Cultura

El país de Cabrujas

El libro "Aquel país" refresca la mirada de José Ignacio Cabrujas sobre Venezuela. Investigado y compilado por Yoyiana Ahumada, incluye textos de Luis Carlos Díaz y Rodolfo Izaguirre, entre otros

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El país de Cabrujas
Foto cortesía |Composición de imagen Daniel Hernández

Que este libro se publique a tres décadas de la muerte de José Ignacio Cabrujas, y en medio de una incierta metamorfosis nacional, nos devuelve a la mirada de este multifacético escritor: de Venezuela como problema estético, político y moral. En este 2026, la mordaz crítica de Cabrujas a la sociedad y al poder, resuena en una Venezuela que vuelve a ser representada en los discursos oficiales como antes lo fue con el mito del Dorado, una tierra de riquezas inimaginables.

En este libro, la investigación y la compilación corresponden a la dramaturga y periodista Yoyiana Ahumada, una de las lectoras más persistentes de esa obra. El volumen reúne ensayos y textos de Alberto Barrera Tyszka, Carlos Colina, Faitha Nahmens, Luis Carlos Díaz, Rodolfo Izaguirre, Tulio Hernández y de la propia Ahumada, con prólogo de Colette
Capriles.
El conjunto no pretende agotar a Cabrujas. Intenta, más bien, rodearlo: su dramaturgia, su crítica de la identidad nacional, la vigencia de sus crónicas y esa extraña mezcla de seducción, humor y desasosiego que convertía cada artículo suyo en un acontecimiento semanal. Era aquel país que tenía periódicos impresos.

El título mismo —Aquel país— trabaja con la distancia. No es este país, sino aquel. Un país que parece remoto y, al mismo tiempo, demasiado cercano. Esa tensión es el verdadero asunto del volumen.

José Ignacio Cabrujas Lofiego nació en Caracas el 17 de julio de 1937 y murió en Porlamar, isla de Margarita, el 21 de octubre de 1995. Creció en Catia, en una familia humilde.

Estudió en el Liceo Fermín Toro e ingresó a Derecho en la Universidad Central de Venezuela. Abandonó la carrera cuando el Teatro Universitario le reveló otra vocación. El periodista Lorenzo Batallán le agregó, por error, una “s” al apellido Cabruja; el joven actor aceptó la errata y se quedó con ella. Esa anécdota menor ya contiene un gesto cabrujiano: la identidad como invención, como máscara que termina siendo más verdadera que el documento.

Pasó por el Piccolo Teatro de Milán, fundó el Teatro de Arte de Caracas y, en 1967, integró El Nuevo Grupo junto a Isaac Chocrón y Román Chalbaud. Fue actor, director, profesor, libretista de radio, guionista de cine y televisión, moderador, diseñador de campañas y cronista. Se le llamó “maestro de las telenovelas”. Pero el núcleo de su obra está en el teatro: Profundo (1971), Acto cultural (1976), El día que me quieras (1979) y El americano ilustrado (1986). Ahí está el país puesto en escena.

Cabrujas no describía Venezuela desde fuera. La interpretaba.

A esa producción que marcó un punto de inflexión en las tablas venezolanas le sumó la crónica. Primero como Sebastián Montes; después, con su nombre, en El Diario de Caracas y El Nacional. Sus columnas fueron una suerte de desahogo. Eran textos híbridos: opinión, costumbrismo, memoria personal e ironía narrativa. Sus artículos de los años noventa —reunidos luego en El país según Cabrujas y, más tarde, en compilaciones como El mundo según Cabrujas, también trabajada por Ahumada— siguen siendo una de las mejores radiografías del país del disimulo, como le bautizó. Un poder con aires de grandeza y una sociedad adormecida en el consumo.

En 1987, ante la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, formuló una de sus tesis más duraderas: el Estado del disimulo. El poder venezolano no se sostiene tanto en la eficacia como en la representación. Gobernar es parecer. La nación se fabrica en el gesto, en la retórica, en la promesa de un porvenir que nunca termina de llegar. Así fue antes y así lo es ahora. Cambian los personajes en el poder, pero la promesa sigue.

De ahí otra de sus metáforas más fértiles: Venezuela no como país concluido, sino como campamento. Un territorio del “mientras tanto y por si acaso”. Una sociedad provisional, hecha de escombros y simulaciones, donde la riqueza no se produce por esfuerzo (individual y colectivo) sino que proviene de la espera, de la extracción o fruto del milagro.

Es el país campamento petrolero como escena permanente. El petróleo no aparece en Cabrujas solo como dato económico. Aparece como mito fundacional invertido. El país no se construye sobre el trabajo acumulado, sino sobre la
creencia de que el subsuelo y su maná lo puede cambiar todo. El país campamento ha sido, y lo es, una forma de habitar el Estado: extraer, gastar, esperar el siguiente chorro petrolero, improvisar.

Venezuela, en esa lectura de Cabrujas, no termina de ser país y es en verdad un campamento porque vive en torno al yacimiento petrolero. Los anuncios en Caracas y en Washington de los últimos días, proyectando ahora sí una riqueza incuantificable (no caben tantos números en una calculadora sencilla) reivindican la mirada crítica de Cabrujas sobre el país. Aquel, pero también este país.

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