Opinión

Mi primer Mundial: Argentina 1978

En el barrio popular donde crecí en aquella década de los 1970 se hablaba era de béisbol. De la pelota criolla y de las Grandes Ligas. En mi infancia supe de estadísticas detalladas de los Rojos de Cincinnati, el equipo del fui fan a rabiar entonces, pero prácticamente nada del fútbol, hasta aquel Mundial de 1978

Publicidad

Cuando llegó el Mundial de 1978 yo tenía 12 años y estaba en el intersticio de haber terminado primaria e iba a iniciar bachillerato en otro centro educativo, uno que me tocaba por la zonificación. Quería llegar papiao a primer año.

Junto a otros chamos decidimos iniciarnos en un gimnasio donde había un plan para adolescentes bajo la dirección de un reconocido entrenador. Este detalle del gimnasio no es menor, ya que en sus instalaciones se colocó un televisor para ver el Mundial, en una época en que los canales venezolanos de televisión abierta tenían músculo como para tener de comentaristas a ex futbolistas de renombre, como fue el caso de Pelé. Era otro país, sin duda.

Seguir el Mundial en el gimnasio fue casi como entrar en una cofradía. Nos unieron las pesas, los hierros que le decía el entrenador, y aquellos partidos que presenciamos juntos. Fue mi iniciación en el fútbol y la práctica aprendida de no poder ver a solas un partido, ya que siento que me falta algo.

Me hice fan de la selección de Argentina. Sólo años después, largos años después, supe que mientras se jugaba el Mundial aquel querido país, que he visitado en una docena de ocasiones, estaba bajo una feroz dictadura y que había miles de detenidos-desaparecidos. En el gimnasio la mayoría iba por Holanda (era Holanda entonces, ahora Países Bajos), aquella naranja mecánica que disputó la final con los sudamericanos.

En aquel 1978, lloré y celebré con Mario Alberto Kempes, el 10 de la selección argentina y a quien se le apodaba como “el matador”. Sin goles en la primera fase, el técnico César Luis Menotti lo mantuvo en cancha. Menotti, en sí, merecería un texto. Aquel desgarbado intelectual del fútbol, siempre con el cigarrillo entre los dedos mientras transcurría un juego. Una suerte de Dios en el Olimpo del deporte.

Volvamos a Kempes. Repuntó luego de la primera etapa y fue el hombre del Mundial: seis goles en total, Bota de Oro y mejor jugador del torneo. Kempes fue pieza determinante para que Argentina obtuviera su primera Copa Mundial en 1978.

Si Kempes, por sus goles, fue la cara visible de la victoria, el capitán Daniel Passarella, quien con 25 años asumía este estratégico rol en el equipo, conjugó la capacidad de conducción y de armar bajo la dirección de Menotti. Passarella fue el capitán más joven de aquel Mundial. Su brazo levantado en plena cancha dando instrucciones mientras llevaba el balón es una de esas imágenes imborrables de Argentina 78, mi primer Mundial.

Hubo otros nombres sí, también fueron especiales Osvaldo Ardiles y Daniel Bertoni, quienes tuvieron roles destacadísimos en el Mundial 1978: eran piezas fundamentales del engranaje de Menotti. Así lo leí en aquel momento en crónicas que escribía José Visconti en El Nacional o las que reproducía este diario caraqueño de su aliado argentino, Clarín.

Aunque iba al gimnasio, como otros chamos, era el raro que se aparecía con un periódico debajo del brazo cuando tenía 12 años. No me mandaban a comprarlo, invertía de mi plata en comprar los impresos. Aquello, en 1978 me conectó con la idolatría Menotti. No sólo era ver al flaco, de rostro inescrutable, fumando, siempre fumando, sino leer los análisis que se hacían sobre sus estrategias, sus decisiones en la cancha. Era una especie de ser superior.

Aquel muchacho de 12 años, cuando Argentina se hizo con la copa, lloró de una alegría que le brotaba por los poros. Descubrió en aquel Mundial, la agonía y la alegría de ser fanático de fútbol.

Publicidad
Publicidad