Kleiver Fajardo: un soñador con la mente en el éxito
Kleiver Fajardo ha creado un universo de personajes inspirados en su familia y las novelas venezolanas. Su contenido combina humor, nostalgia y respeto por las dinámicas familiares reales, siempre buscando dejar a Venezuela en alto
Cuando estás convencido de que vas a cumplir un sueño, se hace hasta lo imposible por lograrlo. Se buscan las herramientas, el asesoramiento, se intenta de todas las maneras posibles y, cuando ves los resultados, dices: todo esto valió la pena.
El éxito —en gran medida— no necesariamente tiene que ver con la suerte. La planificación y la estrategia que se ponen detrás de una meta u objetivo forman parte esencial del triunfo. Eso Kleiver Fajardo lo tiene bastante claro.
Tal vez por su nombre de pila no lo reconozcas, pero cuando te digo Olga, Andrea, Carmen o Nohely, la cosa podría cambiar.
Kleiver, o SoyKleiii, ya acumula al menos 944 mil seguidores en Instagram. Y no es para menos, sus videos interpretando a estos personajes tienen millones de visualizaciones.
¿El secreto de su viralidad? Estrategia. Kleiver, graduado en Comunicación Social, en dos menciones: Comunicaciones Integradas en Mercadeo y Periodismo, en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), afirma que le gusta que la gente sepa que lo que hace no es casualidad, sino que hay una estrategia detrás.
“Yo sé cómo jugarle a TikTok y a Instagram. Me gusta el tema de los números, el algoritmo, la métrica”.
Kleiver cuenta que ser comunicador le ha ayudado a tener una visión integral, pero hay algo más que lo mueve, que lo lleva en las venas y que hace que su trabajo sea auténtico: la actuación.
— ¿De pequeño eras muy observador? ¿Qué era lo que más te llamaba la atención de tu relación familiar?
Hay un trabajo de observación importante en lo que hago. Desde pequeño he sido así.
Mucha gente pensará que yo era el niño fastidioso o intenso, pero no. Era un niño divertido, imitador. Imitaba a mis tíos, imitaba cómo hablaba mi abuela, imitaba a mi mamá. Desde chiquito también imitaba a los profesores, pero no era el niño intenso.
Siempre fui muy tranquilo, pero creo que en esa tranquilidad está el trabajo profundo de observación. Esa observación minuciosa.
Eso me ha ayudado a hacer todo lo que hago ahora. Tener la facilidad de no solo imitar a la gente, sino también analizar los gestos, la forma en la que alguien se agarra el cabello, la manera en la que voltea.
La observación de lo mínimo es lo más importante en lo que hago, porque quiero captar esos detalles y llevármelos conmigo.
El retrato de lo que somos
Kleiver define a su familia como “muy criollita”, donde los momentos felices, el bochinche y la alegría nunca faltan, pero tampoco los episodios trágicos y nostálgicos.
En sus propias palabras: su familia tiene todo el paquete incluido.
Y eso ha sido una ventaja, porque a partir de los recuerdos que construyó con su familia ha podido crear desde escenas cómicas hasta conflictos más duros que retratan a la familia venezolana.
“Vengo de una familia muy exagerada, alborotada. Con todos sus rollos, con todos los momentos felices. Pero, sobre todo, vengo de una familia donde hay mucho amor y mucha unión”.
Kleiver explica que esa es la idea que atraviesa todo su contenido. Más allá de los conflictos dentro del núcleo familiar, la unión y el amor siguen siendo el rasgo que define a la familia venezolana.
— ¿Definirías a la familia venezolana como la que muestras en redes?
Sí. Yo lo descubrí en el momento en que empecé a publicar y fui presentando a Olga, luego a Nohely, después a Andrea, y fui construyendo esta narrativa en formato de novela, que para ustedes es una novela.
Empecé a ver que comentaban cosas como: “Nosotros somos así”, “así es mi familia”, “yo tengo una prima así”, “en mi casa hay una Olga”, “mi tía es exactamente así”, “así es mi mamá”.
Y ahí dije: “Entonces puedo decir, sin estadísticas, que las familias venezolanas son iguales. No importa el lugar, ni el estrato, ni si eres del oeste o del este”.
Me pasa mucho que me dicen: “Yo soy cubana y los cubanos también somos así”, “yo soy de Panamá y pasa lo mismo”. Y ahí pienso: “Entonces esto es más grande”. Esto es más que los venezolanos.
Me escriben mucho y me preguntan: ¿Qué palabra venezolana es esta?, ¿qué significa platabanda? Entonces la gente también empieza a ayudar en los comentarios.
El contenido, sin duda, está llegando a personas de otros países de Latinoamérica que quieren seguir la narrativa de la novela.
“Me gusta que siempre haya una solución”
Ante todo conflicto, siempre debe haber una solución. Esa fue una de las reglas que se puso Kleiver al momento de comenzar a publicar su contenido.
“Yo creo que las familias venezolanas siempre resuelven. Para mí es importante mostrar esa narrativa, siempre pensando en dejar una solución”.
Kleiver explica que esta decisión es otro reflejo de cómo funciona su familia en la vida real: ante cualquier problema, se busca una solución desde la unión familiar.
Eso también forma parte de la idiosincrasia venezolana.
“Cuando ven la novela, siempre aparece el problema y, de repente, les doy la solución. Porque la familia venezolana es muy así: a pesar de cualquier cosa, siempre terminamos resolviendo en conjunto”.
— ¿Había una necesidad personal o creativa que te impulsó a publicar tu contenido?
¿Tú te acuerdas cuando uno veía las entrevistas de las actrices o de los actores venezolanos que siempre decían: “A mí me descubrieron”, “A mí me agarró un productor”? Yo sueño con eso.
A mí me gustaría que un escritor me agarrara y me metiera en una novela. Yo sueño con que eso pase.
En el momento en que se viralizó un video, yo ya estaba siendo disciplinado subiendo publicaciones. Ya me lo había planteado. Estratégicamente había decidido que esto sucediera.
Pero a nivel personal, en ese momento estaban pasando muchas cosas. Yo había llegado a Bogotá —nuevamente de vacaciones, porque mi familia vive aquí— y estaba en un proceso de encontrarme a mí mismo. Suena cliché, pero es verdad.
Ya me había graduado de la universidad, tenía un trabajo, era coordinador creativo en una agencia, estaba bien. Llevaba una vida normal y corriente.
En ese momento tenía muchas preguntas: ¿Me quiero quedar con mi familia aquí en Bogotá? Pero también me preguntaba: ¿Quiero quedarme frente a una computadora en una empresa toda la vida?
Siempre estuvo esa espina de querer publicar contenido y, además, yo ya estaba creando toda esta estrategia.
Fui muy disciplinado publicando, pero solo subía audios virales, hasta que dije: “Voy a hacer algo mío”.
Todas estas cosas que ven ahorita yo las escribí el año pasado. Tengo un cuaderno donde anoté todo lo que iba a pasar. Lo que no imaginé fue el volumen ni la velocidad con la que está sucediendo. Ahora es una novela, y yo no planifiqué una novela: yo creé personajes.
Cuando me viralicé por primera vez, ahí entendí que esto es lo que yo quiero hacer, más allá de lo que estaba pasando con Kleiver.
— ¿Sentiste presión de cumplir las expectativas del público luego de viralizarte?
Se siente genial, porque es lo que uno quiere. Yo soy muy sincero: si esto es a lo que te quieres dedicar, los números sí importan.
Porque en la medida en que te importan los números, vas entendiendo qué gusta más, con qué conectas, cuál es tu caballito de guerra. Esas cosas interesan.
Sí hay presión, eso es una verdad. Al principio no lo ves tanto porque yo todavía me divierto con lo que hago.
Puedo estar grabando, de repente me río, tomo agua. Ahí soy como un niño jugando con algo que le apasiona.
Pero evidentemente la presión es real.
Cuando me planteé la estrategia, yo decía: “Voy a cerrar 2025 con 50.000 seguidores”. Esa era mi meta. Yo venía de 1.000 seguidores, que eran básicamente compañeros de la universidad y mi familia.
Cuando entendí que no eran solo números, ahí apareció la presión, porque la gente está esperando contenido. Empiezas a acostumbrar a la audiencia y empiezas a correr.
Yo me he grabado a las dos de la madrugada. Estoy haciendo cualquier cosa y, de repente, se me ocurre una idea y digo: me lavo la cara, me cepillo y grabo. Porque sí hay presión, pero hay momentos en los que es una presión bonita.
Estar presionado es difícil en cualquier trabajo. La presión nunca es buena, todo depende de cómo la manejes. Pero cuando haces lo que te apasiona, cuando estás en el lugar donde quieres estar, la presión no te maneja a ti: tú aprendes a manejarla.
La nostalgia viva
Es evidente que los videos de Kleiver tocan una fibra muy sensible en el venezolano, especialmente en el migrante que se fue y que añora los momentos perdidos.
Kleiver, aunque vive entre Colombia y Venezuela, puede entender ese sentimiento. Su familia migró a Colombia hace ocho años, por lo que comprende lo que significa extrañar a un ser querido que está a kilómetros de distancia, sobre todo cuando la relación es cercana.
Su contenido no escapa de eso: la nostalgia es una característica central. En sus propias palabras, “siempre te llevan a recordar algo”.
“Cuando yo grabé el cumpleaños de Carmen —uno de mis personajes— lloré antes de grabar, lloré en los videos y lloré después”.
Esa misma reacción se repite en su audiencia. Basta con leer los comentarios en cualquiera de sus videos para entender que hay una añoranza constante por los tuyos y por el país del que alguna vez formaste parte.
Kleiver lo confiesa: hay una emoción compartida.
“Lo que me mantiene ahí es que incluso yo no sé dónde quiero estar. Y tampoco quiero perder lo que fuimos, lo que evidentemente ya no somos, pero que de alguna manera sigue ahí”.
Los migrantes venezolanos entienden ese sentimiento, y este tipo de contenido reafirma que, aunque millones estén regados por el mundo, todavía nos une una identidad y una idiosincrasia difícil de borrar.
Estos videos funcionan como un recordatorio constante de que lo que está allí no se pierde. Que los recuerdos no son solo momentos en la memoria, sino también fragmentos de lo que fue Venezuela.
“A mí me escriben personas que están en un huequito que yo no había visto. Me escriben de una forma muy bonita. Sobre todo me dicen que los hice recordar cosas que vivieron con sus padres o con seres queridos. Cuando tantas personas te mandan esos mensajes, ahí dices: ‘esto es real’”.
Una cosa es clara: los millones de venezolanos que migraron no quieren soltar algo esencial: sus vivencias. Ese momento de reunirse en familia un 24 o un 31, cuando los primos salían juntos de fiesta o cuando saludabas al señor de la panadería cerca de tu casa.
Hay olores, colores y texturas que marcan nuestra existencia, y el migrante venezolano que tuvo que salir a buscar una mejor vida no se llevó solo una maleta de ropa, sino también recuerdos que tal vez no volverá a vivir.
“Hay mucho humor, pero yo trato de que siempre vuelvas al recuerdo”.
Y lo que se añora también une. Familias separadas en distintos países se agrupan —como en una reunión familiar, pero a través de las pantallas— para ver los videos de Kleiver, identificarse y asignarse los personajes: “yo soy Olga”, “mi tía es Carmen”, “mi prima es Andrea”.
“No importa cuántos años tengas fuera de Venezuela. Algo es evidente: los recuerdos están vivos. Puede que alguien tenga diez años fuera del país, pero igual te puede decir exactamente cómo fueron sus navidades en el 2000”.
“Aunque recordemos lo que fuimos y hablemos en pasado, eso sigue vivo en todos los venezolanos”.
— ¿Cuando armaste la estrategia tenías pensado concentrarte en el tema nostálgico y venezolano?
Lo hablo mucho con mi hermano. Quizás en el camino hay cosas que han cambiado, quizás he incorporado otras porque la gente también te va marcando el ritmo, ya hay un público que te devuelve cosas. Pero esto lo fui planificando desde el inicio y lo sigo ajustando.
Hay que innovar, hay que cambiar, hay que evolucionar. A veces gusta, a veces no, pero hay que hacerlo.
Con el tema de la nostalgia, todo eso lo pensé, lo anoté y lo planifiqué. Es una conversación constante con mi hermano. Para mí Venezuela es el eje: los venezolanos que están dentro y fuera del país son mi foco principal. Quiero que me conozcan de una forma buena, bonita, chistosa, humorística y amable.
No sé si se han dado cuenta, pero todavía no hay un personaje que uno diga: “este personaje lo odio”. Siempre son personajes amables, chéveres.
Pero llega un punto en el que esto empieza a crecer porque notas que personas de otros países, sobre todo de Latinoamérica, comienzan a ver y disfrutar tu contenido. Ahí pienso cómo planificar para que sea más grande de lo que ya es, y que también pueda ser entendido con claridad por alguien que no sea venezolano.
Muchas personas creen que yo hago contenido pensando solo en mañana, pero en realidad ya estoy pensando en lo que viene de aquí a febrero y de aquí a marzo.
— Evidentemente también hay un tema generacional. Muchas de las cosas que subes no las vivió la generación joven que está en Venezuela. ¿Qué estrategia planteaste para conectar con ellos?
Ustedes ven a tres mujeres: Olga, Nohelí y Andrea. Con estas tres edades yo juego. Yo no soy de la época de Olga, y hay gente que dice: “¿cómo este chamo no es de esa época y canta Julio Jaramillo?”.
Tampoco tengo la edad de Nohelí, que ya conecta más con el Club de los Tigritos, Servando y Florentino. Y luego está Andrea, que tiene 15 años y puede estar cantando una canción de Wisin y Yandel del 2000, aunque es una chamita de ahora y escucha Bad Bunny.
Yo me paseo entre esos tres personajes. Ese es el secreto, y es totalmente a propósito.
Una persona de 20 años no tiene las mismas vivencias que yo, pero de alguna forma conecta. Y eso se ve en los comentarios cuando me dicen: “Tengo 17 años y no paro de ver tu contenido”.
Para conectar con la generación de ahora busco mezclarlo todo. Andrea puede cantar una de Wisin y Yandel y luego saberse una de Bad Bunny. Ahí está la magia.
Es casi obligatorio, porque el cambio generacional te obliga. Yo necesito que me entienda mi tía y que también me entienda un chamito de hoy. Ahí hay un trabajo fuerte de escritura.
Trato de combinar frases de otras generaciones con expresiones actuales. De repente Olga habla de maternidad moderna. Son guiños para que la gente diga: “este chamo se está paseando por el pasado y el presente al mismo tiempo”.
Una meta buscada con estrategia
Aunque Kleiver ama su carrera y reconoce que le ha permitido construir lo que hoy tiene, su meta es clara: la actuación es a lo que quiere dedicarse.
Más que un sueño, es un propósito que persigue con estrategia, disciplina y constancia.
Desde pequeño su vocación era evidente. Viene de una familia artística: su hermano hacía teatro en Los Teques —de donde es Kleiver— y él pasaba muchas tardes allí.
Desde ese momento no hubo vuelta atrás. La actuación y la animación dejaron de ser un juego y empezaron a convertirse en algo más.
“Me gustaba lo que veía en el escenario. Ahí entendí que ese era mi lugar, que no existía otro”.
Kleiver cuenta que nunca estudió actuación de manera formal, aunque tomó algunas clases de teatro en la UCAB que avivaron aún más ese fuego interno. No descarta formarse de manera más intensiva en el futuro, tiene claro que eso es lo que quiere hacer.
La universidad fue un punto de quiebre. Al comenzar sus estudios hizo un semestre de Derecho.
“Yo decía que necesitaba estudiar una carrera grande, como Derecho o Medicina. A mi mamá le gustó y a mi papá también”.
Pero cuando llegó a la universidad y vio los estudios de radio y televisión de Comunicación Social, lo tuvo claro: “esto es lo que yo quiero hacer”.
En cuestión de momentos cambió el rumbo de su carrera y de su vida.
La frase no es en vano; es uno de los comentarios que más se repiten en los videos de Kleiver y, al preguntar de quién se está inspirando en cada personaje, cada uno de ellos sale a flote.
«Olga, obviamente, es mi mamá; Nohelí son todas mis primas juntas, tanto por parte de mamá como por parte de papá. Andrea es una combinación de mi hermana con todas las compañeritas con las que estudié. Carmen es esa tía buena que no juzga. Juan, son todos mis tíos, y Rafa es el esposo de una de mis tías».
Sin embargo, la inspiración no solo viene de la familia, también viene de las novelas. Kleiver se emociona porque sabe que, en algún momento, vendrá su turno para participar en una de las icónicas novelas de Leonardo Padrón.
«Estoy listo para que me llamen por un papel. Hazme el casting».
La admiración tan profunda por el creador de algunas de las novelas más icónicas de Venezuela se hace palpable en su respuesta inmediata.
«Yo a veces me lanzo uno toques muy noveleros. Por eso nombro a Leonardo Padrón, porque sacan la realidad venezolana de una forma tan bonita y tan sabrosa».
De hecho, Kleiver tiene un personaje en donde reúne a todas las actrices: «Cosita Chimba», una clara referencia a la novela «Cosita Rica». Allí él resume todos los detalles que hacen identificables a las novelas venezolanas.
Kleiver está claro: eso es lo que somos, lo que vimos, lo que vivimos; esas son nuestras novelas.
«Yo quiero dejar a mi país en alto»
Kleiver tiene muy claro que la actuación no es un hobby pasajero que vino con la creación de contenido. Es algo a lo que él se quiere dedicar. Por eso afirma que, a pesar de que le gustan los personajes femeninos, en algún momento va a sacar personajes masculinos y dramáticos.
«Quiero que la gente sepa que tengo la capacidad de hacerlos reír, pero también de explorar un personaje dramático. Quiero dejar a mi país muy en alto con eso y que sepan que esta gama de personajes es algo más grande».
— ¿Cómo está reaccionando tu familia al verse identificados en los personajes?
Para ellos esto es nuevo, es bonito, pero también piensan en cómo vamos a manejar todo este proceso para mantenerme con los pies muy puestos sobre la tierra. Cuando uno siente esta sabrosura, ellos están pendientes para bajarme a tierra.
Toda mi familia ha reaccionado de una buena manera porque yo ya era así. Ellos les gusta mucho el hecho de que los esté imitando.
Mi familia está muy contenta y están apoyándome; también quieren estar ahí para ayudarme a llevarlo con calma, recordar siempre ser real, apegarme a mis principios, mis valores y seguir siendo sencillo. Respetando a la gente, porque eso para mí es importante: el respeto al público.
— ¿Y también les gusta el hecho de que nunca dices groserías en ninguno de tus videos?
Yo trato de cuidar mucho eso. Me da risa que una vez estaba haciendo un papel y el video estaba buenísimo, y de repente dije una y yo dije: «no, corte».
Yo disfruto el contenido con grosería, soy sincero y digo mis groserías normales, porque también es muy nuestro, pero no lo hago mucho. Y sí, fue una decisión de que no iba a decir groserías porque no quiero, y también es una estrategia que funciona para que otras oportunidades te puedan llegar.
Es muy cool que quieras ser creador de contenido, que quieras estar en una activación y trabajar con una marca. Pero cuando tú tienes mentalizado pasar más de esa línea, la cosa cambia.
Yo, si llego a esa montaña, es solo para ver el tamaño de las otras.
— Hay algo que destaca al revisar tu trabajo: siempre aclaras que no se trata de ridiculizar a los personajes, sino de retratar dinámicas reales de los hogares venezolanos —y latinoamericanos en general—. ¿Cómo haces para mantener ese límite tan claro al momento de crear contenido?
Yo me hago muchas preguntas a mí mismo antes de hacer las cosas. Hay códigos que uno decide si los respeta o no los respeta. Yo no soy experto en humor; quizás una persona que sea experta en humor tendrá las palabras correctas para eso, pero yo digo que sí tengo muy claro como hay códigos que quiero cuidar, tanto en los personajes como en lo que yo vaya sacando.
Porque sé que estamos en una generación vulnerable en todos los aspectos, pero también hay que ser consciente de que yo vengo de otra generación en donde el chalequeo era chalequeo. Vengo de una generación en donde esos comentarios vienen desde el cariño y el respeto.
Lo que trato de hacer es siempre respetar estos códigos. La mujer es la mujer, yo soy yo, el personaje es el personaje. Hay gente que dice: «chamo, cuando yo veo a Olga no te veo a ti». Ahí es donde yo digo: «lo logré».
También siento que a veces no se puede perder la buena comedia, sin ridiculizar, y yo creo que la gente se ha conectado por eso, porque a veces yo digo: «conchale, no quiero hacer esto, pero es que yo lo viví». Y si 4 mil personas me comentaron que lo vivieron, entonces es porque es verdad. Por eso lo hago.
Respetar al público sigue siendo la clave del éxito
Lo tiene escrito en su pared: «Respeta a la gente». Es algo que Kleiver se repite cuando está grabando, porque cuando se pone una peluca y agarra una cartera, ya él no es él, sino otra persona.
Actuación de método, lo llaman: una técnica utilizada para interpretar a una persona de la manera más auténtica posible. Por eso, Kleiver asegura que esto no es un juego solo para la creación de contenido. Esto es lo que quiere hacer con su vida.
«Yo respeto a Olga. Le tengo un respeto a la peluca, al chaleco, a la cartera. En la vida real sigo siendo Kleiver Fajardo. Y eso es lo sabroso de la actuación».
— Si tuvieras que retratar al venezolano en una sola escena, ¿cuál sería y por qué?
Yo creo que todos los venezolanos tenemos una definición particular, y por eso es muy fácil decir que así somos. Creo que una escena que a mí me encanta de los venezolanos es la familiaridad. A nosotros nos gusta un buen bochinche, nos gusta estar reunidos y que en esa misma reunión pase lo que tenga que pasar.
Nos gusta ayudar, compartir, jugar dominó. Nos gusta ver a la prima bonita, nos gusta ver el béisbol juntos y ahí volvemos a la nostalgia.
Una escena la describiría como mamá, papá, hermanos y primos llegando a una casa de una tía a jugar dominó, montar una sopa, poner un colchón porque una prima se queda. Una misma gente.
Yo siento que algo que somos los venezolanos es ese: «vamos a salir del problema juntos».
— Como creador que conecta a los migrantes con sus raíces, ¿qué te gustaría que entendieran —o sintieran— sobre la resiliencia venezolana a partir de tu contenido?
Yo quiero que los venezolanos se queden para siempre con Olga. Si mañana no publico más, que la gente pueda volver y ver a Olga.
Yo creo que Olga, más allá de todos los personajes que existen, quiero que quede en el recuerdo de los venezolanos.
Nosotros pasamos por momentos de estrés y quiero que puedan ir a mi cuenta y tomarse un momento de break con mi contenido.
Yo quiero que con mis videos la gente tenga una sonrisa en cualquier minuto de su día. Por lo menos, ya ahí soy feliz. Si usted vio un video y le saqué una sonrisa, así sea en la peor situación, yo ya lo entregué todo.
— ¿Cuáles son tus planes para llevar “SoyKleiii” del mundo digital a escenarios en vivo?
Quiero trabajar muy duro para darle a la gente cosas muy bonitas, muy divertidas, muy icónicas y muy trascendentales. Yo quiero trascender en la mente de los venezolanos. Y el año que viene quiero encontrarme face to face con la gente que se está disfrutando el contenido por Instagram o por TikTok. Es decir, llevar este show a los escenarios.
¿Cómo va a ser? No lo sé. Estamos trabajando en ello. ¿Cuándo va a ser? Tampoco lo sé, pero en el 2026 uno de los objetivos principales es que Kleiver salga de este cuarto para algunos escenarios y algunos países, e ir viendo cómo funciona todo.
Silvana Trevale fue reconocida como Fotógrafa Emergente del Año en los Latin American Fashion Awards 2025, su trabajo ha aparecido en Vogue México, Vogue Italia y British Vogue y colabora con grandes nombres de la moda, pero lo que realmente captura su lente es Venezuela, ese país que, a través de sus ojos, se reinventa en cada disparo
“A mí me atacó una depresión clínicamente diagnosticada. Yo estaba inerte ante todo estímulo, leía sin placer, escribía a empujones una columna semanal, no me provocaba ir a Venezuela. Estaba realmente muy mal”, reconoció el reconocido escritor venezolano antes de regresar a su país luego de 10 años de destierro. Dijo que Caracas sería su último destino y lo encontró en una de sus calles el pasado 11 de septiembre. Pero no la nueva vida que intentaría reconstruir en la ciudad que para él era su vida