Opinión

Lo malo de la economía es que todo puede estar peor

El país cierra la semana estremecido con la noticia de un dólar paralelo que rompió el umbral de los 400 Bs/$, una inflación que galopa al 10% mensual y una creciente dolarización que castiga severamente a quienes tienen un ingreso en bolívares que cada vez rinde menos.

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Si bien es cierto que en Venezuela la dolarización no es una política oficial a través de la cual el gobierno y la autoridad monetaria hayan decidido sustituir el signo monetario nacional por la divisa estadounidense, tal como ocurrió hace tiempo en Panamá y más recientemente en Ecuador (2000) y El Salvador (2001), no dejan de ser menos cierto los crecientes rasgos de dolarización en la economía venezolana.

Debido a que el poder de compra del bolívar se derrite como hielo entre las manos, la dolarización se expande cada vez más. Este es un fenómeno discriminatorio y excluyente, toda vez que la mayoría de la población no tiene acceso a dólares, mientras que un número creciente de bienes y servicios no solo se cotizan en dólares, sino que solo son vendidos en divisas.

El agotamiento de los controles

Los controles de cambio, precios y tasas de interés -que en un determinado momento pudieron tener su justificación y rindieron resultados-, hoy lucen totalmente agotados y son más los problemas que crean que los que resuelven. Sobre todo porque desestimulan la producción, cuestión que en gran medida explica los actuales problemas de escasez, acaparamiento y especulación que atormentan a todos los estratos de la sociedad venezolana.

Después de 12 años, el control de cambios no ha impedido una colosal fuga de capitales superior a 180.000 millones de dólares, ni tampoco pudo contener la voraz inflación que acumula más de 1.200 %. A lo largo de estos años, el control de cambios se ha ejecutado a través un marco legal y regulatorio conformado por 33 convenios cambiarios, la Ley de Ilícitos Cambiarios, y de un entorno institucional cuyos protagonistas han sido la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), posteriormente transformada en el Centro Nacional de Comercio Exterior (Cencoex), y la Corporación Venezolana de Comercio Exterior (Corpovex). Se cuentan al menos seis devaluaciones de la tasa de cambio oficial e igual número de modalidades para tener acceso a las divisas, ya que antes del Simadi se ofrecieron los bonos del BCV, los títulos de deuda de la República y de Pdvsa (que se canjeaban en el mercado permuta), el Sistema de Transacciones con Títulos en Moneda Extranjera (Sitme), el Sistema Complementario de Divisas (Sicad 1) y el Sistema Alternativo de Divisas (Sicad 2).

El régimen de cambios múltiples con dos tasas de cambio (2,60 Bs/$ y 4,30 Bs/$), se complicó aún más con las tasas de Cencoex, Sicad, Simadi y el paralelo, al extremo que ahora un dólar puede costar 6,30, 12, 200 o 400 bolívares. Semejante brecha entre uno y otro tipo de cambio distorsiona la formación de los precios, ya que al no tener la certeza del tipo de cambio al que se podrá hacer la reposición de los inventarios, la tendencia es a fijar el PVP con base en el dólar más caro, aunque se importe con un dólar más barato. Para muestra un botón: con el argumento de contener la inflación se asignan divisas a las tasas de Cencoex y Sicad al sector alimentos, pero es justamente en este sector donde se registró la inflación más alta, 102 % en 2014, en comparación con el 68% promedio del INPC.

En presencia de un régimen de cambios múltiples -donde pocos tienen acceso a las tasas preferenciales y la mayoría solo puede conseguir divisas en el mercado paralelo-, el cálculo de los precios suele hacerse a la tasa de cambio más cara. Esta brutal diferencia entre los precios de la divisa desquicia el proceso de formación de precios y estimula toda clase de delitos cambiarios: desde la sobrefacturación de las importaciones, la subfacturación de exportaciones, las importaciones ficticias por empresas de maletín, los “raspacupos”, etc. Por supuesto, quienes logran un acceso privilegiado a las divisas preferenciales captan la mayor tajada de la renta y se hacen millonarios con una sola asignación. Todo esto confirma que la política de controles que en su momento pudo tener un sentido, hoy luce totalmente agotada.

Oposición juega a la inercia gubernamental

Muchos voceros de la oposición no se cansan de criticar el daño que causa al aparato productivo el empeño por mantener las tasas de cambio de Cencoex y Sicad, a través de las cuales el gobierno monopoliza cada vez más las importaciones. A su vez, cuestionan los controles de precios que obligan a los empresarios a vender por debajo de los costos de producción. En general, se oponen a los controles del Estado y los denuncian como una expresión del fracasado socialismo del siglo XX que se reedita ahora con el socialismo bolivariano del siglo XXI.

Sin embargo, cada vez que el gobierno tímidamente anuncia que va a sincerar el precio de la gasolina, unificar la tasa de cambio o sincerar los precios controlados, esos mismos voceros de la oposición inmediatamente reaccionan y dan un bandazo de 180 grados, alertando y denunciando que el gobierno está tramando aplicar un “paquetazo rojo” que empobrecerá aún más a la Nación.

Y como el gobierno no termina de comprender la naturaleza de la crisis ni de atinar medidas efectivas para superar los problemas de escasez, acaparamiento, especulación, inflación, dolarización, etc., atribuye esta problemática a la guerra económica y mantiene una peligrosa inercia que agrava cada vez más la situación económica y social, incubando con su propia inacción el estallido de una crisis de gobernabilidad.

Vías de escape

Evitar la dolarización de la economía y el empobrecimiento de los trabajadores que ganan en bolívares, pasa por abandonar el nefasto régimen de cambios múltiples y evolucionar hacia un solo tipo de cambio, fijado a un nivel que exprese la verdadera productividad de la economía nacional. Al despejar la incertidumbre sobre la tasa de cambio futura será posible atraer inversión extranjera, respaldar la competitividad de las exportaciones no petroleras, estimular el turismo internacional e, incluso,  incentivar la repatriación de capitales Es así como se podrán generar nuevas fuentes de divisas que compensen el colapso del ingreso petrolero y alivien las presiones sobre el mercado paralelo.

Pero cualquier intento por estabilizar la tasa de cambio pasa por sanear las finanzas de PDVSA y por devolverle al BCV la autonomía en el manejo de las reservas internacionales y la emisión de dinero. Mientras prevalezca un déficit fiscal de 18 % del PIB, las distorsiones cambiarias se agravarán ya que para llenar este enorme hueco, el BCV expande la cantidad de dinero en circulación a un ritmo superior al 65 % anual, a pesar de que la economía refleja claros signos de contracción, desabastecimiento y escasez. Con inflaciones de 56% en 2013,  68 % en 2014, la inminencia de una inflación superior al 100 % en 2015 y tasas de interés de apenas 10 %, nadie quiere ahorrar en bolívares. Por eso la gente corre a proteger el poder de compra de sus ahorros comprando dólares, y esto aviva cada vez más la incesante llama del dólar paralelo.

Es en el desorden fiscal y monetario donde están las principales causas del desbordamiento inflacionario, la pulverización del bolívar y la dolarización. Tengamos en cuenta que el torrente de dinero que inyecta el BCV luego multiplicado por la creación de dinero bancario, y toda esa masa de dinero se lanza a comprar dólares.Este explosivo cóctel de contracción económica, auge inflacionario y falta de opciones para el ahorro y la inversión inducen a cambiar los bolívares en activos que se revaloricen y así evitar sufrir las consecuencias de la pulverización del bolívar. Precisamente, esto es lo que ha llevado a que el dólar se utilice cada vez más para fijar los precios de muchos bienes, concretar operaciones de compraventa y preservar el valor de los activos.

El gobierno podría salir de su inacción evolucionando del régimen de cambios múltiples hacia la unificación cambiaria, para lo cual puede tomar como referencia la tasa de cambio implícita (LM/RI) que gira en torno a los 100 B/$. Esto es la mitad de la tasa Simadi y apenas el 25 % del dólar paralelo que -como hasta el propio gobierno lo ha reconocido-, se ha impuesto como la tasa de cambio marcadora en el proceso de formación de precios.

Y en lugar de reeditar la ruinosa práctica del anclaje, la nueva política cambiaria se basaría en un sistema de flotación libre controlado por bandas, o por moderados y frecuentes ajustes en la paridad cambiaria que corrijan el diferencial inflacionario entre Venezuela y sus principales socios comerciales. Así, el ajuste cambiario derivaría de la dinámica del mercado y no sería achacado al gobierno, el cual tiende a posponer una y otra vez las decisiones de política económica debido al costo político que le atribuye, cuando lo que realmente pone en peligro su triunfo electoral es el acelerado deterioro de la situación económica y social debido a su propia inacción.

Finalmente, en la armonización de las políticas fiscales y monetarias con las políticas agrícolas, industriales y tecnológicas está la clave para reactivar la economía, fortalecer las reservas internacionales y restaurar el poder de compra del bolívar para que pueda cumplir con sus funciones de unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor.

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