Silvana Trevale, la fotógrafa que llevó a las pescadoras de Chuao a Vogue
Silvana Trevale fue reconocida como Fotógrafa Emergente del Año en los Latin American Fashion Awards 2025, su trabajo ha aparecido en Vogue México, Vogue Italia y British Vogue y colabora con grandes nombres de la moda, pero lo que realmente captura su lente es Venezuela, ese país que, a través de sus ojos, se reinventa en cada disparo
Silvana Trevale atiende la llamada desde Vietnam. Está cenando, usa palitos y habla con una calma que contrasta con la cantidad de lugares que habita. Dice que vive entre París, Nueva York y Londres, pero hay algo en su forma de mirar —y de fotografiar— que tiene un punto fijo. Venezuela sigue siendo el lugar desde donde observa el mundo.
Venezuelan Fisherwomen | Vogue USA, Silvana Trevale
Ella es azul. Bueno, en realidad es blanca, pelito negro. Pero sus fotos en Instagram y la ropa que usa siempre tienen algo azul oscuro de fondo, eso le da profundidad. Se nota que es su color. Quizá porque pudiera ser el tono de su aura, si se cree en ello. Tiene ojos grandes, alegres. Pero un poco más grande es su sonrisa, una que marca el tono de la conversación: de oreja a oreja, sonora sin emitir sonido, de esas que se pegan. Esa es la primera impresión que da —y la última también—.
Al momento de la entrevista, Silvana está de paso por Vietnam. Spoiler: al publicarla la leerá en Barcelona. Está en lo suyo: viajando por el mundo y disfrutando su arte, la fotografía. Hace poco su nombre se popularizó por el premio que ganó en la última edición de los Latin American Fashion Awards 2025 como Fotógrafa Emergente del Año. Pero allí no comenzó todo. Lleva rato dándole: ha capturado a personas como Rosalía, Greta Thunberg y Natalia Lafourcade, y ha trabajado para marcas como Vogue, Adidas, Carolina Herrera, Loewe y Loro Piana, entre otras. Sus proyectos más grandes —Venezuelan Youth, Warm Rain, Nosotras, Cayetana y Río Chico— delatan que tiene mundo, pero también mucho país.
Comenzamos la historia por donde es: ¿de dónde salió Silvana Trevale?
“De Caracas”, dice. Claro que se le nota. Es tan caraqueña que merece su partecita en una canción de Rawayana. Continúa: “Tengo 32 años, me crié en Venezuela, pero siempre tuve un ojo afuera. Soy curiosa y quise tener la experiencia de vivir y aprender en el extranjero. Una vez me gradué del colegio, me fui a Wisconsin, Estados Unidos, para aprender inglés. En Venezuela el plan era estudiar medicina”, se ríe mientras agrega: “menos mal que no lo hice, de pequeña siempre tuve una cámara en mano”.
Una vez que estudió inglés, regresó a Venezuela a dar clases de gimnasia, un deporte que desde joven ha practicado. Después de otros intentos por encontrar su lugar en el mundo, decidió estudiar fotografía en la Universidad de Huddersfield, al norte de Inglaterra.
Al graduarse, supo que su primer proyecto sería retratar a la mujer venezolana. “Comencé con mi mamá, mi abuela, mis tías, mis amigas, las mujeres de mi vida”, con un enfoque documental. “No es casualidad que elegí este tema. Siempre he pensado que Venezuela es una matriarca; a través de la mujer encontré la mejor forma de comenzar a retratar a mi país”.
Una caja de rollos de formato medio, 50 fotos después nació su primer proyecto, y el que ella dice le reveló lo que realmente significaba la fotografía para sí misma: explorar lo que admira y lo que le despierta emociones, buenas y malas.
Su camino internacional continuó. Estando en Inglaterra, Silvana Trevale insistía en comunicarle al mundo mucho más de su país. “Quería mostrar otra narrativa de Venezuela. Lo único que se veía afuera era la crisis; yo quería preservar a quienes le estaban trabajando duro, darle otra mirada, con esa belleza que les caracteriza”.
–¿Lograste comunicar eso que querías allá?
-Yo creería que sí. La gente entendió una narrativa más colorida, aunque documental, pero que también iniciaba una conversación distinta.
Desde entonces se ha propuesto viajar al menos una vez al año a Venezuela para retratar y documentar al país desde su perspectiva. Ella quiere hacer y ser parte de la historia.
En 2020 le agregó un nuevo ingrediente a su fotografía: la moda. Estudió un master en Comunicación en Moda en Central Saint Martins, también en Inglaterra. Justo eso le dio el sabor a la identidad visual de su trabajo. “La moda tiene una narrativa distinta: tiene mucha más libertad, memoria, color; es como un juego creativo. Hoy en día busco mezclar ambos mundos. Mi estética tiene algo de documental y de editorial”.
Una pieza clave en el trabajo de Trevale ha sido su dupla con Daniela Benaim, estilista y directora creativavenezolana en el exterior, con quien comparte su visión y estética; plasmado en proyectos como Alma Llanera, Comadres, entre otros. «Fue con ella que me abrí y logré explorar la moda como otro elemento en mi trabajo», agrega.
–Hablemos de esa fórmula. Es una mezcla entre dos estilos: ¿qué tomas del documental y qué del editorial?
-Busco mantener la luz bastante natural para capturar el escenario de lo que en realidad es el momento; el casting es importante, por eso trabajo con street casting, no tanto con modelos. Suelo hacer una mezcla del perfil fotografiado y, sobre todo, mantener las historias fieles, creíbles. Si fotografío a una mamá y a una hija, deben serlo en la vida real, no solo parecerse: deben estar conectadas entre ellas.
Luego hay un trabajo en la preparación. Heredo de la fotografía documental tomarme un tiempo para conocer a quienes les tomo una foto: me siento con ellos a conversar, a escuchar sus historias. En las sesiones editoriales el enfoque es el modelaje, las prendas, y no necesariamente abres un espacio para conocer. Aquí hay tradiciones, folclores del lugar a donde voy. Ahora, de lo editorial conservo la teatralidad, la creatividad, el color. Me gusta el concepto de realismo mágico para definirlo.
De Chuao a Vogue
Silvana no solo captura una prenda: retrata un momento. En sus trabajos se siente como si hubiese una cámara silenciosa documentando una situación o a una persona de una manera muy artística, pero con pinceladas tenues que te dicen: Silvana estuvo allí.
Venezuelan Fisherwomen | Vogue USA, Silvana Trevale
Ella encontró cómo, desde lo editorial, se puede conservar la naturaleza de los personajes y los lugares. Su trabajo para medios internacionales como Vogue México, Vogue Italia y British Vogue, The New Yorker, The Guardian, entre otros, ha retratado tanto a personalidades como a pueblos remotos de Venezuela que logran verse de revista.
“Como venezolana creo que nos hacía falta llenar ese espacio, diversificar el estilo fotográfico. Por ejemplo, en Alma Llanera, el proyecto sobre el joropo, trabajé junto a Daniela Benaim un estilismo fiel a lo que vimos. Todo el casting era del hato: personas que viven y trabajan allí. Respetas sus espacios y sus roles, pero le agregas otros matices. Imagínate vestir a toda esa gente para una editorial de Vogue. Luego están trabajos como el de las Pescadoras de Chuao, un proyecto fotográfico que también se publicó en Vogue, en el que nos fuimos por una línea documental, estaba tan impresionada con su trabajo, la fuerza de esas mujeres, eso era lo que queríamos retratar”.
-¿Cómo hacer para mantener la esencia de los lugares y no desdibujar la realidad?
-Lo importante es respetar la representación y la narrativa del lugar. Por ejemplo, en El entierro de la sardina, la comunidad de Curiepe me pidió un documento en el que les explicara cuál era la idea creativa. Ellos me dijeron qué pensaban y nos acompañaron a llevar a cabo las ideas. También busco trabajar con algún líder de la comunidad para que nos guíe en la producción y ejecución. Hay que ser muy cuidadoso y responsable, porque se puede representar de una manera equivocada.
–Me da curiosidad saber si llevar prendas de diseñador, carísimas, a estos pueblos donde pudiera haber mucha necesidad te genera algún tipo de conflicto interno.
-La moda siempre tiene un componente de sueño y de juego. No debería ser exclusiva ni cerrada. Se habla mucho de la falta de diversidad en la moda, pero esa diversidad solo puede existir si realmente se generan encuentros y espacios de diálogo. Para nosotras es fundamental que el proceso sea siempre colaborativo con las personas con las que trabajamos. No se trata de imponer una imagen o un concepto, sino de dialogar con las personas.
Un ejemplo muy claro de esto fue cuando fotografiamos a Catalina en Canaima para Vogue México. Ella llevaba un vestido de Yenny Bastida y decidió usar los propios collares que ella misma hace para la foto. Las modelos y las personas fotografiadas también utilizan la ropa para contar historias, y ese es un espacio muy valioso. La ropa no les pertenece como objeto, sino que funciona como un vehículo.
Este caso no es distinto. Se trata de utilizar la moda como un lenguaje vivo, capaz de generar conversación. Aunque no se puede negar que la ropa tiene un coste, dentro de este contexto editorial las prendas funcionan principalmente como un elemento narrativo, como un recurso más para contar una historia.
–Ahora hablemos del premio. Tenemos esta imagen tuya, con un vestido rojo de Efraín Mogollón, llena de emoción y sorpresa. Estabas nerviosa, dijiste al recibirlo…
-¡Fue una sorpresa de verdad! Competía con unos fotógrafos con mucha trayectoria y muy reconocidos en el medio. Algo que me encantó es que el premio me lo dio la editora de Vogue México, Karla Martínez, y fue una gran coincidencia, pues mi primer momento ‘grande’ en la moda fue una editorial con ellos, un remake de una historia para Vogue Italia que se hizo en 1976. Ambas dijimos gracias mutuas. Me agradeció por lo que logró mi trabajo y yo le agradecí por abrirme las puertas y, claro, entregarme este premio.
–¿Cómo entraste en la competencia?
-Apliqué este año como artista y el jurado analiza tu portafolio completo. Entre todos los aplicantes se escogían 15 preseleccionados y luego tres finalistas que asistían a los premios y luego el ganador. Yo quedé dentro de esas y, aunque preparé mi discurso, la verdad no lo esperaba porque estaba compitiendo con grandes de la industria como Enrique Leyva y Pedro Napolinario.
–¿Tienes idea de qué buscaba el jurado en la persona que ganaría? ¿Qué resaltó de tu fotografía?
-Te lo juro que no sé. La gente que votó es muy prestigiosa. Si les gustó mi trabajo, probablemente les gustó mi narrativa, los colores, el folclore en las historias que cuento, la exploración social de mi trabajo… pero, de nuevo, es asumir.
–¿Y ahora qué? ¿Se abrieron puertas gracias al reconocimiento?
-Estos premios me abrieron las puertas con muchos artistas, estilistas y creativos de la industria. Lo que más me entusiasma es colaborar con otros artistas latinoamericanos en el mundo, también saber que puedo llevar mi visión a marcas importantes, con un enfoque más de cultura, que hablen de las tradiciones del lugar donde estamos.
Natalia Lafourcade por Silvana Trevale
Ella acepta que ahora es que se está divirtiendo y que queda mucho más por hacer. Sigue viajando, volviendo, insistiendo en contar historias desde el respeto y la curiosidad. Pronto presentará al mundo un proyecto sobre su trabajo en Venezuela a lo largo de todos estos años, una especie de archivo vivo de un país que sigue mirando —y entendiendo— a través de su cámara.
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