Mariela y el día que el coronavirus llegó a Petare

La alarma corre por Petare: hay casos de COVID-19 en el barrio José Félix Ribas. Cuando llegó la Guardia Nacional a cerrar los accesos el 1 de junio la gente pensó que se reanudaba la guerra contra los pranes del sector. Pero no: la amenaza es otra. Y así se vive

Mariela y el día que el coronavirus llegó a Petare

Mariela abre los ojos y mira el techo. Son las 3:45 de la madrugada. En Petare llueve a cántaros y, aunque el viento entra por la ventana, la cabeza de Mariela está empapada de sudor y no de agua. No tiene calor, pero los chorros ruedan por su rostro. Observa al otro lado de la cama y José, su esposo, está arropado hasta la cabeza. No puede dormir; tiene insomnio desde hace dos semanas. Cierra los ojos e intenta poner la mente en blanco. Sin embargo, no logra conciliar el sueño.

José, como si presintiera que algo pasa, se levanta, enciende la luz.

—¿Todavía te sientes mal?

—No puedo dormir, pero al menos no tengo el dolor ni la fiebre de anoche.

Se refiere a un dolor en un riñón. Lleva días así. En los ambulatorios de José Félix Ribas, el barrio de Petare en el que vive, no le han dado un diagnóstico claro. La han examinado, le han mandado a hacerse exámenes, que no han arrojado anomalía: sólo una leve alteración en los glóbulos blancos.

El médico cubano le aseguró que probablemente se trataba de una pequeña infección, le recetó amoxicilina, un antibiótico bactericida derivado de la penicilina, y le dijo que se fuera a su casa, porque ahora la atención está puesta en la COVID-19. Mariela lleva meses confinada y sólo ha salido para comprar comida, cargar agua y asistir al ambulatorio.

Al amanecer, luego de pasar la noche en vela, Mariela, ante la insistencia de su esposo, se viste y sale una vez más al médico.

Un carro de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) está parado en la entrada de la zona 9. Nadie baja ni sube por la avenida principal, pero el callejón está lleno de vecinos como de costumbre. Hay gente cargando pimpinas de agua y negocios abiertos. Mariela piensa que la presencia de la policía se debe al conflicto que sacudió al sector a principios de mayo. Pero, las razones son otras:

—Hay tres casos de coronavirus en el barrio. Garantizamos su seguridad y esperamos su colaboración con la cuarentena, para evitar la propagación, dice uno de los guardias.

Mariela, presa en su sector, se da la vuelta y regresa. Antes, compra un kilo de tomates en la frutería de Enrique. Él vende caro, pero ese es el negocio que le queda más cerca.

Aquí está

Un letrero en la zona 1 del barrio José Félix Ribas anuncia la llegada del coronavirus e invita a la comunidad a mantenerse en cuarentena. Al final, después de tanta incredulidad, el vecindario pareciera empezar a comprender la gravedad del asunto. Ahora, no son sólo los casos que se anuncian en la televisión, ya hay conocidos cercanos que padecen los síntomas.

El virus no pudo llegar en un peor momento: con las lluvias de junio y con la flexibilización de la cuarentena anunciada por el gobierno. El incumplimiento del confinamiento amenaza con pasar factura, hasta el 4 de junio van 2.087 casos confirmados, cuando hace unas semanas la cifra no llegaba a 1.000.

Después del estado Apure, con 452, Miranda es la segunda entidad con mayor número de casos confirmados, la cifra es 263. Y Petare es la parroquia principal de uno de sus municipios más poblados, Sucre. No sólo por su tamaño, sino por su número de habitantes, cuya mayoría vive en las barriadas que conforman a la parroquia. José Félix Ribas es la mayor de todas, con diez zonas que comienzan desde la estación del Metro Palo Verde hasta el sector La Bombilla. A lo largo y ancho de esta favela hay comunicaciones con otros barrios como San José, Julián Blanco, 5 de Julio, El Chinchorro y La Agricultura.

Mariela vive en la zona 9, en la parte alta de José Félix Ribas, donde no llega el agua. Tiene 35 años y es madre de tres niños. Trabaja en una institución del Estado, pero la quincena apenas le alcanza para un kilo de queso. Así que resuelve con su esposo vendiendo helados.

La gente sale a las calles a rebuscarse y el alza en el número de contagiados por el coronavirus los hace vulnerables. Las lluvias de finales de mayo generaron resfriados, porque los petareños salían a llenar sus pipotes. Por la ausencia de agua potable, las infecciones abundan.

Las dudas de Mariela

—No presentas los síntomas de COVID-19. Repite estos exámenes otra vez y tráelos para revisarlos. Por ahora no puedo recetarte nada, le dice el médico a Mariela en el Centro de Diagnóstico Integral de Palo Verde, el único que está funcionando.

Es miércoles 3 de junio. Han pasado dos días desde que intentó ir al hospital y la guardia se le impidió salir del vecindario. Acompañada de su mamá, la señora María, se dirige caminando hacia la redoma de Petare. En el trayecto no hay una sola camioneta de pasajeros. El Metro sólo lo pueden usar quienes tengan salvoconducto. Son escasos los carros y las alcabalas abundan. Los buhoneros proliferan en todos lados, por la temporada, la mayoría vende mango.

Sube y baja las escaleras del Minicentro Las Vegas en Petare, buscando un baño para poder entregar la muestra de orina en el laboratorio. El que encuentra está cerrado porque no hay agua y, aunque explica que sólo necesita entrar para tener una muestra, la señora que limpia se niega a abrirlo. Agitada vuelve al laboratorio de bioanálisis. Allí, de nuevo, explica la situación y por fin consigue que le presten uno privado dentro del mismo consultorio.

Cuando sale del cuarto, después de sacarse la sangre y entregar la muestra de orina, la señora María la espera en los bancos del dispensario. Los resultados tardan dos horas y al día siguiente deberán volver a recogerlos, porque son las 11 y el consultorio cierra al mediodía.

—Ay no, mija, si en esos exámenes no te sale nada, vamos a tener que ir a donde los brujos de la zona 7 para que te examinen, porque ya esta vaina no me está gustando.

Por 10 dólares

En la tarde, Maité, una de las trabajadoras del Hospital Ana Francisca Pérez de León, quien es vecina de José Félix Ribas, le cuenta a Mariela algunos detalles de cómo se preparan para tratar los casos de la pandemia en ese hospital: “Lo dividieron en dos áreas: en el viejo Pérez de León tratan las emergencias comunes y en el nuevo los casos por COVID-19. Nos ofrecieron trabajar en ese, pero muchos nos negamos, no queremos contagiarnos. Nos iban a pagar 10 dólares semanales si aceptábamos, pero yo tengo mi hijo y eso me da miedo, no quiero contaminarme”.

También revela que se entera de lo que pasa en el hospital, por los comentarios que hacen sus compañeros cuando van a descontaminar la ropa en la lavandería.

Las rejas del portón del centro médico están cerradas y las emergencias son dirigidas al edificio del al lado, que lleva por nombre Ana Francisca Pérez de León I. En el II quien no padezca COVID-19, puede ingresar. Las adyacencias del recinto están vacías. Aunque hay quienes comentan de los casos tratados allí dentro, los tres identificados en el barrio José Félix Ribas fueron aislados en un hospital del municipio Baruta, según los vecinos del sitio.

En el CDI de Palo Verde las pruebas han crecido. Una fila de personas, separadas por un metro de distancia, se encuentra afuera. Son tres pruebas. Si una persona da positivo en la segunda, es aislada en el recinto hasta que le hagan la tercera prueba que es la define si va a Baruta. Las expresiones son de pánico y desconfianza por quien se tiene al lado. La incertidumbre carcome, la única certeza es que los casos crecen cada vez más con rapidez.

Se lo llevaron de Petare

Cuando Mariela llegó al CDI, no pudo ser atendida y, antes de tener contacto con alguno de los que esperaban realizarse la prueba, decidió recurrir a un consultorio privado. El doctor Francesco La Russa D’ Agro, con más de 35 años atendiendo en su consultorio del barrio, evalúa los exámenes y le remite una respuesta más clara. El dispensario está vacío. Más gente hay en el Centro Espiritual Madre Erika de la zona 7, los brujos de los que hablaba su mamá.

—Tú lo que tienes es una infección muy fuerte de orina. Te voy a recetar ciprofloxacina de 500 mg, una tableta por cada doce horas por seis días continuos.

Al salir del consultorio del doctor La Russa, Mariela está más calmada. Otra vez la guardia se encuentra en la entrada del callejón para subir a su casa. La gente sigue en la calle, cargando agua y jugando dominó. Mirta, una vecina amiga suya, le dice:

—A Enrique, el frutero, se lo llevaron. Tiene coronavirus y es probable que haya más casos.