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“La empleada” de Paul Feig: mucha ambición y drama, poca sustancia

Entrar a una casa ajena siempre implica aceptar reglas invisibles. “La empleada” de Paul Feige convierte esa incomodidad cotidiana en una premisa barroca y melodramática en la que se mezcla el thriller doméstico, deseo incómodo y un giro que cambia el juego. La película se estrena mañana en cines

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“La empleada” de Paul Feig: mucha ambición y drama, poca sustancia

“La empleada” (2025) de Paul Feige, explora el mismo dilema del libro superventas de Freida McFadden: la invasión a la privacidad. Y lo hace, explorando en el dilema de permitir que alguien cruce la puerta de la casa familiar. Algo que nunca es un trámite menor y que la historia —tanto en el cine como en el libro— se convierte en un riesgo total. De hecho, la cinta se toma una buena cantidad de tiempo para dejar claro que confiar en un extraño dentro del ámbito hogareño es un acto de fe, casi una cesión simbólica del control.

Pero la película toma esa premisa elemental y la estira hasta convertirla en una fuente constante de inquietud. No se trata solo de abrir el espacio físico, sino de aceptar que un extraño observe las rutinas, escuche confesiones por accidente y conozca horarios. Paul Feig construye la historia desde esa fragilidad compartida, una relación laboral que es también íntima y forzada. La casa deja de ser refugio para transformarse en escenario. Desde el inicio queda claro que aquí no hay fronteras limpias entre lo privado y lo profesional. Mucho menos, en una casa lujosa e impoluta, en la que nada es lo que parece.

Al acecho detrás de la puerta

Para eso, el guion de Rebecca Sonnenshine sigue a Millie (Sydney Sweeney), una joven con el tipo de pasado que nunca se explica del todo, pero pesa en cada decisión. Necesita empleo. Urgente. Así que cuando la oferta llega de Nina Winchester (Amanda Seyfried) y Andrew Winchester (Brandon Sklenar), una pareja adinerada que parece salida de una revista de diseño minimalista, acepta de inmediato.

“La empleada” de Paul Feig: mucha ambición y drama, poca sustancia

Pero claro está, nada es tan sencillo. Los Winchester son una familia complicada, snob y la mayoría de las veces, irritante. De hecho, el desequilibrio de poder es evidente desde la entrevista. Millie entra a un mundo que no le pertenece, donde cada gesto amable puede ser una trampa. Nina oscila entre una cordialidad excesiva y un comportamiento errático que desconcierta. Andrew, siempre ausente, proyecta una calma tan pulida que resulta sospechosa. La película juega con esas primeras impresiones, sembrando pequeñas dudas que no terminan de explotar. Todo parece demasiado correcto. Demasiado ordenado. Y, como dicta el manual del género, cuando algo parece perfecto, suele estar a punto de romperse.

La calma como amenaza

Durante buena parte de su primer tramo, “La empleada” avanza sin mostrar todas sus cartas, mientras el conflicto se cocina a fuego lento. Hay escenas eficaces que construyen tensión sin recurrir al golpe bajo, pero también momentos donde el relato se dispersa. La rutina doméstica se vuelve repetitiva y la amenaza tarda en tomar forma concreta.
Sin embargo, esa demora no es del todo gratuita. La película parece interesada en mostrar cómo la incomodidad cotidiana desgasta más que el peligro inmediato. Millie vive atrapada en una coreografía ajena, siempre observada, siempre evaluada. Por lo que la perfecta casa Winchester parece absorberla por completo y hasta atraparla en una red de pequeñas rarezas.

Y es justo cuando aparecen situaciones extrañas, que “La empleada” juega sus mejores cartas. Eso, porque no se presentan como grandes alarmas, sino como anomalías pequeñas que se acumulan. Es ahí donde el filme encuentra su mejor tono: en lo incómodo, no en lo explosivo. Aun así, el ritmo irregular hace que esta primera mitad se sienta más larga de lo necesario. La tensión existe, pero se diluye entre subtramas que no siempre aportan.

El regreso al thriller de los ’90

Uno de los elementos más curiosos de la cinta, es que a pesar de todo su aire contemporáneo y enfoque en las dinámicas del poder, tiene mucho en deuda con los thrillers semieróticos de la década de 1990. Pero la conexión es más un recurso para crear atmósfera que otra cosa; algo más evidente en la carga erótica de la relación cada vez más ambigua entre Millie y Andrew. No es sutil, pero tampoco torpe. Sin embargo, en vez de ser una trampa narrativa —un desastre anunciado—, en realidad es una forma de explorar en los límites de los personajes.

Así que, la atracción es creíble, peligrosa y conscientemente incómoda. La película sabe que el erotismo puede ser un arma dramática, no solo un adorno o un bocado morboso. Este componente aporta energía a una historia que, hasta ese momento, avanzaba con cierta rigidez. Cuando finalmente llega el giro central — sin entrar en detalles — , todo lo anterior se reconfigura. Las piezas encajan de otra manera, por lo que lo que parecía un drama doméstico se transforma en algo más desmesurado, más cercano al exceso. Es un movimiento arriesgado, pero también el más estimulante del filme.

Cuando el juego se revela, “La empleada” encuentra su mejor momento

Tras el giro (que los fieles lectores de la obra celebrarán, por bien llevado y mejor planteado), “La empleada” se permite abandonar cualquier pretensión de realismo estricto. La historia se acelera, el tono se vuelve más audaz y la película abraza lo absurdo con convicción. Hay una relectura explícita de los acontecimientos previos que puede resultar demasiado explicativa, pero sirve para marcar el cambio de rumbo.

A partir de aquí, la película deja de insinuar peligro con trucos cursis (y que son lo peor del argumento) y empieza a mostrar todo su extraño mecanismo de manipulación. El thriller se vuelve exagerado, casi operístico en su violencia emocional. Algo que hace que esta última parte sea, sin duda, la más disfrutable. En especial porque Millie (Sweeney) es una criatura retorcida nacida del buen uso de la atmósfera de suspenso. Por otro lado, Nina se convierte en una antagonista que pasa de la locura a la historia (y de vuelta), con una velocidad de pesadilla.

La empleada

“La empleada” toma el riesgo de ser ridícula y logra superarlo con elegancia. No porque sea más “correcta”, sino porque la película parece liberarse de sus propias ataduras y se lanza a un final que privilegia el impacto sobre la coherencia absoluta. Y curiosamente, funciona. No todo tiene sentido, pero casi todo entretiene.

Quizás, el punto más fuerte de “La empleada” sea justo ese: el de tener la desfachatez de ser solo entretenimiento cuando lo necesita, pero explorar en la oscuridad de sus personajes para ser más profunda de lo que parece. Una combinación poco común que brinda a la película su rarísima personalidad.

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