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Así se vivió la noche más larga de Petare

En Petare los vecinos apagan las luces cuando inicia un enfrentamiento. Todos lo hacen, como si la oscuridad los protegiera de las balas. Desde hace cuatro noches nadie enciende la luz

Así se vivió la noche más larga de Petare

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Llevábamos más de seis horas en medio de la balacera en Petare. Aunque a ratos cesaba, instantes después las ráfagas volvían a sonar. Y con mayor fuerza. No conozco mucho sobre armas, pero logré distinguir detonaciones diversas. Unas eran continuas; otras, más lentas, con intervalos entre cada una. Hubo explosiones más fuertes, que producían ecos prolongados. Deduje que eran granadas.

Nunca he estado en una guerra, pero me imagino que así debe sentirse vivir una.

Era la tarde del 2 de mayo de 2020. Estaba en la sala frente a la computadora y mi papá veía una película. Apenas se escuchó el estruendo, mi mamá nos mandó al cuarto del fondo. En ese depósito pequeño, donde guardamos las cosas viejas que ya no usamos, estaríamos a salvo. Allí no llegarían las balas. En el balcón, en la cocina o en la sala corríamos riesgo. Hace unos días, mi hermana encontró una bala en el piso de arriba. Estaba llena de pintura blanca, como si hubiera traspasado una pared. Nunca ubicamos el hueco que dejó el impacto. ¿Será que entró por la ventana?

Apagamos las luces y nos quedamos en penumbra. Sentí que el tiempo comenzó a transcurrir más lentamente. Quería escribir en mis redes sociales lo que estábamos viviendo en Petare, contarle al mundo la guerra en la que de pronto me vi atrapado, pero mi mamá me pidió que no lo hiciera. Me dijo que era peligroso.

De cualquier manera, no hubiera podido hacerlo con facilidad. La señal telefónica fallaba, como casi siempre ocurre aquí. Me quedé quieto. Todos nos quedamos quietos. Agachados. Escuchando. Con la cabeza abajo. Más confinados que nunca. Secuestrados en nuestro hogar.

Afuera, entre el retumbe de las balas, también se escuchaban gritos:

—Sal de esa mierda, mamagüevo. ¿Te pusiste una falda?

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Wilexis era el juez de paz desde hace tres años, aproximadamente, en Petare. Por eso, también lo llaman «El Patrón» o Tú-sabes-quién. La gente teme pronunciar su nombre, piensan que tiene espías, «luceros», por todos lados.

Dicen que fue designado por el alcalde José Vicente Rangel Ávalos para controlar la zona y mantener a raya al hampa común. Y así lo hizo por un tiempo. Nadie robaba ni mataba en Petare. Los homicidios se redujeron y la gente se sentía segura. Podían sacar su celular en la calle y si pasaba algo, le avisaban y él resolvía. Hubo muchos que, incluso, le tomaron afecto.

Como la señora Virna, que ya se fue a Colombia. Gracias a él, ella logró que le instalaran la reja del callejón de Petare donde vive. Después de tanto batallar con unos hampones que le impedían hacerlo y de pedirle apoyo a la policía y a la Guardia Nacional, la orden de Wilexis bastó para que finalmente le resolvieran el asunto.

Algo similar ocurrió con unos clientes del Centro Espiritual Madre Erika, de la zona siete, en el llamado “callejón de los brujos”. Vinieron a consultarse, pero unos malandrines del sector los asaltaron. Cuando Wilexis se enteró de eso, les disparó en las manos. Más nunca volvieron a robar.

Una noche, durante los apagones de marzo de 2019, a otros se les ocurrió robar a los vecinos que subían al barrio. Al día siguiente Wilexis acabó con ellos. Y le devolvió a la gente algunos objetos que les habían quitado. Cansados de los políticos, los petareños celebraron que alguien por fin saliera a defenderlos.

La elección de una joven de la comunidad como Miss Venezuela prendió la fiesta. En la chicharronera de las zonas cinco y seis, se celebraban las fiestas de Wilexis. Todos los viernes y sábados. Hasta que las cosas empezaron a tornarse turbias.

El 23 de enero de 2019 todo comenzó a cambiar. La proclamación de Juan Guaidó como presidente interino de la República excitó a las zonas populares, que salieron a expresarle su apoyo. Sonaban las cacerolas en todos lados en señal de respaldo. El gobierno de Nicolás Maduro ordenó que las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) ingresaran a cualquier zona “a preservar la paz”. Con represión. Fue lo que ocurrió en Petare. Las ollas dejaron de oírse. Los jefes de los consejos comunales intimidaron a los vecinos: decían que no les venderían las cajas de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), y que les suspenderían otros beneficios.

Eso significó la ruptura entre el entonces juez de paz y el alcalde, porque al malandro común no le interesa ninguna ideología política, no tiene tolda ni partido. Su enemigo eterno es la policía, la ley. Y en este caso, las fuerzas de seguridad del Estado. Así se escindió su relación y empezaron los conflictos. Las FAES y Wilexis se enfrentaban durante la noche, aunque hubo algunos toques de queda a plena luz del día.

Comenzaron a escucharse muchos cuentos. Anécdotas que corrían de puerta en puerta. La gente decía que en su paso por el barrio los funcionarios entraban a las casas y se llevaban cosas: comida, celulares, computadoras. Eso decían. Por eso los vecinos salieron a protestar en defensa del hampa y en contra de los funcionarios: “El hampa nos protege, las FAES nos roban”, gritaban en una manifestación en la estación del metro Palo Verde. El mundo al revés.

Los demás meses transcurrieron en Petare entre toques de queda y tiroteos que fueron perdiendo intensidad. El último grande fue el 30 de diciembre de 2019. Allí las FAES lograron diezmar, pero no derrotar, a Wilexis. Desde que comenzó 2020 dejaron de subir y bajar como en aquellos días.

Las aguas parecían haberse calmado.

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Crecí escuchando tiros. Pero nunca una balacera se había prolongado tanto como esa del sábado 2 de mayo de 2020. La gente se encerró en sus casas cuando, a eso de las 5:30 de la tarde, empezaron las detonaciones. Las calles quedaron vacías. Nadie jugando dominó, nadie bebiendo. Los vecinos que estaban cargando agua salieron corriendo y las pimpinas se les cayeron. Los pipotes quedaron vacíos, esperando al camión cisterna que llamó el consejo comunal.

Entre los habitantes de José Félix Ribas hay un acuerdo tácito: cuando hay balaceras debemos apagar las luces. Por eso nadie tenía los bombillos encendidos. Los mismos cerros que otras noches lucían iluminados estaban cubiertos de sombras oscuras. La única luz provenía de las llamas de un incendio en la montaña del frente, que nadie se atrevía ir a apagar.

Cuando la señal deficiente lo permitía, los teléfonos sonaban. Era gente que llamaba para saber si estábamos bien. No queríamos responder. Nos desesperaban. Nos aturdían. Mi mamá sí atendió algunas llamadas. Daba explicaciones, pero era breve porque temía hablar más de la cuenta. Colgaba rápidamente. La policía no puede ingresar al barrio, así lo ordenaron hace años y así se ha cumplido. Ahora, ni las FAES andan por aquí. Y creemos que es mejor así.

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En febrero de 2020 llegó la noticia del nuevo adversario. «El Gusano», lo llaman. Aunque al principio nadie sabía su procedencia, después se conoció que había sido liberado junto a otros presos por directrices del gobierno. ¿El motivo aparente? Hacerle frente a Wilexis y su banda, que se salieron de su control y no cedieron ante las FAES ni mantuvieron la paz en la zona. Es lo que se dice. El rumor en el barrio. Nada es oficial aquí.

Wilexis había estado alejado. Decían que ya no tenía las mismas fuerzas que antes, que muchos lo habían traicionado y ahora recogía a su banda. De hecho, volvieron a aparecer algunos robos y el barrio se volvió inseguro otra vez.

Poco a poco, El Gusano comenzó a ganar espacios en Petare. Las balaceras volvieron, pero a diferencia de otras, estas no dejaban muertos a la vista. Todos dicen que es para hacer notar su poderío, que gastan balas para demostrar quién tiene más. Las ráfagas frecuentes son un recordatorio de que están allí, al acecho, esperando cualquier momento para atacar y arrebatarle el poder a Wilexis. Los gritos lo retan.

La balacera del 2 de mayo se extendió hasta las 4 de la madrugada. Los momentos álgidos transcurrieron durante las seis primeras horas, cuando el ruido fue abrumador. Ya hacia la madrugada, fueron haciéndose esporádicas las detonaciones. La última se escuchó dos horas antes del amanecer. Fue entonces cuando pudimos quedarnos dormidos. Nos despertamos al cabo de un rato, a las 7:30 de la mañana, por el sonido del parlante del Colegio Jesús Maestre, ubicado en la colina más alta de todo el sector. Las monjas emitían un mensaje:

—Oremos por todos los que vivieron la zozobra de anoche, también por aquellos que no tienen conciencia y les dieron esas armas. Pero, sobre todo, oremos y pidamos al Señor para que ellos puedan resolver sus problemas de otra manera. No queremos más guerras.

Esas son palabras sordas, yo solo espero que no se repita otra noche larga como la de ayer.