Las lecciones no aprendidas del deslave en Caracas

Cuando el agua dejó de caer en 1999 y los estragos fueron atendidos en Caracas, se hicieron recomendaciones para mitigar riesgos futuros. Después de todo, se trata de ciclos de desastres y no de excepciones. En Vargas hubo construcciones e inversiones, en la capital sobraron las promesas. 20 años después, pocas advertencias fueron atendidas y los riesgos no han dejado de existir

La noche del 15 de diciembre de 1999, Jenny “Margarita” Hernández pisaba el pedal de su máquina de coser y sentía que temblaba debajo de la tierra. Recordó que en octubre hubo una lluvia de estrellas y que su abuela le decía que cuando hay señales en el cielo, alguna tragedia pasa en la tierra. Se asomó por la ventana buscando alguna advertencia y solo vio unas ollas de peltre navegando por la quebrada. Miró varias veces la ceiba que siempre le ha dado sombra y temor, y sus hojas se sacudían con la lluvia. Lo mismo hacían las aguas arriba que ya se preparaban para su descenso. Esa noche, la premonición de las estrellas de octubre fue la tragedia de Catuche, en Caracas.

Hay que recordar que “el evento del 99, en el lado del flanco sur del valle de Caracas, también causó lluvias torrenciales en Catuche, Anauco y Tocome, fundamentalmente”, comenta José Luis López, coordinador de la cátedra de Mecánica de Fluidos de la UCV. En Caracas, indica Valdemar Andrade, profesor jubilado del departamento de Ingeniería Hidrometeorológica de la UCV, “llovió muy por encima del promedio y eso lo catalogan como año lluvioso (1.125,5 mm). En ese diciembre llovió cuatro veces más que el promedio de los diciembres normales (189,4 mm contra 44,4 mm9 y fue el mes de más días de lluvia en el año con 21 (promedio: 7,9 días). También fue el mes con más días consecutivos en el año en que llovió, que fueron 13 días consecutivos, entre el 5 y el 17 de diciembre. También ocurrió la máxima lluvia del año, que fueron 57 mm y que ocurrió el 15 de diciembre”.

“Todavía hay gente construyendo. El 90% son gente que nunca vivió la tragedia. Cuando les echamos el cuento de lo que pasó aquí, se horrorizan, pero ahí están, la necesidad”

En Catuche, lodo, troncos y piedras fueron arrastrados hasta la toma de Hidrocapital que surte el tanque de El Polvorín. El tubo retuvo la naturaleza, pero no pudo luchar contra ella: cuatro represas formaron el torrente que llegó hasta el sector La Trilla no sin antes pasar por la Calle Real de Los Mecedores, la Primera Calle de Sabana del Blanco y los sectores El Quinder, donde horas antes José Goidas “Cheli” jugaba dominó en casa del compadre; La Quinta, donde Margarita había pedido a Dios no desenraizar la ceiba; El Bulevar, donde José Monterola dejó su lapa para las hallacas; Portillo, donde Mercedes de Oviedo descansaba tras pasar todo el día armando el pesebre comunitario que la lluvia se empeñó en desarmar; y El Guanábano, donde Lisbeth Mora “La Beba” dejó las sandalias nuevecitas para el matrimonio de su hermana mientras que Doris Barreto volvía del último novenario de su hijo.

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Muros de contención se levantaron en Los Mecedores

Catuche fue el deslave más grave de Caracas y no solo por la pérdida 600 viviendas, y los sistemas de iluminación, escaleras, veredas, barandas y cunetas que interconectaron a la comunidad y a ésta con El Ávila y la ciudad. Hasta diciembre de 1999, Catuche era la única zona de la capital cuya quebrada contaba con trabajos infraestructurales, inspección y mantenimiento, estación para la medición de lluvias y control de creciente contemplados en el plan de desarrollo urbano y ciudadano conocido como Proyecto Catuche, liderado por el arquitecto César Martín y el padre jesuita José Virtuoso.

El caudal desarmó casas y las mezcló con aguas y hedores. Echó por tierra los sistemas de alerta temprana y de gestión de residuos aprendidos por los catucheros. Los arbolitos y regalos del Niño Jesús los puso entre restos de puentes. Salvo la incertidumbre, todo se lo llevó el río con el sueño conjunto del porvenir y el esposo de la vieja Cristina, a quien ella buscó demasiadas mañanas y tardes asomándose en la quebrada.

Y así pasaron 20 años. “El evento meteorológico fue el mismo (que en Vargas), lo que pasa es que la condición de la montaña y del valle hizo que los efectos fueran distintos, pero no podemos minimizar las consecuencias en Caracas”, advierte Abraham Salcedo, jefe del departamento de Ingeniería Hidrometeorológica de la UCV.

“La alcaldía ha venido a limpiar solo la quebrada. Cortan el monte y lo ponen a un lado, pero no se lo llevan. No están haciendo nada”

Caracas

José Monterola denuncia que incluso las autoridades promueven el caos

Una piedra en el camino

Las causas de la tragedia no solo son las lluvias ni los embaulamientos a medio construir, construidos por tramos o sin inspección ni mantenimiento, tampoco los acueductos que se desplomaron antes de ser construidos, ni las presas de retención posteriores a 1999 que ya han sido olvidadas, ni las estaciones de lluvias vandalizadas, mucho menos que a Mercedes y a Margarita les habían enseñado que el río busca su cauce cada 50 años y no cuando le venga en gana, como les aclaró el arquitecto Martín. Todo esto son consecuencias del problema mayor que expone Andrade: “la inadecuada prevención ante los riesgos hidrometeorológicos. No hay una conciencia en la población de que los deslaves siempre han ocurrido y siempre van a ocurrir”.

Explica Salcedo: “Eso tiene un período de retorno. Es un promedio. El evento de Vargas, por ejemplo, ocurre cada 500 años en promedio. Sin embargo, pueden ocurrir otros eventos más pequeños”, como en 1980 cuando las lluvias inundaron La California Norte y Macaracuay, y las de 2005 cuando colapsó el río Guaire obstaculizando las vías terrestres de la Gran Caracas. Sin olvidar que El Pedregal, en Chacao, recibe su nombre por los enormes peñascos que están en el sitio producto, también, de deslizamientos por aguas desde la montaña.

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Los muros con gaveras iban ser medidas iniciales

López Sánchez señala: “Hay que estar preparados porque hay evidencias geológicas de un gran alud torrencial que hubo en la época precolombina en el valle de Caracas, más o menos en el año 1300, que los geólogos estimaron que movilizó 30.000.000 m3 de sedimentos en las zonas Altamira, La Castellana, Los Palos Grandes, por ejemplo. Para tener una idea de lo que significa eso: la cantidad que nosotros estimamos que fueron depositados en las zonas urbanas del estado Vargas fue de 20.000.000 m3. Así que el evento de Caracas hace 600 años fue mayor que el evento de Vargas en el 99, o sea, que aludes en el valle de Caracas son bastante posibles, han ocurrido antes y pudieran ser más graves”.

Catuche era la única zona de la capital cuya quebrada contaba con trabajos infraestructurales, inspección y mantenimiento

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Los sistemas instalados pero casi olvidados en Catuche

¿Rodar y rodar?

Aclaran los especialistas que ninguna obra ofrece un 100% de protección y que canalizaciones, acueductos y muros de contención no son soluciones en sí mismas. Urgen programas de inspección, monitoreo y mantenimiento, así como la construcción de más franjas de protección y actualizaciones de los protocolos de acción según los cambios de la población. Desocupar los márgenes de los ríos y quebradas, y cualquier zona donde pueda ocurrir movimiento de suelos debe ser una acción paralela y sostenida para que, como indica Martín, “un muro no sea la pared inicial de la vivienda de invasión”. Insiste Salcedo: “Hay normativa, pero no cultura y se necesitan viviendas. La solución es el ordenamiento. No puede estar la gente ahí. Si tapan la quebrada, coadyuvan al problema”.

Pero en Catuche, aunque es el único lugar de Caracas que cuenta con un estudio geológico para reemprender el plan de reordenamiento urbano tras la vaguada, las invasiones ya echaron raíces. Para Cheli, “mucha gente no aprendió la lección, porque todavía hay gente construyendo. El 90% son gente de afuera, nueva, que nunca vivió la tragedia. Cuando les echamos el cuento de lo que pasó aquí, se horrorizan, pero ahí están, la necesidad”.

Caminos para las personas y para el agua

Monterola agrega: “Han venido a buscar agredirnos, y tú vas a denunciar y lo que les dicen a ellos es que invadan, que se metan. Si hubiera gobierno, a donde tú fueras a poner la queja, te hicieran caso”. Una realidad extendida en las barriadas más vulnerables de la capital. “Freddy Bernal lo que hizo fue echarnos la partida pa’trás en Guanábano: dio títulos de tierra cuando sabe que es un terreno que está en alto riesgo”, advierte Doris.

«Llovió muy por encima del promedio. En ese diciembre llovió cuatro veces más que el promedio de los diciembres normales y fue el mes de más días de lluvia en el año»

Trabajos menores, como instalación y despeje de drenajes y limpieza de quebradas, han dejado de ser rutinarios, siendo éstos parte de las acciones permanentes para mitigar los riesgos. En Catuche, “había unas cuadrillas de la alcaldía Libertador, pero lo que hacían era llegar en la mañana, algunas cositas cortaban y después sacaban sus cartas y su dominó”, comenta Henry Hernández, coordinador de Pastoral Fe y Alegría Catuche. Agrega Rafael Ponce, vecino de los edificios Nuevo Catuche: “Llegan los de la alcaldía y cortan a lo bruto, ¡¿Qué van a saber ellos que el vetiver sostiene el suelo ni cuánto rial cuesta esa vaina?! ¡Siempre les digo que corten dejando una cuarta y nada!”. Cuenta Mercedes: “La alcaldía ha venido a limpiar solo la quebrada. Cortan el monte y lo ponen a un lado, pero no se lo llevan. No están haciendo nada”.

Vulnerables, aunque no lo quieran saber

Además de la ocupación indebida, la impermeabilización de toda ciudad es el factor que más aumenta la vulnerabilidad de la población de Caracas: “Ahora las crecientes llegan más rápido y los canales están obstruidos, y somos más vulnerables aún porque no tenemos información, conocimientos. Aquí nadie sabe qué hay que hacer”, indica Salcedo.

Mientras lo aprendido y lo que sigue faltando por hacer se va diluyendo en cada lluvia, las amenazas siguen siendo las mismas, solo que las estrellas no las han anunciado y el río no ha sonado.

Las construcciones nuevas no escapan a la amenaza