Entrevista

Alejandra Martínez Cánchica: "A muchos liberales y libertarios les falta realismo político"

En su nuevo libro, la historiadora, quien además se define como liberal, advierte sobre los peligros que conlleva la preeminencia de la teoría económica sobre la realidad política, lo cual representa la vieja paradoja de la Revolución francesa: se puede perder la libertad en nombre de la libertad

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¿Por qué fracasan los liberales? Esta es la pregunta que busca responder el libro Doux Commerce? Reflexiones sobre la despolitización economicista liberal, de la historiadora venezolana Alejandra Martínez Cánchica, quien reside en Guatemala desde hace alrededor de seis años. Allí también es profesora del Departamento de Humanidades y de la Escuela de Posgrado de la Universidad Francisco Marroquín, de donde se graduó de magíster.

El libro es una crítica hacia los liberales economicistas que parecen no entender el peso de lo político: “En los últimos años, el discurso dentro de las filas liberales está cada vez más extraviado. Se ha vuelto una suerte de credo economicista que reduce toda la complejidad del mundo a la oferta y la demanda y paradójicamente, llevado a sus últimas consecuencias, puede derivar en la pérdida de libertad política”.

Los ejemplos están a la vista: Javier Milei, Donald Trump y Nayib Bukele. Dicen levantar las banderas del libre mercado, coinciden en sus prácticas y discursos políticos con Vladimir Putin, Xi Jinping y Nicolás Maduro; al menos en relación con las libertades fundamentales, los derechos humanos y las luchas de los movimientos sociales de la sociedad civil, aparte de denostar a las instituciones y los contrapesos de la democracia liberal.

Si bien durante siglos se pensó que la estabilidad de las naciones del mundo dependía exclusivamente de la libertad económica, lo cierto es que después de las guerras mundiales y de la caída del Muro de Berlín, no son pocos los casos de las naciones en las que tras aplicarse medidas de liberación económica han caído en autoritarismos que socavan los derechos alcanzados, bien por tradición o por una especie de reacción conservadora.

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Alejandra Martínez Cánchica

-¿Es el liberalismo económico garante de la estabilidad y el orden en las naciones como lo señalaron algunos pensadores ilustrados en el XVIII? ¿O tenían razón Alexander Hamilton y Edmund Burke?

-Este es un tema de mucha controversia en círculos académicos y, más recientemente, políticos, ya que todo el mundo se define liberal hoy en día, desde Kamala Harris hasta Javier Milei. De manera que el liberalismo es un concepto muy manido y mi interés en este libro fue adentrarme en qué es, en esencia, un liberal. Hay muchas definiciones, pero la más interesante es la del profesor Dalmacio Negro Pavón, que lo sintetiza en términos históricos como la reacción anti-estatista moderna que tiene sus orígenes en la vieja tradición política del mundo clásico y medieval del gobierno limitado.

Si nos remontamos a sus orígenes históricos, estos liberales de los siglos XVIII y XIX pensaban que una vez que el hombre finalmente abrazara el libre comercio, automáticamente dejaría de hacer la guerra y la humanidad pasaría de un orden basado en el conflicto a un orden basado en la cooperación. De esa manera, todos nos entenderíamos en ese marco universal ético, político, jurídico y económico, y la libertad se extendería hasta los más remotos confines de la humanidad.

Frente a esta idea van a contraponerse pensadores más “escépticos” (algunos son los padres del pensamiento conservador actual), a quienes el profesor italiano Carlo Gambescia más bien llama liberales tristes: Hamilton, Burke, Tocqueville que sostienen que esa promesa liberal del “fin de la política” es utópica y que, llevada a sus últimas consecuencias lógicas, puede conducir precisamente a la pérdida de libertad.

-Se parte de la idea de que el siglo XX fue el siglo con menos guerras gracias al liberalismo, pero ¿acaso no fue la crisis del liberalismo a partir de 1929, que aparte de desplomar las economías de Occidente, la que fortaleció el discurso totalitario que devino en una guerra?

-En efecto, los eventos que desmontan la idea de que la libertad económica absoluta conduce a la paz y al progreso, cuya concreción histórica va ser el capitalismo global producto de la segunda revolución industrial; va a ser precisamente la Primera Guerra Mundial, donde se imponen con una fuerza definitiva los Estados nacionales y terminan de caer los viejos imperios. Y en segundo lugar, tenemos el crack del 29, que va a traer una oleada de descontento social importante y que el poder político va a saber aprovechar muy bien, tanto en la vertiente fascista-totalitaria como en la vertiente de los Estados de bienestar socialdemócratas de la segunda posguerra.

En todo caso, a lo que quiero llegar es que es bastante discutible la idea de que mientras más globalizados, somos más democráticos, abiertos y pacíficos.

De hecho, como explico en el libro, también gracias al progreso económico y tecnológico hemos desarrollado formas cada vez más mortíferas de matar en masa a grandes contingentes de seres humanos, sólo basta con ver cómo la guerra se ha tecnificado e hiper-especializado desde la revolución industrial. Es la otra cara del progreso económico que los liberales y libertarios actuales se niegan a ver en su escapismo de la realidad, en su negación de la política y en su reducción de todo a la economía.

-¿No fueron más bien las ideas provenientes del marxismo o que beben de este, como la socialdemocracia y el keynesianismo, los garantes de esa paz posterior a la Segunda Guerra Mundial? Y con las que se logró superar la crisis económica. El caso de Estados Unidos es notable.

-Pienso que eso es simplificarlo mucho. Lo que pasa a partir de Bretton-Woods es que surge el orden económico que va a imperar por las siguientes décadas, y la verdad es que tanto socialistas como liberales pro mercado, por igual lo van a denostar ¿Por qué? En el caso de los socialistas, porque es un modelo de integración, es decir, es la creación de un gran mercado común globalizado, que hace que la nación más rica y más poderosa, Estados Unidos, entre con sus empresas a los países que quedaron destruidos por la guerra y se capitalice todavía más.

En el caso de los liberales pro mercado, no les gusta porque todos los países del acuerdo se comprometen a una serie de cláusulas sociales que tienen que ver con los Estados de bienestar (bienes públicos, educación y salud pública, seguridad social) que van a ser tremendamente problemáticos para la creación de riqueza y que ya para los años setenta va a entrar en crisis.

Y aquí hay un problema capital que tiene que ver con la decadencia de ese orden internacional de la posguerra y luego post-1989, que estamos viviendo actualmente: aunque estos Estados de bienestar sean más benignos porque no se plantean la lucha de clases o la política como conflicto, sí van a tender a un crecimiento desmesurado y a ser deficitarios por todas las demandas sociales que deben satisfacer.

-Sobre la distinción entre liberales ridens y liberales no ridens, entre liberales tristes, liberales teóricos, liberales prácticos, liberales clásicos (¡vaya, cuanta cantidad de liberales!): ¿tiene que ver estrictamente con lo político? Lo digo porque hay gente que se hace llamar liberal pero dicen ser defensores de “la tradición”, con banderas conservadoras y se oponen a la libertad individual: a legalización de la marihuana, al aborto, a la eutanasia, al matrimonio igualitario, etcétera…

-Siguiendo la línea de Gambescia, una de las cosas que descubrí mientras escribía el libro es que si algo les encanta a los liberales, son las taxonomías para decir quién es más liberal que todos.

Pero en relación a lo que me preguntas, podemos sintetizar a grandes rasgos dos tipologías: están los liberales “progresistas”, que serían los actuales liberals norteamericanos, que son hiper-individualistas y por eso mismo en los últimos años han enarbolado la bandera de las identidades (raciales, sexuales, etcétera) y buscan materializar todas reivindicaciones que mencionas a través del poder político, que por definición es coactivo.

Y luego tenemos a otro grupo que para diferenciarse de estos primeros se hacen llamar liberales clásicos, que sin declararse conservadores le otorgan un papel importante a la tradición en tanto orden evolutivo y que entienden la libertad individual no como un ámbito para hacer lo que yo quiera a través de la compulsión política, sino como el espacio de realización de mis proyectos privados sin que el poder político interfiera.

Como ves, el punto está en cómo cada uno entiende lo público y ahí tienes una enemistad insalvable.

-Y paradójicamente, los Estados que tienden a ser hoy más restrictivos en esos asuntos, contemplaron procesos de liberalización económica pero derivaron en autoritarismos. En el libro se habla del ejemplo de Rusia, desde Boris Yeltsin a Vladímir Putin. ¿No tiene este último más similitudes con un liberal economicista, que con un liberal “progre”?

-Me alegra que lo hayas visto porque ciertamente es una paradoja. Hay una tendencia a pensar que la política no importa y no sirve de nada, y que la economía es lo realmente importante. Pero no es algo nuevo. Recordemos que eso era más o menos lo que se pensaba luego de 1989 y del Consenso de Washington: no había que hacer más nada, sólo aplicar la receta de las liberalizaciones, las privatizaciones y casi como si se tratara de una fórmula mágica, los países se iban a dirigir indeteniblemente a ser todos democracias liberales.

Nicaragua y Rusia son ejemplo de dos países que tuvieron una transición a la democracia y liberalizaciones en esa época y poco más de una década después se volvieron a autocratizar. Pienso que una forma ingenua y simplista de entender la política es verlo todo desde un lente economicista.

-También están Cuba y Venezuela, tanto Raúl Castro como Nicolás Maduro promovieron medidas de liberación económica, no tantas sino hasta donde el llamado crony capitalism le permitiera, pero, desde luego, no lo hicieron con la política. Esto me hace preguntarte: ¿el liberalismo político es clave para la economía?

-Esta es una pregunta complicada porque en el fondo es moral y la respuesta dependerá de qué tan demócrata y qué tan defensor de los mercados seas. Si me preguntas a mí, personalmente, prefiero vivir mil veces en una democracia liberal que respeta Derechos Humanos, que en un gobierno autoritario. El problema es que después de 1989, pareciera no haber contradicción entre permitir aperturas de mercado dentro de un gobierno autoritario.

Tienes el ejemplo de China y Singapur, y en menor medida Vietnam, que son economías diversificadas ycompetitivas con regímenes políticos no democráticos. Venezuela no creo que pueda aspirar completamente a eso por sus propias características de petroestado, pero lo que sí puede es liberar algunas importaciones y darle ciertas facilidades al sector privado nacional, que siempre será congénitamente débil.

La respuesta corta, y lo digo con mucho pesar, es que lamentablemente sí puede existir un gobierno con economía de mercado sin democracia plena. Y esa realidad debería interpelarnos si queremos que la democracia perdure. Yo le hago esta pregunta a mis alumnos: ¿Qué prefieren, ser libres en la democracia electoral multipartidista de Burundi, el país más pobre del mundo; o ser obedientes en la dictadura hiper tecnológica de Singapur, que está entre los países con índice de desarrollo humano más altos del mundo? Sus respuestas te sorprenderían…

-Sobre estos ejemplos, te pregunto algo que tú misma cuestionas en el libro: ¿por qué el libre mercado no bastó para que estos países no cayeran en vorágines autoritarias y no invocaran de nuevo la guerra?

-Porque el libre mercado no es una fórmula mágica que va a perfeccionar la naturaleza humana y la va a conducir a un estadío moral superior donde se acabarán la tiranía, la guerra y la maldad (lo cual suena bastante parecido a la idea del “hombre nuevo” y al “fin de la explotación del hombre por el hombre” ¿no?), sino que simplemente es una forma de generar riqueza basada en la propiedad privada de los medios de producción, en la división del trabajo y donde las ganancias, en lugar de consumirse, se reinvierten. Este modelo, si bien nos ha conducido a un bienestar material innegable, carece de una dimensión espiritual de trascendencia. Y con esto lo que quiero decir es que hay quienes quieren convertir al libre mercado en una suerte de religión secular, como hicieron los socialistas en su momento con el marxismo, por cierto.

-¿Por qué han llegado al poder proyectos políticos de cualquier signo ideológico que venden la consigna de que hay que “corregir” los problemas que ha traído la globalización para la protección de los puestos de trabajo nacionales o la producción nacional, que pareciera ser el caso del discurso de Donald Trump?

-Los beneficios económicos de la globalización son innegables: mayor acceso a bienes y servicios, avances tecnológicos y de interconexión, precios más bajos para los consumidores… Pero hay una dimensión que no hemos sabido comprender del todo y que es la fuente de malestar y descontento en países desarrollados donde la gente está votando por este tipo de proyectos políticos que tienen una retórica anti-inmigración y que hablan otra vez de aranceles y de proteccionismo. He visto que algunos medios lo llaman “guerras culturales” (cultural wars).

El punto es que se suponía que habíamos llegado al “fin de la historia” y que la democracia liberal sería el marco general y neutral en donde finalmente todos nos íbamos a entender. En ese sentido, en una democracia liberal podrían convivir perfectamente un afroamericano, un inmigrante mexicano católico, un hombre gay y un inmigrante musulmán y ninguno tendría que estar de acuerdo en las creencias y en las decisiones privadas de los otros, pero sí tendrían que compartir algunos valores básicos como el respeto a la libertad de expresión, la libertad religiosa, la dignidad de todo ser humano y la idea de que el fruto de tu trabajo y de tu propiedad es tuyo.

¿Qué ha pasado en la práctica? Primero, hay un sentimiento de pérdida cultural y por ende un miedo a que mi identidad se diluya por culpa del otro que es diferente. Por otro lado, también hay un miedo a ser reemplazados, bien sea por la tecnología o por inmigrantes que pujan los salarios hacia abajo. También hay un disgusto con la reubicación de empresas que trasladan sus operaciones a otros lugares como Asia, que son los nuevos grandes competidores, donde los costos son menores y no tienen tantas rigideces laborales, pagan menos impuestos, la mano de obra es más barata y no tienen que pagar a lobbistas para que favorezcan sus intereses en Washington. Todo eso es el caldo de cultivo para lo que estamos viendo a lo interno de Estados Unidos con los votantes de Trump.

-Si llevamos más de tres siglos persiguiendo el liberalismo, ¿por qué nos ha costado? O más importante: ¿por qué el liberalismo parece fracasar cuando se aplica y con ese fracaso se alimentan los discursos de sus enemigos?

-El problema es tener posturas maximalistas sin un “sentido de realidad”. Mi punto en el libro es señalar que a muchos liberales y libertarios en la actualidad les falta realismo político, es decir, entender que en una comunidad política hay un sinfín de intereses contrapuestos y por ende las posibilidades de operar cambios son limitadas, más no imposibles, y eso no puede llevarnos a la coartada de la moralina y el inmovilismo.

Los hechos no son ni socialistas ni liberales, son los hechos: en algún momento, un presidente socialista como Boric tendrá que firmar un tratado de libre comercio con otro país y un presidente libertario como Milei tendrá que negociar un pacto colectivo con un sindicato. La realidad política tiene esas exigencias de las cuales no se puede escapar apelando al dogma ideológico. Y con esto no estoy hablando de claudicar en tus principios, sino de ajustar los medios escasos con los que cuentas a tus fines, que pueden ser muy nobles pero inalcanzables si no tienes claro en dónde estás parado. Precisamente, en estos momentos, en donde estamos viviendo el despliegue de una política tan cruda y descarnada y los políticos tienen cada vez menos contención y hablan con menos eufemismos, una buena dosis de realismo no nos caería mal a quienes todavía queremos salvar a la democracia liberal de este ocaso.

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