El Ávila nuestro de cada día: donde Caracas se reconoce
Escape, protección, historia, naturaleza, identidad: todas esas palabras aplican cuando se habla del significado de El Ávila para los que quieren a esa montaña que también se llama Waraira Repano | Por: María José Dugarte y Valentina Rivas
Caracas sin El Ávila no existe. Es impensable la ciudad sin esa montaña. Quitarla por un segundo, incluso a modo de experimento mental, es como romper la identidad de quienes allí nacieron o vivieron. Quizás por eso su imagen se ha convertido en souvenir del que emigra y en sosiego para el que se queda. Esa formación natural a la que llamaron Waraira Repano, que protege y guía, podría ser el mayor símbolo de sentido de pertenencia de quienes crecieron con su estampa y aprendieron a quererla.
«¿Qué significa El Ávila para los caraqueños?». Posiblemente, esa es una pregunta que tendría las respuestas más poéticas y cursis de la contemporaneidad. No hay solo una. Imposible que la haya porque para todos esa montaña se manifiesta y se vive de maneras distintas. Para algunos, la experiencia de recorrerla y de estudiarla les ha permitido ponerlo en palabras; o al menos aproximarse a eso.
«El Ávila es la personalidad de esta ciudad (…) El Ávila es Caracas», dice Alfredo Autiero, operador de turismo y guía de montaña. Conoció al cerro a los 11 años, cuando se mudó a la capital desde el estado Bolívar, y lo convirtió en su patio de juegos. No hay sendero avileño que no conozca y los años de experiencia lo convirtieron en un guía profesional.
Eso le permite tener una certeza: la montaña es la carta de presentación de la capital de Venezuela.
«Cuando una persona llega a Venezuela, un extranjero, lo primero que se encuentra es esa montaña», dice.
La cercanía no compite, es parte
Los 2.765 metros de altura de El Ávila y sus 85.192 hectáreas no es algo que se pueda ignorar. Se atraviesan en la mirada y generan curiosidad. Alejandro Von Humboldt y Aimé Bonpland supieron que tenían que ir cerro arriba apenas llegaron a la ciudad: los dos exploradores hicieron los primeros registros formales de esa cordillera en enero de 1800.
Su recorrido inició a las 5 de la madrugada y terminó a las 10 de la noche. Llegaron al Pico Oriental sin tener mapa ni sendero claro. Hacer esa ruta les permitió concluir algo: la montaña era un ecosistema complejo, muy cerca de una ciudad en expansión, pero vista como una formación natural tácita y utilitaria. De ahí solo salía agua, frutos, animales y nada más.
Según Bruno Manara, en su libro El Ávila, el cambio llegó cuando los artistas comenzaron a hablar de ella a través de la poesía, la música y la pintura. Pusieron de moda a la montaña, su cercanía se hizo consciente y con ese cambio de «montaña funcional» a «montaña identitaria e inspiradora de obra» empezó a desarrollarse el vínculo profundo con los caraqueños.
Ese es uno de los significados que, precisamente, Alfredo Autiero le da: «El Ávila es especial para el caraqueño porque es cercana y arropa su ciudad de oeste a este, sin excluir sus contrastes urbanos».
Vista de El Ávila desde el barrio El Topito, en San Antonio de El Valle en Caracas. Foto: María José Dugarte.Vista de El Ávila desde el barrio San Agustín del Sur en Caracas. Foto: Daniel Hernández.
—En principio había aversión hacia la montaña. La gente no subía porque no tenía necesidad. Tenía todos los beneficios de un valle virgen. Se asociaba la montaña con monstruos, leyendas y salvajes—, cuenta Dorian Banezca, cofundador del grupo de excursión Acamparavila y especialista en Historia y Botánica.
Dorian, que hizo de su trabajo recorrer el parque nacional, explica que si bien hay más montañas alrededor, ninguna compite en altura ni extensión geográfica con esa cordillera que se extiende por Distrito Capital, La Guaira y Miranda.
—Cuando tú creces en el campo, estás rodeado de mucho verde. Para el caraqueño, aunque sigue rodeado de mucho verde, la montaña representa algo más. Acá hay mucho más cemento y asfalto del que podemos ver en el interior del país. Entonces, para el del interior del país, probablemente sea una montaña nada más porque tiene 30 montañas alrededor. Pero acá tienes una cordillera al frente (…) eso hace que haya un vínculo más estrecho entre la montaña y los habitantes.
Autiero y Banezca coinciden: la cercanía es uno de los motivos por los que El Ávila es especial para el caraqueño y su mayor valor agregado es que siempre da la bienvenida.
Del lado caraqueño hay al menos 11 entradas al parque nacional, todas a pie de la avenida Boyacá o Cota Mil, y están abiertas casi todo el año a excepción de los límites de protección durante las temporadas de sequía o incendios. Ese acceso fácil y gratuito permite que sus caminantesentiendanla montaña y desarrollen un sentido de protección que ojalá nunca se pierda.
«Si no tuviéramos esa cercanía o la costumbre de subir El Ávila, habría tenido el mismo final que las montañas del sur. Si el caraqueño no se sintiera identificado, ya habría invasiones o poblaciones allí», afirma Giomar Córdova, guía de la Fundación Guarenas Repano.
Córdova agrega que antes de estas primeras exploraciones ya existían, claro, actividades en El Ávila por parte de etnias indígenas que tenían una relación espiritual con la montaña. Sus huellas permanecen: grabaron petroglifos para marcar senderos, sobre todo en la zona de Miranda.
El clima de Caracas
«La gente en Caracas no sabe el clima privilegiado que tiene», dicen tus panas o familiares que emigraron. El tono tierno al hablar del clima es común: «Sin esa montaña, el clima no sería el mismo».
Los guías lo confirman: la ciudad sufriría cambios importantes en su ambiente sin ella. Habría más calor, menos aire puro y mayor vulnerabilidad frente a desastres climáticos.
Amanecer desde el Pico Naiguatá. Foto: Daniela Lugo.
Alfredo Autiero comenta que no son frases difusas: «Caracas sería un verdadero infierno si esa montaña no estuviera allí».
El ecosistema de la Cordillera de la Costa la convierte en una ayudante silenciosa diaria. Todo lo que allí habita, su fauna, su flora y corrientes hídricas, la convierte en un recurso ecológico indispensable.
Senderista en el Pico Naiguatá. Foto: Daniela Lugo.
“Gran parte del clima que se tiene aquí es gracias a la presencia del parque nacional”, explica Giomar Córdova, guía de montaña de la Fundación Guarenas-Repano.
Por decir lo más simple: esa capa vegetal es imprescindible para mantener la calidad del aire en la ciudad. «A pesar de que tenemos una gran población en Caracas, tenemos una calidad del aire importante, una fauna urbana notable y una gran cantidad de aves que vemos adentro de la ciudad. Muchas de ellas duermen en las cercanías o al pie del monte de El Ávila”, explica Córdova.
El Ávila tiene una vegetación de pre-páramo. Foto: Daniela Lugo.
Esa relación humano-naturaleza, que claramente propicia la montaña del norte, es otro motivo para la profundidad del vínculo.
De zona desconocida a Parque Nacional
Venezuela tiene 45 parques nacionales y el Waraira Repano o El Ávila es uno de ellos. Llegar a tomar la decisión fue un asunto, en parte, de conciencia ciudadana que surgió luego de múltiples procesos de exploración.
Según Dorian Banezca, antes los montañistas veían a El Ávila como un sitio para recolectar datos, competir y medir tiempos. Esa visión cambió un poco cuando en 1949 el botánico venezolano Tobías Lasser señaló la necesidad de tener un espacio de recreación en Caracas, resguardado por sus habitantes.
Riachuelo del Cortafuegos de El Ávila. A esta altura, que es mucho más baja que los picos, se puede beber el agua. Foto: Betania Ibarra.
Esa propuesta fue una de las que llevó a la declaración de El Ávila como parque nacional el 12 de diciembre de 1958, con el objetivo de proteger las áreas verdes que rodeaban a la ciudad y disminuir la contaminación ambiental.
«Creo que El Ávila abrió paso a la protección consciente de un Parque Nacional, porque meterse con El Ávila es atentar contra la integridad del ciudadano», dice Banezca.
Ese decreto terminó de consolidar a El Ávila como hogar protegido de cientos de especies de flora y fauna.
«En El Ávila tenemos la Danta, el mamífero silvestre más grande de Venezuela. La mayoría piensa en Yaracuy o en María Lionza, pero en El Ávila también hay dantas. Su presencia indica que el bosque está sano», explica Córdova.
Es un intercambio. “Los espacios no solo se transforman, también transforman a sus habitantes”, comenta Banezca.
El escritor Santiago Key Ayala, a través de su libro Bajo el signo del Ávila (1949), explora esa relación del caraqueño con la montaña y habla del “sentido espiritual” que se desarrolló con ella.
Todos los guías de El Ávila lo dicen: «La aventura solo es posible si conoces el cerro, y si no, búscate un guía». Foto: Betania Ibarra.
Es casi confesionario: «Poseo tres devociones nacidas en mi niñez: el océano, la prensa de imprimir y El Ávila».
Pero sobre todo es una descripción de un lazo irrompible: «Nacidos del Ávila, a él vuelven. Bajo el signo del Ávila nacieron, y bajo el signo triunfaron. Sea el signo del Ávila todavía por siglos, nuestro signo».
Dorian, Alfredo y Giomar lo mencionan: El Ávila forma parte de la rutina diaria desde la niñez. Ese contacto genera un aprecio profundo hacia algo que, aunque es desconocido por su inmensidad, es nuestro.
Las grandes ciudades tienen un ícono: un edificio, un río, un puente, una obra, que identifica a la zona y forma parte del registro turístico de todo aquel que la visite. La silueta que define a Caracas es El Ávila, nuestro skyline verde marcado por vegetación, riachuelos y picos.
El estudio deD’Hers del Pozo explica que la forma en la que se reconoce a Caracas se sostiene en su paisaje natural, admirado y valorado por encima del espacio construido.
Vista de El Ávila desde Colinas de Santa Mónica. Foto: María José Dugarte.
«La imagen positiva de la ciudad en los imaginarios de los informantes radica principal y protagónicamente en la imagen que otorga su paisaje. Sólo a través de este, es que Caracas se hace accesible, se disfruta y se valora. El caraqueño así, encuentra en la naturaleza natural de la ciudad, la cualidad más admirable, mientras que rechaza el espacio construido y la realidad social que lo acompaña. La identidad […] se encuentra profundamente atravesada por la admiración de su paisaje, de su clima y de su montaña El Ávila», resalta el estudio.
Lo que no conoces, no lo cuidas
La pregunta ronda por ahí: ¿de verdad sabemos todo sobre El Ávila? ¿somos conscientes de su impacto en nuestras vidas o solo existimos con la montaña al frente?
A pesar de la conciencia colectiva, hoy en día la principal amenaza del cerro sigue siendo el ser humano.
“Una de las amenazas más fuertes es el ingreso no consciente: personas que van para ser vistas, no para ver. Dejan desechos, hacen ruido, suben con animales domésticos o bicicletas que no están permitidas. Saben que está mal, pero no son conscientes de ello”, explica Banezca.
Camino a la Quebrada Chacaíto. Foto: Betania Ibarra.
«El PORU establece claramente las normas. Así como queremos derechos dentro del parque, debemos cumplir deberes. Esa es la base del civismo», dice Córdova.
Además, explica que la temporada seca y los incendios forestales son también una amenaza constante en El Ávila, ya que la mayoría son provocados.
«Por eso cuando comienza la temporada de sequía se cierra el parque nacional, para tratar de que no ocurran los incendios. Y ahí es donde invitamos a todas las personas a atacar las normativas porque es para el bien de todos nosotros«.
Entonces, ¿qué debemos hacer para cuidar El Ávila?
El primer paso es obvio: informarse.
Los guías coinciden en que si una persona no sube con guía, debe investigar antes: buscar información, revisar rutas en redes sociales y prepararse para dejar el lugar mejor de como lo encontró.
Cuidar El Ávila es «la base del civismo». Foto: Betania Ibarra.
Banezca explica que El Ávila tiene ecosistemas muy delicados y que sus cascadas y riachuelos deben ser cuidados con extrema delicadeza. Por eso recomienda no utilizar químicos en sus aguas y retirar solamente la basura del lugar.
«No extraigas ni la flora ni la fauna, porque cada uno de esos animales merece, tiene derecho y debe estar allí», dice Banezca.
¿Caracas sin El Ávila sería Caracas?
Cuando metes una foto de Caracas en ChatGPT y le pides que retire El Ávila, da como resultado una ciudad completamente distinta. Es puro asfalto y gris. Y montañas con sus barrios color naranja. Uno que otro árbol regado. Definitivamente el paisaje es árido. Da la sensación de que el calor no te dejaría caminar en paz. Es una ciudad que, a simple vista, pierde su encanto.
El ejercicio de quitar la montaña no es nuevo. Genera discusiones y debate, y la reafirmación es la misma: Caracas es Caracas porque existe ese cerro cuya figura ahora viaja por el mundo en múltiples formatos.
Se lleva en una foto, un cuadro, un modelo 3D, una franela, un llavero, un termo, un cuento. Lo que sea y como venga. Es un símbolo que evoca los buenos momentos y aquella sensación de que las cosas van a estar bien: el refugio.
Quebrada de Chacaíto. Foto: Betania Ibarra.
Giomar Cordova, director de la Fundación Guarenas Repano, considera que el cariño del caraqueño por El Ávila es una conexión transversal: la tiene el que vive en el barrio y en una urbanización.
Da los motivos: «Yo creo que en la casa de todo caraqueño, así sea una vez en la vida, te dijeron que te iban a llevar para El Ávila. Te iban a llevar para El Ávila en el teleférico, en jeep para que conozcas Galipán o la quebrada del parque Los Chorros o la Quebrada Quintero. Hay una conexión muy, muy, muy cercana. Es algo de tradición. Si mi abuelo llevó a mi papá a El Ávila y él me llevó a mí, yo voy a llevar a mi hijo».
Este promotor turístico agrega que las condiciones, además, están hechas para propiciar esa dinámica: «A diferencia de la ciudad de Mérida, que tiene la Sierra Nevada, llegar a esas montañas tiene una mayor dificultad, hay más logística, con El Ávila no pasa eso».
Vista de El Ávila desde Los Palos Grandes. Foto: María José Dugarte.
«No hay algún punto de la ciudad donde tú no puedas ver la montaña. Creces viéndola constantemente. El día que no la ves, sientes ese gran vacío, estando dentro o fuera del país. Lo que quieres es conectar otra vez porque no solamente hay vivencias al caminarla, sino también al transitar la ciudad. No hay un día en el que tú despiertes en la ciudad y no veas tu montaña. De hecho, cuando hay temporada de lluvia o cuando hay calima, la gente se sorprende cuando no la ve y necesita verla, porque la tiene como un guardián protector», dice Dorian.
Es el tiempo, y que sea una zona de resguardo, lo que ha hecho más consciente a los vecinos que viven a sus pies: «Hay una simbiosis entre el caraqueño y su montaña. Allí no solamente está resguardada su historia, sino también su biodiversidad y todos esos recursos que hasta el sol de hoy traen beneficios a la población».
—La gente habla de El Ávila como el pulmón de Caracas y nosotros en Acamparavila creemos que El Ávila es el corazón de la ciudad. Creo que Caracas no puede existir sin El Ávila y el país entero lo extrañaría, es inimaginable—comenta Dorian.
Esa montaña juega un papel omnipresente, similar a la dinámica que existe con la fe: andas por ahí en bus, o a pie, encerrado en tu casa, sin verla con facilidad, pero muy consciente de que un pico o una lomita se atravesará en tus ojos en algún punto. Es una compañera fija, que no juzga y ofrece contención en la distancia y la cercanía. Y no pide permiso: la vives sin buscar vivirla.
Vista de los árboles desde la Quebrada Chacaíto. Foto: Betania Ibarra.
Nota del editor:
Escrito por: María José Dugarte y Valentina Rivas.
Videos: Betania Ibarra y Valentina Rivas.
Fotos: María José Dugarte, Betania Ibarra y Daniela Lugo.
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