La revolución se da posteriormente, cuando se va construyendo la ruptura con España, que está relacionada con el problema de la representación de los americanos en las Cortes de Cádiz.

«Empecé a hacer mis fichitas y descubrí una cosa que me produjo fascinación en el acto: ya no me interesaba la vida de los vivos, sino la de los muertos»

—Un año transcurrió para que cambiara el discurso de fidelidad a uno de independencia absoluta, ¿qué pasó en ese año?

—Bueno, no pasaron a ser inmediatamente republicanos. ¿Qué pasó? Hay varios elementos que se conjugaron y uno de ellos está directamente relacionado con la manera en la que se concibió la representación americana en Cádiz. Ese es un aspecto determinante porque puso sobre la mesa el inequívoco problema de la desigualdad de la representación americana. El Congreso se instala, de hecho, como Congreso Conservador de los Derechos de Fernando VII, en marzo de 1811. Los artículos de la confederación, que son los primeros que se escriben y que conseguí en un archivo colombiano porque no están en Venezuela, ya están señalando que van a seguir reconociendo al rey hasta que la voluntad del pueblo diga otra cosa. Allí había una pista de lo que podía estarse incoando.

Ellos están al tanto de lo que ha pasado en Estados Unidos y eso es un elemento crucial. No estoy hablando del pueblo sino de los pensadores. Claro, también hay señales más radicales, hay tertulias políticas importantes: la Sociedad Patriótica y otros clubes. Yo he conseguido tertulias en Maracay que son más radicales, en donde fueron capaces de decir: “El rey es un cabrón y la reina es una puta”. Así mismo, literal, lo puedes conseguir así. He encontrado causas en donde la persona está diciendo que los reyes no vienen de Dios. Decir que el rey es un cabrón o que su poder no viene de Dios era totalmente blasfemo.

No estaba dispuesta a perder mi nacionalidad venezolana, así que renuncié a la estadounidense. Lo hice por intensa y ahora sufro los efectos

Por culpa de la Sociedad Patriótica fue que yo llegué a este período, porque buena parte de la historiografía sobre el período sostenía que por ella fue que se declaró la independencia y eso se convirtió en una verdad indiscutible, cuando en realidad es resultado del peso que se le quiso atribuir a la Sociedad Patriótica por haber sido un club fundado, entre otros, por Bolívar. Me llamó la atención y descubrí que hubo un debate intenso e importante para llegar a la determinación de declarar la independencia absoluta resultante de un complejo debate intelectual y en donde el radicalismo de la Sociedad Patriótica no tuvo la importancia que se le ha atribuido a la hora de declararla. Sin embargo, hay que rescatar que la Sociedad Patriótica, aunque no fue la única tertulia de esa época, tuvo un papel significativo durante ese período, tanto así que a alguien se le ocurrió la brillante idea de crear una filial de la Sociedad Patriótica en Sabaneta, que fue fundada por un cura. Ahí empezó la primera locura. Yo no lo he escrito nunca y no lo quise hacer precisamente para no contribuir con los indebidos usos de la historia que tanto han abundado en estos veinte años.

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En octubre 2018, Carole Leal fue diagnosticada con cáncer y un año después terminó las quimioterapias. Ahora está en proceso de recuperación, aunque debe examinarse cada tres meses. Cuando se le pregunta sobre la etapa más dura de este proceso, asegura que fue la caída del cabello y enfrentar los embates de la crisis: “Yo me pintaba el pelo desde los 18 años y se me cayó. Mi sufrimiento real fue conseguir los medicamentos como le ocurre a todo venezolano en situación similar dada la inasistencia total e irresponsable del actual Estado venezolano, el costo es una ruina. Me sacaba la sangre semanalmente y hasta se partieron mis venas. No te da tiempo de nada, sólo leía una buena novela y ya. Ahora sí arranqué a trabajar”.

Es la directora de la Academia Nacional de la Historia.Es la tercera mujer en ocupar el puesto, después de las historiadoras Ermila Troconis de Veracoechea e Inés Quintero

En su haber como profesional, dio clases en la Universidad Simón Bolívar (USB), donde ocupó algunos cargos académico-administrativos, entre ellos la Dirección del Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium. Su obra publicada incluye los títulos Diccionario político y social del mundo iberoamericano, Las independencias hispanoamericanas: Interpretaciones 200 años después, Las experiencias de 1808 en Iberoamérica, ¿Radicales o timoratos? La declaración de la Independencia absoluta como una acción teórica-discursiva (1811), El concepto de orden en tiempos de transición: Venezuela (1770-1850), entre otros. Hoy vive sola, decidió no tener hijos.