Política

Edmundo González Urrutia, un héroe de la retirada

Las últimas intervenciones públicas de Edmundo González Urrutia dejan el sabor de una despedida. El hombre que no quería ser candidato, pero que asumió la candidatura porque era un deber con el país, cede el testigo

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edmundo gonzález

La figura del “héroe de la retirada” fue acuñada por el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger en un texto suyo, homónimo, publicado en diciembre de 1989 en el diario español El País, a propósito de la caída del Muro de Berlín que desencadenó la desintegración de la Unión Soviética y el campo comunista de Europa del Este.

Enzensberger contrapone la figura del “héroe clásico” —aquel que persigue la conquista, la gloria y el triunfo rotundo— con la del “héroe de la retirada”, que alcanza el éxito precisamente a través de la renuncia: desmonta estructuras obsoletas, como dictaduras o regímenes totalitarios, sin derramamiento de sangre y priorizando siempre el bien común por encima del protagonismo personal.

En la política contemporánea, esta categoría designa a aquel líder que, tras cumplir un rol histórico insustituible, cede voluntariamente el centro del escenario sin dramatismo ni rencor, preservando la unidad del colectivo y abriendo paso a la siguiente fase de la lucha. No es una derrota; es sabiduría estratégica. Edmundo González Urrutia encarna hoy esa categoría con una nitidez casi literaria.

El exdiplomático, convertido por absoluto azar en el candidato presidencial más votado de la historia democrática venezolana, en los comicios celebrados el 28 de julio de 2024, ha iniciado en las últimas semanas una serie de intervenciones públicas que tienen el sabor inconfundible de la despedida. No hay proclamas grandilocuentes ni llamados a la movilización. Hay, en cambio, frases en discursos preparados que suenan a cierre de capítulo.

A esto se suma lo ocurrido en Panamá hace dos semanas. La ratificación de una estrategia común entre María Corina Machado y la Plataforma Democrática Unitaria (PDU) marca el punto de inflexión. Allí se confirmó que la candidata avalada por la oposición para los próximos comicios (sin fecha definida aún) será la galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2025.

Asimismo, se refrendó que la estrategia central ya no será el reclamo simbólico del triunfo de González Urrutia en 2024, sino la exigencia de nuevas elecciones limpias y verificables. El reconocimiento de aquel triunfo, que movilizó a más de siete millones de venezolanos, pasa a ser un hito histórico incuestionable, pero ya no el eje de la acción inmediata.

González Urrutia, el hombre que nunca buscó el protagonismo, sale así de la primera línea. Y lo hace como entró: con decencia. “Quisiera ser recordado como la persona que contribuyó a que se diera un proceso para salir de una crisis muy prolongada, profunda y dolorosa. Con eso me puedo morir tranquilo”, declaró en una entrevista que ya circula como testamento político.

Condensa Edmundo González su legado sin vanidad. No habla de victoria ni de poder; habla de contribución y de cierre de ciclo. Es la declaración de quien entiende que su función fue catalizadora: unir a una oposición fragmentada, encarnar la alternativa civilizada frente a un régimen autoritario y represivo, y con ello demostrar que Venezuela aún podía producir un liderazgo sobrio, institucional y republicano.

Milagros Socorro, una de las plumas más agudas del periodismo venezolano, lo retrató con precisión en La Gran Aldea: “Venezuela pasó de sufrir durante décadas a líderes adictos al espectáculo a elegir a un hombre cuya mayor virtud pública parece ser la decencia. Y eso dice mucho del país”.

Socorro no exagera. Tras treinta años de histrionismo chavista —el verbo desbordado de Chávez, la gestualidad grotesca de Maduro—, la irrupción de un diplomático de carrera, profesor universitario, provinciano de La Victoria, educado en liceos públicos y becado por el Estado democrático, representó una anomalía saludable.

El recorrido de González Urrutia hasta la candidatura de 2024 fue, en efecto, azaroso. Diplomático de carrera, embajador en Argentina durante la democracia, profesor de la Universidad Central de Venezuela, nunca militó en partidos ni aspiró a cargos electivos, pero fue actor técnico de primera línea en la extinta Mesa de la Unidad Democrática (MUD), cuando era dirigida por Ramón Guillermo Aveledo.

Cuando la inhabilitación de Machado lo convirtió en candidato sustituto de la Plataforma Unitaria, pocos imaginaban que su nombre reuniría la mayor votación registrada en la historia contemporánea del país. Aquel 28 de julio de 2024 no fue solo una elección; fue un plebiscito contra la continuidad del régimen. González Urrutia no ganó por carisma ni por promesas demagógicas. Ganó, además del empujón que traía consigo una Machado recorriendo el país, porque representaba lo opuesto al modelo vigente: seriedad, institucionalidad, respeto a la Constitución.

Tras el 28J, González Urrutia cumplió su parte con dignidad. Soportó el exilio forzoso, las amenazas a su familia —incluida la presión que, según reveló, le comunicó su hija sobre la liberación de su yerno a cambio de su renuncia— y el peso de ser, durante casi dos años, el símbolo vivo de la voluntad popular frustrada.

Ahora, con la ratificación de una línea de acción consensuada entre Machado y la PUD en Panamá, el tablero cambia. La estrategia de exigir nuevas elecciones limpias prioriza el futuro sobre el pasado. El reclamo simbólico de 2024 se transforma en legado histórico, y deja de ser una demanda concreta. Y González Urrutia, fiel a su carácter, ofrece después de esa cita mensajes, sin arengas, cargados de gratitud y de cierre. El tono es de quien entrega el testigo, de un héroe de la retirada.

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