Opinión

"Venezolano muerto de hambre"

El jugador venezolano rompe en llanto tras un ataque xenófobo y luego de la condena, llega la revictimización: que Navarro es de "cristal", que no tiene "calle" y un largo etcétera. Lo que esta escena plantea es algo más importante: la salud mental de los futbolistas y el machismo en el que conviven

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Navarro, xeonofobia

A estas alturas ya debe conocer el caso. Si no lo ha hecho, lo pongo en contexto: Miguel Navarro, jugador venezolano que milita en el equipo argentino Talleres, se fue en llanto cuando un rival, supuestamente Damián Bobadilla, le dijo “venezolano muerto de hambre”. El partido, jugado este 27 de mayo, correspondía al torneo Copa Libertadores, de la Conmebol. Lo terminó ganando São Paulo, 2-1.

Navarro, que también juega en la Vinotinto, intentó abandonar el campo. El árbitro chileno Piero Maza, que dijo no haber escuchado el insulto, fue el primero en reaccionar y lo contuvo. Luego se sumaron los propios compañeros de Talleres para consolar al crilollo e incluso intervinieron algunos rivales. Las imágenes, para usar un lugar común, dicen más que estas palabras.

Ahora bien, al rechazo general, y la probable investigación de la Conmebol, que tiene como lema luchar contra la discriminación y xenofobia, le ha seguido cierto reproche. Se culpa al jugador venezolano de «falta de calle», de no tener «aguante» y un largo etcétera. La revictimización es evidente, pero de ninguna manera casual.

Se supone que el fútbol es un deporte de «machos». No hay espacio para las lágrimas. Después de todo, lo de Bobadilla no es algo nuevo. En los años 80, contaba un veterano jugador de la Vinotinto, los rivales buscaban sacarlos de sus cabales con la siguiente pregunta: «Venezolano, ¿dónde está tu papá?». Era una clara alusión a que muchas madres levantaban a sus hijos sin la presencia de un padre en el país.

En el fútbol, lo que hoy se denomina como masculinidad tóxica, se triplica. Basta presenciar un partido de infantiles para ver cómo los propios padres insultan a los árbitros, rivales (aún cuando sean niños) y hasta el cuerpo técnico afín. Quienes así actúan, creen que están preparando a sus hijos para un entorno de presión. Realmente lo que consiguen es que lo pequeňos crezcan con traumas o abandonen la carrera.

Afortunadamente, si hay que buscar algo positivo, es que lo sucedido con Navarro abre la puerta para discutir un tema más importante: el manejo de las emociones de los futbolistas. Pocos profesionales reciben atención psicológica o acuden a ella fuera de la cancha (todo equipo tiene su psicólogo, en teoría). El llanto del defensa venezolano nos lleva a especular que hay algo más que una simple reacción a un insulto.

«Quisiera yo tener la solución al hambre que vive mi país, espero Dios me de abundancia para poder ayudar», escribió Navarro en el inicio de una historia en Instagram. Es obvio que afectarse de esta manera, en un partido de Copa Libertadores, tiene que ver más con los sentimientos hacia círculos cercanos que con constructos poco uniformes como «país».

Es decir, no es que a Navarro -que nació en el Zulia- no le importa la precariedad económica de todos los venezolanos. Su sensibilidad es de aplaudir. Solo que para llorar de esa manera se necesita que, una vez escuchado el insulto, tales palabras te lleven a una imagen concreta: un amigo, un familiar o allegados que pasan o pasaron hambre. Incluso todo lo que has debido dejar atrás para conseguir una mejor vida en otro país y alimentar a los que se quedaron.

Por lo tanto, lo que dijo Bobadilla trasciende porque implica un contexto y, más doloroso aún, recuerdos. Con contexto, nos referimos a la creciente xenofobia hacia los venezolanos, que podemos constatar con las últimas noticias que corren desde Perú hasta Estados Unidos. Con recuerdos, solo invitamos a un ejercicio de memoria: ¿en los últimos 10 años, quién no ha pasado dificultades para comprar comida, incluso teniendo el dinero en Venezuela?

Más allá de las especulaciones y las consecuencias de lo hecho por Bobadilla (quien por cierto tiene al venezolano Nahuel Ferraresi como compañero), el llanto de Navarro nos interpela. Obliga a revisar la manera en la que consumimos el fútbol como disciplina. Mientras sigamos asociando la competencia con virilidad no solo nos resultará imposible aplicar la empatía, peor aún, validaremos las conductas xenofóbicas y denigrantes en el campo.

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