A partir del lunes 14 de septiembre, muchos colegios del país dieron inicio al periodo escolar 2026-2027, y aquellos no han comenzando están cerca de hacerlo.
Pero este año, debido a los terremotos del 24 de junio, no se trata de un regreso a clases cualquiera. La seguridad estructural de los edificios, colegios convertidos en refugios temporales y la gestión de riesgos de los planteles han sido de las principales preocupaciones que padres, docentes y expertos han compartido con respecto al inicio de las actividades académicas.
Esto también significa un proceso de separación entre niños y padres después de periodos de mayor convivencia, lo que puede significar un reto emocional.
Hablamos con la psicóloga Vanessa Rodríguez Reggeti, quien compartió recomendaciones para tener un acercamiento adecuado a la vuelta a la rutina y cómo acompañar a los niños sin sobreproteger o transmitirles ansiedad.
“El objetivo del regreso a clases no es conseguir que nuestros hijos no sientan miedo al separarse de nosotros. Es ayudarlos a descubrir que pueden sentirse seguros incluso cuando nosotros no estamos físicamente a su lado”, comenta Vanesa Rodríguez.
-¿Cómo pueden los padres identificar si sus hijos tienen ansiedad por la vuelta a clases?
-No toda preocupación ante el regreso a clases constituye un cuadro de ansiedad. Es esperable que un niño pueda sentirse nervioso, triste, emocionado o presentar cierta resistencia frente al cambio de rutina. Lo importante es observar la intensidad, la duración y el impacto de esas manifestaciones en su funcionamiento cotidiano.
La ansiedad puede expresarse a través de cambios emocionales, llanto, irritabilidad, miedo o mayor necesidad de proximidad con los padres; conductuales como rechazo a asistir al colegio, dificultad intensa para separarse o conductas regresivas; y físicos, como dolores de cabeza o estómago, alteraciones del sueño o cambios en el apetito.
Una pregunta orientadora para los padres es: ¿esta reacción está interfiriendo de manera significativa con la vida cotidiana del niño? Cuando las manifestaciones son muy intensas, persisten más allá del período esperable de adaptación o afectan de manera importante su funcionamiento, conviene prestar mayor atención y valorar la orientación de un profesional.
–¿Cómo preparar emocionalmente a los niños que sienten miedo por estar lejos de sus padres o de casa?
-La preparación comienza por validar la emoción, no por intentar eliminarla. Decir “no tienes nada que temer” puede hacer que el niño sienta que lo que está experimentando no es comprendido. Es preferible reconocerlo: “Entiendo que te cueste separarte después de haber pasado tanto tiempo juntos”.
A partir de esa validación, se transmite seguridad y confianza: los padres pueden explicarle que estarán separados durante unas horas, que habrá adultos responsables acompañándolo y que volverán a encontrarse.
La separación también es una experiencia de aprendizaje. El niño necesita comprobar progresivamente que puede estar lejos de sus padres, sentirse seguro, atravesar la incomodidad inicial y reencontrarse con ellos. De esta manera se fortalece la sensación de seguridad y se favorece un apego que permite explorar el mundo con mayor autonomía.
–Si el colegio tiene daños visibles, como grietas, aunque sea seguro estar allí, ¿es recomendable hablarlo?
-Sí, pero la información debe ser clara, proporcional a la edad del niño y estar acompañada de contexto. Ocultar algo que el niño puede observar directamente puede aumentar su incertidumbre; explicarlo de manera alarmista puede incrementar innecesariamente su temor.
Una explicación adecuada podría ser: “Sí, hay una grieta que puedes ver. Los adultos responsables revisaron las instalaciones y determinaron cuáles espacios son seguros y cuáles necesitan reparación. Hay personas encargándose de eso”.
La recomendación es evitar conversaciones adultas de carácter catastrófico delante de los niños. Si existe un cambio de salón, de entrada, de horario o incluso de colegio, también es conveniente anticiparlo. Lo desconocido suele generar más incertidumbre que un cambio explicado, estructurado y acompañado.
–¿Cuál es la diferencia entre acompañar y sobreproteger?
-Acompañar significa ofrecer seguridad mientras se permite que el niño desarrolle sus propios recursos. Sobreproteger implica intervenir de manera excesiva para evitarle cualquier malestar o dificultad.
Un padre puede escuchar, preparar, orientar y estar disponible sin resolver por el niño aquello que ya puede comenzar a afrontar por sí mismo. Si cada vez que aparece el llanto se evita la situación, se retira al niño del colegio o se establece una supervisión permanente, se puede producir un alivio inmediato, pero también reforzar la idea de que la separación es peligrosa o que el niño no puede manejarla.
El objetivo no es conseguir que el niño nunca sienta miedo, sino ayudarlo a desarrollar la capacidad de decir: “Puedo sentir miedo y aun así puedo hacerlo”.
–¿Cuáles son los errores comunes que deberían evitarse al intentar calmar a los niños?
-Uno de los errores más frecuentes es minimizar la emoción: “Eso es una tontería”, “no tienes por qué llorar” o “ya eres grande”. Otro es ofrecer garantías absolutas que ningún adulto puede asegurar, como “nunca va a pasar nada”.
También conviene evitar despedidas excesivamente prolongadas. Una despedida afectuosa, clara y consistente suele ser más favorable que regresar varias veces, prolongar el momento o transmitir dudas después de haber establecido la separación.
Otro error es intentar regular la ansiedad del niño desde la propia ansiedad adulta. El niño necesita percibir que sus padres pueden reconocer la preocupación sin convertirla en una señal de peligro.
–¿Hay conversaciones o temas que deberían evitarse frente a los niños?
-Más que prohibir determinados temas, es importante cuidar la forma, el momento y el contexto en que se abordan. Conversaciones adultas sobre accidentes, amenazas, inseguridad, posibles catástrofes, conflictos familiares o escenarios que el niño no tiene capacidad para procesar pueden aumentar su sensación de vulnerabilidad.
La información relevante para su seguridad sí debe comunicarse, pero de manera adecuada para su edad y evitando especulaciones.
También es importante no convertir al niño en el receptor de la ansiedad adulta. Preguntar de manera reiterada “¿estás bien?”, “¿seguro que no pasó nada?” o “¿te sentiste mal?” puede parecer una muestra de cuidado, pero si se vuelve constante puede enseñarle que existe algo que debe vigilar permanentemente.
–¿Cómo pueden los padres manejar su ansiedad ahora que los hijos pasan horas fuera de casa y cómo evitar transmitirla?
–Los padres también atraviesan un proceso de separación. En ocasiones, la dificultad no está únicamente en que el niño se separe, sino en que el adulto tiene problemas para tolerar esas horas de distancia.
Una pregunta útil es: “¿Estoy preguntando porque mi hijo necesita información o porque yo necesito tranquilizarme?”. Si existe una necesidad constante de escribir, llamar, verificar o conocer cada detalle de lo que ocurre, puede ser necesario revisar cuánto de esa conducta responde a una necesidad real del niño y cuánto busca disminuir la ansiedad del adulto.
Los padres no necesitan transmitir una ausencia absoluta de miedo. Necesitan aprender a gestionar sus propias emociones para no convertirlas en señales de peligro para sus hijos. La seguridad emocional se comunica también a través de la confianza que los adultos muestran en las capacidades del niño y en los entornos responsables de su cuidado.
–¿Cuál es el enfoque positivo de la autonomía y cómo ayudan la vuelta a clases y la rutina a recuperar la calma?
-La autonomía no significa dejar de estar presentes; significa confiar progresivamente en las capacidades del niño. La vuelta a clases permite recuperar espacios fundamentales para el desarrollo: organizar sus pertenencias, asumir responsabilidades, relacionarse con otros, resolver pequeñas dificultades y aprender a desenvolverse sin la presencia constante de sus padres.
Las rutinas también cumplen una función psicológica importante porque aportan estructura y previsibilidad. Cuando un niño conoce aproximadamente cuándo se levanta, come, asiste al colegio, juega, realiza sus responsabilidades y duerme, disminuye la incertidumbre y se facilita la regulación emocional.
Por eso, recuperar la rutina no es únicamente una cuestión de organización familiar. También es una herramienta que ayuda al niño a recuperar sensación de seguridad y normalidad.
–¿Cómo sería el acercamiento práctico: el día antes, el primer día y la primera semana?
-El día antes, la recomendación es preparar los aspectos prácticos sin convertir la jornada en un espacio de anticipación ansiosa. Organizar juntos el uniforme, la mochila y los útiles, así como retomar progresivamente los horarios de sueño y alimentación, ayuda a disminuir la incertidumbre.
El primer día conviene establecer una despedida afectuosa, clara y breve. No se recomienda desaparecer sin despedirse, pero tampoco prolongar indefinidamente el momento de separación.
Durante la primera semana es preferible hacer preguntas abiertas que permitan conocer la experiencia del niño: “¿Qué fue lo que más te gustó?”, “¿hubo algo que te costara?”, “¿con quién jugaste?” o “¿hubo algún momento en que te sentiste nervioso?”. Además de escuchar sus respuestas, es importante observar cambios en el sueño, el apetito, el estado de ánimo y la conducta.
–¿Qué recomendaciones existen para recuperar la rutina antes del inicio de clases?
-La recomendación es evitar cambios bruscos y comenzar a restablecer progresivamente los horarios escolares. Es conveniente ajustar el sueño, regular nuevamente los horarios de alimentación, disminuir gradualmente el uso de pantallas si durante las vacaciones aumentó y recuperar pequeñas responsabilidades.
La participación del niño puede facilitar la transición. Preparar la mochila, organizar sus pertenencias, elegir entre opciones sencillas o participar en la construcción de la rutina permite que el regreso se experimente no solo como una exigencia externa, sino como un proceso en el que también tiene un papel activo.
La estructura debe ser firme, pero no rígida. Una rutina saludable ofrece previsibilidad sin convertir cada desviación en un conflicto.
–¿Cómo identificar si un niño está teniendo problemas para adaptarse y qué hacer?
-Durante los primeros días pueden aparecer llanto, mayor sensibilidad, cansancio o cierta resistencia, y esto puede formar parte del proceso normal de adaptación. Lo relevante nuevamente es la intensidad, la duración y el nivel de interferencia.
Conviene prestar especial atención cuando existe rechazo escolar intenso y persistente, alteraciones importantes del sueño o la alimentación, síntomas físicos recurrentes, aislamiento, cambios marcados de conducta o una angustia que no disminuye con el paso de los días.
Cuando estas manifestaciones son intensas, persisten o interfieren significativamente con la vida cotidiana, es recomendable consultar con un profesional de salud mental infantil. Esto no significa necesariamente que exista un trastorno; significa que se está buscando comprender qué está ocurriendo y ofrecer al niño y a su familia herramientas adecuadas para atravesar el proceso.