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En Petare suenan rimas para el hampa

Costumbre es la palabra que define la realidad petareña. Sin importar hora ni fecha, el CLAP anuncia su llegada y como una estampida de zombis dormidos, bajan en silencio, hipnotizados, a cumplir su deber con el ritual socialista. El Patrón, desde lo más alto, inspecciona y vigila que todo transcurra con orden. Clímax presenta la serie Escenas de Petare, escrita desde sus entrañas

Antes de acabar el año, unas rimas retumban en el barrio y agobian las navidades en Petare. Los niños las repiten sin cesar. Voces que entre risas y vacilón revelan una verdad que pocos se atreven a cuestionar o tan si quiera a poner en duda. Entre el miedo y la penumbra, las coplas se acaban, aunque en las mentes sigue resonando la pegajosa melodía. Suenan así:

Tun, tun, ¿quién es?
El juez de paz.
Ábrannos la puerta,
que ya llegó el CLAP.

El Patrón recibe más de 16 cajas por consejo comunal, según los testimonios de los vecinos más enterados. Y ese pago se hace a plena luz del día, no hay nada que temer, es una de las cuotas por la protección del barrio. La gente está consciente. Nadie denuncia, nadie reclama.

El juez de paz está por encima de todos y quien se oponga, sencillamente debe irse o irán por él. Tampoco hay medias tintas, la voz cantante es una y todos la obedecen, así se ordena desde la colina más alta del barrio, donde reside el poder y a donde suben las cajas del CLAP.

Sin hora ni fecha en el calendario, las cornetas del camión se escuchan en el barrio. Son las 12:13 de la noche. El brillo de la luna ilumina las fachadas sin frisar y, como zombis, los petareños abren los ojos. Se levantan de la cama y empieza una marcha en silencio hasta la calle. Pagaron hace un mes y medio y nadie se acordaba de ello. Si realmente dependieran de la caja, todos estuvieran muertos por inanición. Sin embargo, es una costumbre que no quieren perder. Muchos ya están acostumbrados y no se imaginan una vida sin el CLAP. Además, esa es la comidilla del día siguiente: cuántos productos trajo y qué faltó esta vez.

La repartición es por orden de zonas. A la 1:30 empieza la de la zona 7 y a las 2:17 la de la zona 9. Quienes la reciben, después suben los escalones y caen molidos en la cama. A muchos les toca levantarse a las cinco y otros ya no tienen sueño. Saben que cuando llega el CLAP, las noches son largas.

El Patrón tampoco duerme, vigila, siempre está alerta y su pago es el primero que se hace. Rápido bajan los luceros, sus ojos y oídos en todo el proceso. Cuando termina la distribución, la paz se vuelve a adueñar de la zona. Una pax romana, sin nadie que la cuestione ni se atreva a romper el silencio. Las luces se apagan y la noche ahora sí empieza.

Hay familias que reciben dos o tres cajas dependiendo de su actividad política. Otras no reciben ninguna. Lo mismo ocurre con el pernil, los juguetes y los uniformes escolares. El clientelismo es una política pública abierta. No hay quien acabe con eso. Así ha sido por años y ahora más, que hasta existe un carné que la oficializa.

En Petare, aunque es un bastión del descontento, ese sentimiento ya no se expresa con frecuencia. La represión y el miedo ocupan cada vez más hogares, suman conciencias y compran voluntades. La noche de repartición del CLAP es una muestra de eso, es la expresión de la costumbre, es un ritual al conformismo.

La copla continúa en voz baja en Petare, una niña brinca de escalón en escalón cantando una nueva estrofa que acaba de inventar. El juego se torna peligroso y su mamá la calla. Decía algo así:

Tun, tun, ¿quién es?
Son las FAES.
Ciérrenle la puerta
y escondan las llaves.