Opinión

El error fue de Petro (y de Lula también)

Los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro han apostado por desmarcarse de las consecuencias políticas que tuvo la jornada electoral del 28J. Que ambos mandatarios de izquierda volteen a mirar para otro lado, no significa que el problema de fondo vaya a desaparecer

Lula
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El primero en mostrar un giro de 180 grados en relación a la crisis política y de derechos humanos post 28J, fue Lula da Silva. El veterano de mil campañas electorales y referente de la izquierda latinoamericana dejó en claro que Nicolás Maduro es problema de Venezuela, no de Brasil.

Se trata de un giro copernicano para quien proyectaba un rol protagónico sobre la influencia geopolítica de Brasil en la región. Brasil se ocupa de sus asuntos así la casa del vecino, literalmente, esté en llamas. Junto a esto, el canciller de Lula da Silva advirtió que después del 10 de enero, bajo el escenario previsible de que Nicolás Maduro siga gobernando, no habrá una ruptura de relaciones bilaterales.

Las relaciones son entre los Estados, no se manejan por intereses de gobiernos, dijo quien sin duda sabe usar el lenguaje diplomático. Y afirmó que tanto en el terreno político como diplomático Brasil da por concluida su actuación en relación a Venezuela.

El segundo acto lo protagonizó el mandatario de Colombia. El presidente Petro habló sin filtros, algo usual en él, y soltó un misil no contra la oposición, sino contra la mayoría del pueblo venezolanos que quiere un cambio y que apostó a que sea por una vía pacífica y democrática. Para Petro fue un error celebrar elecciones el pasado 28J.

Seguidamente Petro vuelve a la tesis de las sanciones, que ha usado en otros temas, ya que ha llegado a decir que la ola migratoria de venezolanos que afecta directamente a su país, comenzó como producto de las sanciones de Estados Unidos.

Petro además de decir que el 28J fue un error, apunta una tesis bastante infeliz: en Venezuela se deben celebrar elecciones solamente cuando se hayan suspendido las sanciones contra el chavismo.

Acudir a elecciones, incluso como respuesta ciudadana en medio de regímenes autoritarios no es un error, si nos remitimos a la historia política contemporánea.

Si bien no hay una relación de causa y efecto, entre una elección y el inicio de una transición democrática, en el peor de los casos acudir a una elección, hacerlo de manera pacífica y masiva, y además vencer el miedo de votar en contra del poder establecido, no hace otra cosa que desnudar por completo el carácter autoritario de un régimen. Sin que se abra de inmediato un cambio democrático, la elección deja al descubierto el profundo cambio que ha vivido la sociedad. Y eso es lo que ocurre con Venezuela y el 28J.

Para gobiernos de izquierda, electos democráticamente y con figuras como Lula da Silva y Petro que han aceptado sus derrotas en el terreno electoral, el 28J y su posterior reacomodo, resulta un desafío de elasticidad diplomática, por decir lo menos, seguir conviviendo con un Nicolás Maduro atrincherado en el poder, y después de que éste reiteradamente se negó a mostrar los resultados detallados de las elecciones y las propias actas electorales, tal como exigían hasta hace escasas semanas tanto Colombia como Brasil

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