Muchos venezolanos recibieron una dura dosis de realidad en poco tiempo. La llegada de un nuevo gobierno a Estados Unidos, aquel en el que se habían puesto tantas esperanzas de una acción decidida a favor del cambio dentro de Venezuela, no fue lo que se esperaba. Las expectativas se alimentaron, tal vez, de los recuerdos de una política de “presión máxima” del primer gobierno de Donald Trump o de extrapolaciones, incluso de rumores o hipótesis no confirmadas.
El hombre que regresó a la Casa Blanca el 20 de enero tuvo un lema y promesa central: Estados Unidos primero. Esto no es, en verdad, ninguna novedad. Un mandatario es electo por la población para, en primer lugar, velar por los intereses de la nación. Sólo en series o películas de Hollywood existen jefes de Estado poderosos que van a reestablecer la democracia en otros territorios y después de desalojar al dictador le entregan el poder, limpiamente, a la figura prodemocracia.
Con variaciones en el título, esta es la cuarta vez que escribo en este espacio de El Estímulo sobre esa expectativa recurrente de que una fuerza poderosa internacional vendrá a rescatar a la sociedad venezolana y restablecer la democracia. Tal cosa, por más que algún liderazgo local lo señale, luce bastante improbable en los tiempos que corren.
La primera vez que usé la frase “nadie vendrá a salvarnos” para titular un texto, lo hice estando muy fresca la proyección de una película a la que asistí. Son años lejanos cuando ví por primera vez la película “Hotel Ruanda”, luego en 2016 cuando flotaba en el ambiente -entonces con María Corina Machado como exponente- la tesis de que la comunidad internacional actuaría en favor de la democracia en Venezuela.
Y en años más recientes, cuando Juan Guaidó se asumió como “presidente interino” y parecía inminente, para no pocos, que Estados Unidos con Donald Trump en su primera presidencia lanzaría una acción militar contra el gobierno de Nicolás Maduro. El año pasado se esperaba que los gobiernos de Gustavo Petro e Inácio Lula da Silva fuesen determinantes para que Maduro abandonase el poder, por los consejos de estos dos presidentes de izquierdas.
Ciertamente la comunidad internacional, ese indefinido cuerpo de gobiernos, declaraciones, presiones, presidentes y organismos internacionales, tiene algo que decir y hacer con lo que pasa en Venezuela. Pero salvo en las películas, en estos tiempos no va una potencia a invadir a otra nación, destituir y llevarse detenido al dictador de turno y encima de eso sentar en la presidencia al líder prodemocracia. No en estos tiempos.
La comunidad internacional tiene un papel relevante, pero no es y no será el actor determinante dentro de Venezuela, en aras de construir un cambio democrático. Las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, sin duda un parteaguas en la larga lucha por la democracia en nuestro país, pudieron realizarse gracias a esfuerzo internacional, esto no es mentira. Pero lo que sucedió durante la campaña y el día de las elecciones tuvo que ver con los venezolanos, con su deseo de cambio y una clara estrategia del liderazgo.
En la película “Hotel Ruanda”, como ya hemos comentado en otra ocasión años atrás, existe un crudo retrato del papel, inoperante y atrapado en arreglos políticos que a veces poco tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, de entidades como la Organización de Naciones Unidas. La constatación de que la salvación no vendrá desde el extranjero (no vendrán a salvarnos, dice el protagonista) y que sólo está en sus propias manos la posibilidad de salvarse, constituye un punto de inflexión en aquella historia cinematográfica inspirada en hechos reales.
Casi un millón de personas fueron aniquiladas en un verdadero genocidio cometido por la etnia hutu que cobró mortífera revancha contra los que siempre habían gobernado el país, los miembros de la etnia tutsi. Ante aquella matanza sin precedentes, la comunidad internacional no fue a salvar a las víctimas. Ese es el hilo de este filme.
Durante varias semanas, con posterioridad a las elecciones presidenciales del último domingo de julio en Venezuela, creció cierta expectativa por el rol que podrían tener dos presidentes provenientes de la izquierda y quienes, cada uno con sus matices, hicieron saber que no reconocerían a Maduro como ganador hasta tanto no existiesen pruebas públicas y verificables de los resultados.
Paulatinamente este rol mediador se fue debilitando por una razón simple, Maduro no estuvo ni está en disposición de sentarse a dialogar con quienes fueron sus otrora aliados.
El chavismo en el poder ha quemado ya todas las naves cerrando las puertas a cualquier negociación que implique su salida del poder. Siendo una realidad política, que es Maduro quien ocupa el poder, no debe extrañar que Trump haya enviado a un cercano colaborador suyo a tratar dos temas de interés para Washington: rescatar a los estadounidenses presos en Venezuela y lograr garantías del gobierno venezolano de que aceptara a los deportados desde EEUU.
Tras estos primeros días del nuevo gobierno estadounidense, tal vez nos toca a todos estar menos atentos a lo que se dice o no se dice en Washington, en cuya lista de prioridades no parece estar Venezuela dada la complejidad del mundo hoy.