Opinión

Prohibido entrar sin pantalones (o de cartas, artistas y revolución)

En la novela Prohibido entrar sin pantalones asistimos al ascenso y la caída del poeta Vladimir Maiakovski. El gigantón futurista fue, se sabe, uno de los poetas más representativos de la revolución rusa; la cantó, la glorificó, la promovió con pasión, con ferviente convencimiento, más allá incluso de las fronteras del territorio comunista. Tal como vemos en la novela, Maiakowski estuvo en Letonia, en Francia y hasta en Estados Unidos. También fundó, junto al gran Alexander Ródchenko, la que podría ser considerada la primera agencia de publicidad soviética, la Maiakovski-Ródchenko Advertising-Constructor.

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Vladimir Maiakowski estuvo absolutamente en contra del sistema de vida burgués, pensaba realmente que el ideal comunista podía cambiar el mundo para bien.  Pero era, sobre todo, y tal como lo muestra Bonilla, un hombre de pensamiento libre, un crítico, y por lo tanto, un hombre incómodo. Desde sus obras de teatro, cinematográficas y desde la revista Lef aguijoneó a los señores del nuevo orden. Para Stalin, según la novela, Miakovski fue particularmente molesto.

Platón, en Apología de Sócrates, pone en boca de su maestro la palabra «tábano». En su defensa frente a los quinientos ciudadanos atenienses, Sócrates va decir que él ha sido enviado a la polis como una especie de insecto zumbador que debe alertar, acicatear y hacerle reproches a todos sin cuartel. Afirmó frente a sus jueces que él había sido destinado a Atenas para recordarle a la gente que la virtud es la cosa más importante. Pero nadie quiere que le estén recordando tales asuntos, nadie quiere saber de virtudes.

Algo similar, pienso, ocurrió con el Maiakovski que dibuja Bonilla. El poeta no dudaba para decir lo que a él le parecía que estaba mal, para soltar verdades. Bonilla no los retrata, tal como diría Foucault, como un parresiastés, es decir, como alguien que práctica la parresía, una forma de ser moral que estriba en decir la verdad a los poderosos, sabiendo incluso que se corre peligro. En la novela, Maiakovski resulta tan cargoso que hasta arremete contra los futuristas. El futurista que sólo quiere ser futurista, no sirve; sirve el futurista que quiere realmente llegar a ser poeta, porque «la poesía sólo se propone una cosa: decir una verdad que permanecía oculta entre la hojarasca de las obviedades que marca la autoridad competente.» En otra parte, proclama que «la ideología no debía afectar la acción artística.» Queda claro, Maikovski era, sobre todo, poeta, y un poeta, para él, era alguien que decía la verdad sin tapujos, un crítico, un hombre de pensamiento libre. En algún momento de la historia le reclaman que nunca se afilió al partido comunista, en otro lo abuchean en un recital. Stalin, el comisario Stalin, se convierte entonces en una gran sombra amenazadora. Sí, ese Stalin que ya sabemos, el del holodomor ucraniano, el mismo que, como puede verse en el film Child 44, declaró que la delincuencia, el crimen y el asesinato eran capitalistas, y por lo tanto, en el paraíso (comunista) no podía haber ese tipo de cosas. Tal concepción implicaba, por supuesto, acusar de traidor a todo aquel que se atreviere a hacer público un acto criminal. En la cinta, un padre descubre que su hijo ha sido asesinado, pero debe callar si quiere mantener su puesto de oficial, si realmente le preocupa que su familia no sea castigada, exterminada.

Siempre los tiranos pretenden tapar la oscuridad con un dedo. Siempre todo es bello bajo su mirada delirante. Afuera, la gente pasa hambre, se desespera, enloquece por la carestía. Mientras, sin piedad, ajeno a lo real, el discurso revolucionario sigue ametrallando: aquí no pasa nada, aquí no hay crisis, aquí todo es perfecto.

El Maikovski de Prohibido entrar sin pantalones conoció y padeció esas cegueras violentas. Bonilla, ya lo hemos dicho, lo presenta como un hombre libre, demasiado libre como para dejarse llevar por el terror del poder.

Pienso hoy en los artistas, poetas, intelectuales de talento —los de verdadera y respetable obra consumada—, que firman cartas en apoyo en defensa de los mediocres que no han sabido traernos el bien general y que además pretenden hacernos ver que todo es magnífico y que si estamos mal es por culpa de otros. Pienso en ellos y me pregunto cómo puede ser, cómo puede ser.

Por lo pronto, me quedo con esta novela de Bonilla, me quedo con la parresía, esa condición de verdad que está en el artista que no le teme al poder, a pesar del peligro, de saber que podría perder sus privilegios, de saber incluso que al dejar salir la verdad que por dentro guarda, aceptaría que se ha equivocado y que los ideales no son suficientes para bien llevar las riendas de un país.

Sí, hay que tener los pantalones bien puestos para enfrentarse al gobernante incapaz, y así negarse a firmar cartas de apoyo más que absurdas y risibles.

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