Deportes

Gatorade Caracas Rock: asfalto, embudos y El Ávila de fondo

Que si te la disfrutas, que si buscas tiempo, que si es la mejor. La única respuesta correcta sobre la Gatorade Caracas Rock es que cada quien tiene que correrla para opinar y ajustar sus expectativas si decide participar en las próximas ediciones. Esto es lo que experimentó alguien que la vivió por primera vez

Publicidad
gatorade caracas rock

La Gatorade Caracas Rock es una de esas carreras míticas, de las que todo el mundo te habla aunque no seas corredora o corredor. Hasta la persona menos atlética, o activa físicamente, tiene una camiseta de alguna edición. Es casi cultural escuchar a alguien decir: “Ah sí, yo corrí la Caracas Rock una vez”. Yo decidí ser ese personaje: el domingo 4 de octubre corrí mi primera, la del 25 aniversario.

Es graciosa esa afirmación, «corrí mi primera», porque para cientos de personas es una tradición hacer esta carrera cada octubre. Es una emoción colectiva, más si te sumerges en el mundo runner. Pero quien la vive por primera vez, y se toma en serio esta disciplina, puede no sentir lo mismo porque no es una ruta sencilla: desniveles, falsos planos y sobre todo mucha gente. Y eso no es sorpresa: te lo dicen los organizadores, las fotos viejas del evento y hasta los videos sugeridos de TikTok: «A esa carrera no se va con expectativas, sino por diversión».

Tomé el consejo, pero también me preparé: sabía que podía hacer menos una hora y 15 minutos. También que podía correr 10 kilómetros sin detenerme ni sentirme fatigada. Pero no contaba con enfermarme cuatro días antes: fiebre de 39 grados y dolor de garganta. Aun así, fui porque estaba comprometida, y si algo tiene este deporte, es que la preparación a veces motiva más que la carrera en sí misma.

Creo que si tuviera que describir mis primeras impresiones de la carrera es que parece una procesión que logró reunir gente de todas partes. A las 6 de la mañana, con tan solo pisar los alrededores de la Plaza Alfredo Sadel y el centro comercial Tolón, vi clubes de Apure, Zulia, Anzoátegui, Miranda, Monagas, Nueva Esparta y distintas parroquias de Caracas.

No sé si es porque la movida de corredores está de moda, no sé si siempre fue así, pero la emoción era obvia y el descontrol también. Y aquí hablo desde mi experiencia siendo parte del último corral, el de color morado, el que llevaba la mayoría de los participantes en su dorsal.

—Muévanse que todos queremos correr.

—¡Pero no empujen!

—¡Tómame una foto aquí!

Esa era una conversación común 10 minutos antes de que iniciara la carrera. Aunque había señalizaciones de cómo llegar al punto de entrada a la autopista, la confusión acompañó a una parte importante de los corredores.

Para recortar camino, un grupo subió la montaña y saltó el muro de la autopista. Algunos empujaban para esquivar y ver la meta. Spoiler alert: no se veía porque éramos demasiados. No escuché el himno. Ni tampoco las palabras en honor a los fallecidos por los terremotos. Ni nada de lo que cualquiera que haya estado más adelante, tal vez, pudo apreciar.

Lo único que dio aviso de que había comenzado la carrera fueron los fuegos artificiales de color naranja y a medida que te acercabas, la música. Eso ocurrió a las 7:08 de la mañana y hasta que vi la salida, que es donde suena el piii del chip, pasaron 17 minutos debido, en gran parte, a los embudos.

Una pregunta que le hice a mis amigas antes de entender la situación fue: «¿Y cuándo es que arranca esto?».

En mi caso, arrancó a las 7:25 de la mañana y en ese momento volví a escuchar los consejos de amigos que la corrieron en el pasado: «Ve a tu ritmo. Diviértete». También escuché a mi cuerpo: no la fuerces porque estás aún en medio de un cuadro gripal. Y así fue.

Superé los primeros cuatro kilómetros sin sentir presión, pero en el proceso me surgieron preguntas: ¿está permitido que la gente corra con perros? ¿Por qué un corredor lleva por el medio de la calle a su hijo en un carrito de juguete? ¿Qué hace una persona en medio de la ruta con una bici?

Parece una impertinencia, «demasiado amargada», pero creo que son cuestionamientos válidos porque no fui la única persona que tuvo que esquivar a ciclistas, coches para bebés y personas cargando a sus perros porque se cansaban después de varios kilómetros. Cuando leí el reglamento de la Gatorade Caracas Rock, supe que tenía razón: son asuntos prohibidos, pero no hubo control en ese sentido.

Aun así, con cada kilómetro, aprendí cosas diferentes: hay que buscar espacios pequeños para escapar de los grupos que se frenan a tomarse fotos en medio de la calle. Nunca detenerse en los primeros puntos de hidratación, sino en los siguientes. Si vas a lanzar el vaso al piso, entonces intenta que sea a los bordes de la pista para evitar tropezones o resbalones. La mejor animación no siempre viene con la marca que tiene más presupuesto. Puede ser Gatorade Caracas Rock, pero en varios momentos se sintió como Caracas Dembow (y no me quejo).

Correr esta carrera por primera vez fue como cualquier cosa que se hace la primera vez: un descubrimiento de lo que sí te gusta y lo que no.

Me gustó ver la empatía de algunos corredores que se detuvieron a apoyar a los desmayados o a quienes se cayeron porque las calles de Baruta tienen desniveles importantes. Me gustó la alegría con la que alguien puede disfrutar su deporte y la integración que puede promover una comunidad. Me gustó sentir que el tiempo corría, pero la mayoría tenía una meta: terminar disfrutando.

gatorade caracas rock

No me gustó sentir que, en algún punto, la organización se descontroló. Lo que digo no es un secreto: el que no se desmayó en el camino, sufrió algún tipo de desvanecimiento en la meta debido al embudo al que nos enfrentamos quienes hacíamos tiempos superiores a los 6 minutos por kilómetro.

Cuando llegué a la meta, mi reloj marcó 01:14:57, pero el chip registró 1:18:06 debido a la cola que se hizo en el intento de cruzar la línea.

Lo que recuerdo son los empujones de las personas, el calor, el sudor de otro corriendo por mis brazos sin poder evitarlo. «Uno detrás del otro, por favor», decía una de las controladoras de los carriles, mientras una personaba intentaba adelantar para recibir la medalla y grabarse en el proceso.

Cuando logré pasar, una trabajadora de Hipereventos gritó: «¡Paramédicos, rápido, que se desmayó alguien!». Respondieron de inmediato, pero esa persona no era la única que se estaba descompensando entre la multitud.

—Esto nunca había sido así. Primera vez que yo vivo esto—dijo una mujer.

—¿Ya usted ha participado en otras ocasiones?—pregunté.

—Sí, claro, es la tercera vez, pero se les fue de las manos. Allá atrás había alguien vomitando por esto. No entiendo qué les pasó si ellos han recibido más gente antes.

Salir de esos carriles con medalla, merienda e hidratación fueron otros 10 minutos. Para algunos, el proceso duró hasta 25 minutos. Hubo quienes se molestaron, otros que se lo tomaron con calma e intentaron cruzar el otro embudo: el de querer ver a Los Amigos Invisibles de cerca. Y luego estábamos los confundidos, que quedamos con una sola pregunta en la mente: ¿esto siempre es así?

Habrá quien dirá que sí y quien dirá que no. Lo único que al final sí puedo confirmar es que hay cierta magia en correr con El Ávila despejado, con el cielo «azul Caracas» entrándote de frente. Y si esta es la única carrera que da esa oportunidad, entonces puedo comprender por qué miles no se cansan de repetirla.

Ya veremos si en el futuro digo que corrí mi segunda Caracas Rock.

gatorade caracas rock
Publicidad
Publicidad