Opinión

Las heridas abiertas que dejó el 24J en Venezuela

El 24J no solo derribó edificios. Derribó la ilusión de que, en una emergencia de esta magnitud, el Estado estaría allí desde el primer minuto. Derribó la confianza de muchas familias en que sus muertos serían tratados con dignidad y sus desaparecidos contabilizados con honestidad. Y dejó a miles suspendidos en un limbo de carpas y promesas

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Las heridas abiertas que dejó el 24J en Venezuela
Foto |alejandro cremades

A dos meses del 24J, las heridas permanecen abiertas, y cada una duele de una manera distinta, íntima.

Una primera herida es la del abandono inicial. El discurso oficial hizo todo lo posible por soslayarla, por envolverla en cifras de despliegues y agradecimientos a la ayuda internacional. Pero en las calles la memoria es otra. Cuando el suelo tembló y los edificios se desplomaron, no hubo una respuesta rápida ni masiva de las autoridades. Las primeras horas —esas horas de oro en las que todavía se puede sacar a alguien con vida— se llenaron de vecinos con las manos desnudas, de jóvenes con picos improvisados, de madres que gritaban nombres entre los escombros.

Miles de venezolanos arriesgaron sus propias vidas para tratar de salvar a otros, y si bien esto es tremendamente positivo, la otra cara de la moneda es que los terremotos desnudaron la dura realidad: una sociedad huérfana en las primeras de cambio ante una tragedia que le sobrepasaba.

La lentitud institucional no fue solo logística; es una herida que se abrió en el pecho de quienes sintieron que el Estado, una vez más, llegó tarde y ello se tradujo en muertes.

Esa misma herida se conecta con otra, más silenciosa y más cruel: la de los desaparecidos. No hay una cifra oficial. Dos meses después, el gobierno de los hermanos Rodríguez sigue sin publicarla. Ni la presidenta interina, Delcy, ni el vocero oficial de facto tras el 24J, Jorge, hacen mención a este drama. Mientras las plataformas ciudadanas, en los días posteriores a la tragedia, registraban miles de reportes, las autoridades eligieron el silencio o las actualizaciones parciales de muertos recuperados. En La Guaira, el gobernador habló de 1.579 personas sin paradero conocido según denuncias de familiares, pero el dato nacional permanece en la penumbra.

Ese vacío se transforma en dolor cotidiano. Familias que siguen recorriendo lugares con fotografías, buscando a los suyos; la dolorosa experiencia de revisar cuerpos irreconocibles buscando un tatuaje, un diente, una cicatriz. Y cuando no encuentran, llega la otra parte de la herida: el entierro de centenares de personas sin identificar. El dolor de la sociedad ante esos entierros es colectivo: es la certeza de que muchas historias se cerraron sin despedida, sin un último abrazo, sin la posibilidad de llorar a los que se fueron y darle una sepultura digna.

Y hay una tercera herida, la que late todos los días en los refugios y campamentos. La vida de miles de venezolanos transcurre allí entre penurias y con una notable falta de perspectiva de cuándo podrán tener de nuevo una vida normal.

Casi 20.000 personas perdieron sus viviendas solo en La Guaira; la Organización Internacional para las Migraciones habla de unas 24.000 sin hogar a nivel más amplio. Dos meses después, las autoridades reportan apenas 335 viviendas nuevas entregadas. El resto espera. La precariedad no es solo material: es la incertidumbre que se come la esperanza, la sensación de que el futuro aún está lejos de aparecer.

La empatía no abunda en la lógica oficial del gobierno de los Rodríguez. No se reconocen errores ni propios ni del pasado que agrandaron los efectos de los terremotos. No se habla de las viviendas de interés social construidas sobre terrenos vulnerables, de la red sísmica reducida a su mínima expresión durante años, de la falta de mantenimiento de infraestructuras. Tampoco se ofrecen respuestas con fechas precisas y protocolos transparentes sobre cómo será la construcción y asignación de viviendas para quienes lo perdieron todo. Se anuncian planes, se prometen más de 4.000 unidades antes de fin de año, se habla de “soluciones dignas”. Pero en los campamentos, esas palabras suenan lejanas.

El 24J no solo derribó edificios. Derribó la ilusión de que, en una emergencia de esta magnitud, el Estado estaría allí desde el primer minuto. Derribó la confianza de muchas familias en que sus muertos serían tratados con dignidad y sus desaparecidos contabilizados con honestidad. Y dejó a miles suspendidos en un limbo de carpas y promesas.

Dos meses después, Venezuela carga con estas heridas abiertas. No se cierran con partes semanales ni con discursos de reconstrucción. Se cierran, si es que algún día se cierran, con verdad, con empatía real, con la presencia efectiva y cercana de quienes tienen el poder, conectándose genuinamente con el dolor de tantos.

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