El periodista venezolano Jeanfreddy Gutiérrez resumió en un mensaje reciente la frustración que envuelve a analistas y activistas en Teherán: un opositor iraní declaró que “nuestra esperanza era que el sistema gobernante cambiara, pero, aparte de miseria, inflación y más daños a la economía, ¿qué beneficio ha reportado a la gente?” la acción de EEUU. Gutiérrez añade que esa misma frase “bien podríamos decirla los venezolanos”. La observación no es casual.
El entendimiento alcanzado por la administración Trump con el régimen de Irán, tras largas semanas de ataques y de anuncios de que la guerra estaba ganada, constituye una “capitulación” de Estados Unidos, según el periodista español Argemino Barro, corresponsal de varios medios españoles.
El texto del acuerdo entre Washington y Teherán se puede leer en esta nota de El Estímulo, aquí nos detendremos en las implicaciones de este convenio y su eventual impacto sobre Venezuela. Barro, como otros observadores, lo interpretan como un revés estratégico para Washington. Lo sintetiza de este modo: Estados Unidos no logró ninguno de sus objetivos declarados tales como derrocar el régimen, neutralizar de forma definitiva el programa nuclear ni desmantelar la red de aliados iraníes en el Medio Oriente; en cambio, ofrece a Irán alivio de sanciones y posibles fondos de reconstrucción a cambio de reabrir el estrecho de Ormuz, una vía que ya estaba operativa antes del conflicto.
Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group, coincide en lo esencial. En su análisis del desenlace de la guerra de casi cuatro meses, señala tres consecuencias principales: un Oriente Medio más polarizado y fracturado, Irán en una posición estratégica reforzada y los socios estadounidenses en la región sacudidos por la conducta errática de Washington.
Barro matiza lo que terminó entendiendo la Casa Blanca como inevitable: Trump intenta salir de una situación que solo podría empeorar, resistiendo presiones de Israel y del lobby pro-israelí dentro de EEUU.
Irán sin 3 de enero
La administración Trump anunció que se puso punto final a la política de ataques y aunque intenta trazar una narrativa victoriosa, el resultado en Irán contrasta de forma llamativa con la operación del 3 de enero en Caracas. Aquella madrugada, fuerzas especiales estadounidenses ejecutaron en cuestión de minutos la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, tras bombardeos quirúrgicos y un apagón inducido por guerra electrónica.
La acción fue extremadamente rápida, de bajo costo humano para Estados Unidos y permitió la detención del entonces gobernante venezolano. Ese éxito quirúrgico y aparentemente decisivo alimentó en la Casa Blanca la convicción de que la presión militar, el cerco económico previo y acercamientos a figuras del propio régimen podían producir resultados veloces para trastocar a adversarios autoritarios.
El presidente había pregonado en las semanas previas al escalamiento que Estados Unidos derrotaría rápidamente al régimen iraní, extrapolando la facilidad con la que se había resuelto el caso venezolano. La operación de enero reforzó la ilusión de que un adversario cercado y debilitado (por las sanciones y por las operaciones de contra inteligencia) podía ser neutralizado con una intervención limitada, sin necesidad de ocupación prolongada ni la pérdida de vidas estadounidenses.
Sin embargo, en Washington no se analizó detenidamente que el contexto iraní era radicalmente distinto al venezolano. Venezuela estuvo al igual que Irán bajo largos años de sanciones, una crisis económica severa, malestar social y aislamiento diplomático. A diferencia de Teherán, el ejército venezolano ha estado seriamente debilitado sin capacidad real de respuesta. Irán, además, contó con una red consolidada de proxies (Hezbolá, hutíes, milicias en Irak y Siria), capacidades avanzadas de misiles balísticos y drones, y una resiliencia ideológica y logística que el chavismo nunca tuvo.
La guerra se extendió casi cuatro meses, generó daños económicos globales y obligó a Washington a negociar desde una posición más débil de la inicialmente prevista.
¿Cómo impacta en Venezuela?
El caso de Irán, simbólicamente debilita la credibilidad estadounidense en la región y esto además de Venezuela repercutirá en Cuba y Nicaragua. Que tras cuatro meses siga en Teherán básicamente el mismo régimen, salvo los cambios que debieron ocurrir por el asesinato de quienes estaban en primera fila del poder, hace ver que la disuasión estadounidense no es 100% efectiva.
En segundo lugar, Trump sale políticamente debilitado por las críticas internas al manejo de la guerra de Irán y por un acuerdo que muchos ven como una retirada. En ese contexto, es probable que priorice otros frentes o se muestre más cauto a la hora de respaldar cambios profundos en Caracas.
El nuevo momento político en Venezuela —con un gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez, restauración parcial de relaciones diplomáticas y apertura petrolera controlada— podría permanecer sin alteración si la apuesta de Washington prioriza solamente la estabilidad, algo necesario para la explotación petrolera y minera en territorio venezolano. No parece inminente un escenario de disputa electoral competitiva, con un clima político caldeado y agitación social. Tras Irán no puede verse con claridad que EEUU vaya a acelerar su plan de tres pasos en Venezuela.
Por último, existe un paralelismo emocional y narrativo que ya señaló Jeanfreddy Gutiérrez. Así como opositores iraníes lamentan hoy que la presión externa de la máxima potencia mundial no generó un cambio de régimen y un retorno a la democracia, entre no pocos venezolanos se respira una sensación de decepción ya que la captura de Maduro no derivó en una transformación profunda y democratizadora.