Terremoto en Venezuela

Testimonios: ¿Y tú, cómo viviste los terremotos del 24 de junio?

Todos tenemos una historia que contar sobre esos minutos de terror que se vivieron en Venezuela hace un mes, cuando confluyeron los terremotos de dos fallas distintas. Las grietas en las paredes se han convertido en cicatrices del alma

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Fotos cortesía |Portada Alejandro Cremades

Lo que se vivió en Venezuela el 24 de junio no fue solo un terremoto. Fueron dos terremotos, de 7,2 y 7,5, de dos fallas diferentes, y casi en simultáneo. Tan cerca uno de otro que los movimientos se sobrepusieron y causaron más estragos que si hubieran sido separados. Y todos los vivimos, unos con peores traumas que otros, pero todos experimentamos el miedo y estamos en duelo, incluso si no hemos perdido a nadie directamente.

A un mes de esta inaudita tragedia, aún nos preguntamos cómo pudo suceder algo así, un evento que sismólogos internacionales han calificado como «lo más cercano a lo estadísticamente imposible». Cómo La Guaira ha quedado como si hubieran estallado cien bombas al mismo tiempo. Cómo es que tantos niños, tantas personas queridas, ya no van a estar más. Al cierre de esta nota, el reporte oficial da cuenta de 5.390 fallecidos, casi 190 edificios colapsados totalmente y poco menos de 21.000 personas viviendo en refugios.

Todos tenemos una historia que contar sobre esa tarde, al borde del atardecer. Por eso presentamos testimonios sobre cómo personas de distintos lugares de Caracas y La Guaira vivieron el doble terremoto, de sus impresiones en el momento, de los traumas que les han quedado y de cómo se enfrentan a las grietas de las paredes que se han convertido en cicatrices para el alma, incluso si todos en su familia lograron sobrevivir.

Estos son sus testimonios:

Jesús, Iglesia San Juan Eudes, El Marqués

«Ese día nos invitaron a mi hijo, a su mamá y a mi a una misa por la celebración del cumpleaños de nuestro amigo, el sacerdote Yormin, en la parroquia San Juan Eudes de El Marqués. Nosotros somos de El Hatillo y asistimos a misa en el municipio, pero fuimos hasta allá por el compromiso con el padre.

Así que, después de trabajar, salimos para la misa. Algo raro es que todo el tiempo sentí pesadez pero no le di mucha importancia. Ya en la iglesia, nos ubicamos a la mitad, en unos bancos que estaban solos. No habían pasado 10 minutos cuando escuché un zumbido, que parecía de un ventilador. Traté de ver qué era y no detecté nada, pero en cuestión de segundos, empezó a temblar.

Primero pensé que era un temblor como otros que hemos vivido, así que les dije a los que estaban a mi alrededor que se calmaran, y el padre también lo hizo desde el púlpito. Pero empezó a intensificar. Mi hijo y su mamá ya se habían metido debajo de un banco, fue una reacción inteligente de ella para proteger al niño. Y la gente estaba saliendo. En ese momento empezaron a desprenderse las paredes y los vidrios, pero noté que el techo se mantenía. Y en la adrenalina que uno tiene, porque yo nunca había vivido algo así, me agaché, saqué a mi hijo y a ella a la fuerza y corrimos para afuera. Ya el padre había salido también.

Afuera intenté calmar a mi familia, atender a los heridos y logré entrar de nuevo a la iglesia, para ver los daños, que fueron muchos, y que se pueden apreciar en el video:

Estando ahí supe que el terremoto había sido muy fuerte también en otras zonas de Caracas. Aún no imaginábamos lo que había pasado en La Guaira. Les deseo lo mejor a todos y que Dios quiera que el país pueda salir lo más pronto posible de esta tragedia que estamos viviendo».

La iglesia San Juan Eudes, fundada en 1964, quedó destrozada. Paredes caídas, vidrios clavados en sillas plásticas, que no se pueden sacar. Muchos escombros cayeron sobre el sagrario.

Desirée, Macuto, en su casa

«Nosotros estábamos en el apartamento porque justo ese día cumplía años mi esposo Carlos e hicimos una parrilla con una amiga, su esposo y su niña. Ellos sólo tenían 10 minutos de haber llegado de Caracas. Habíamos puesto el juego de Brasil (del Mundial), para verlo mientras hacíamos la parrilla, cuando a Carlos y a mí nos llegó el alerta de terremoto. A mi sólo me dio tiempo de decir ‘qué es esto, qué raro’ porque a los 10 segundos comenzó.

Al principio pensé que era un temblor y ya, pero cuando estábamos caminando hacia la puerta, que menos mal estaba abierta, me caí. No me podía mantener en pie del bamboleo tan fuerte.

Finalmente salimos y había paredes caídas. Como las escaleras no se cayeron, pudimos bajar, pero ya del piso 3 en adelante todo era escombros. El edificio quedó súper mal, inhabitable. Nos quedamos sin un sitio para vivir.

Gracias a Dios todos logramos salir y no quedaron vecinos atrapados, a excepción de una que, nos contaron luego, tenía a su hija en el apartamento y logró entrar y sacarla. No hubo víctimas fatales en nuestro edificio. Pero un poco más adelante, donde está el Club Canario, los edificios se derrumbaron por completo.

Nosotros regresamos al edificio el jueves 25 y el viernes 26, y nos arriesgamos a subir al apartamento, para buscar nuestros documentos y el celular de nuestra amiga. También para ver qué podíamos salvar».

Desirée y Carlos permanecieron una semana en la casa de su suegro, en San Bernardino, pero luego una persona que está en Estados Unidos desde hace años, les prestó su apartamento por seis meses, sin cobrarles alquiler, solo pagando el condominio, para que puedan reponerse económicamente.

Ana, La Pastora, en su casa

«El día del doble terremoto me encontraba en mi apartamento. Yo vivo en un piso 3 en Residencias La Pastora, que es un edificio de 9 pisos. Estaba en la habitación principal con mi perrito chihuahua y mis dos gatos, porque iba a ver el partido de fútbol. De repente me empieza a sonar el alerta de terremoto, pero yo me quedé mirando el teléfono porque no entendía. Sí recuerdo que decía ‘6,9’. La verdad es que no pasó mucho tiempo cuando comenzó a temblar.

A mi solo me dio tiempo de lanzarme en el piso con mi perrito abrazado al pecho, al lado de un mueble de madera dura, pensando que, si se caían las paredes, podía protegerme. Los gatos salieron disparados. En ese momento, yo solo pegaba gritos, pidiéndole a Dios que me ayudara.

El sonido era tan estruendoso, de las cosas que caían, de cómo se movía el edificio, que mis gritos no se escuchaban. Cuando logré levantarme, por alguna razón había una maleta tirada ahí, y logré meter a uno de mis gatos en ella.

Tengo una laguna mental de lo que pasó después. No sé cómo logré bajar, pero mi siguiente recuerdo es que aparecí en planta baja con los zapatos puestos, el perro, la maleta con el gato y mi teléfono. Y estaba angustiada por mi otro gato, que se escondió tan bien que no pude localizarlo. Tener que dejarlo solito, me desesperó.

Luego, abajo, tuvimos que esperar muchas horas, aunque nunca se fue el servicio eléctrico ni la conectividad de internet.

Yo estoy de verdad traumatizada y eso que no perdí ningún familiar. Imagínense aquellas personas que perdieron seres queridos, es muy doloroso. Y puedo decir algo: he llorado por gente que ni conozco, y me siento en duelo, emocionalmente afectada por todo lo que estamos pasando los venezolanos».

El edificio de Ana quedó inhabitable. Ella tuvo que mudarse a Maracay, a una hora de Caracas, a la casa de su mamá.

Elia, Hospital Pérez Carreño, La Yaguara

«Ese día era feriado y una amiga y yo fuimos al Pérez Carreño porque mi tía estaba hospitalizada en el piso 10 y queríamos darle un baño. A mi tía acababan de amputarle una pierna y estaba en recuperación. Allá nos encontramos con mi hermano. La bañamos y nos quedamos los tres con mi tía toda la tarde, haciéndole compañía.

Después llegaron unos primos para relevarnos. Casi a punto de irnos, me acerqué a la cama de mi tía y, del otro lado, estaba mi prima. De repente sentí que el piso se movía, así que miro a mi prima y con los labios, para que mi tía no escuchara, le digo: «Está temblando».

El temblor se hizo cada vez más fuerte y mi tía estalló en una crisis de nervios. Nosotros le dijimos que se calmara y empezamos a rezar. De repente sentí un crac durísimo, que venía de los vidrios, y pensé que se iban a caer encima de una paciente de la misma habitación, que acababa de salir de una cirugía abdominal, y de nosotros. También pensé que se iba a caer el edificio.

Cuando paró, los funcionarios de seguridad del hospital mandaron a todos, incluidos pacientes, a desalojar el edificio. Nosotros no sabíamos cómo íbamos a poder bajar por las escaleras y desde el piso 10 a mi tía, que es una señora muy robusta, y que en 15 días no se había movido de la cama. Conseguimos una silla de ruedas y empezamos el descenso. Menos mal que estaba mi hermano, mi primo, mi prima, mi amiga y yo y entre todos la bajamos.

Nos llevaron al estacionamiento, donde había muchos pacientes ya, supongo que de los pisos inferiores. En eso empezó a lloviznar y decidimos que no íbamos a dejar a mi tía ahí porque ¿cómo la iban a subir de nuevo? Decidimos llevarla a su casa, en Vista Alegre. Fuimos a pie ya que no pudimos sacar los carros, y con el riesgo que nos atropellaran porque la gente estaba como loca, y también había muchas ambulancias.

Fue un día terrible».

La tía de Elia se quedó varios días en su casa, hasta que pudo volver al hospital, después que pasó la mayor parte de las réplicas y se comprobó que el edificio del Pérez Carreño era seguro.

Daniela, Las Esmeraldas, en su casa

«Ese día estaba en la cocina de mi casa, hablando por teléfono, con el altavoz, con mi papá. En medio de esa conversación escuché una alarma extraña en su teléfono, que es un Android. Y él me dijo ‘ya va, que me está sonando un pito raro’ y leyó en voz alta el mensaje: ‘Alerta de terremoto, prepárese para agacharse’, pero yo no lo tomé en serio porque pensé que era un mensaje de su teléfono cuando él estuvo viviendo en Chile.

Apenas mi papá terminó de leer esa frase, empecé a sentir que el piso está haciendo olas debajo de mis pies. Yo vivo en un apartamento en el piso 6. Me di cuenta que sí estaba temblando aquí. Con el teléfono en la mano, y la llamada activa porque nunca se cortó, salí corriendo a abrir la puerta y la reja del apartamento, que son de seguridad, para que no se queden trancadas. Allí me quedé en el umbral de la puerta, llamando a mi hija y a mi esposo, gritándoles, pero ellos nunca me escucharon por el rugido de la tierra, que ellos oyeron pero yo, la verdad, no.

En eso, dejé de sentir el movimiento en forma de ondas y sentí un sacudón indescriptible y veía cómo las paredes se inclinaban y lo que pensé fue «se nos cae el edificio». Fue impresionante ver cómo las paredes del hall del apartamento se inclinaban por los menos unos 20-30 grados para un lado, y se iban para el otro. Me pareció un momento interminable.

Finalmente mi familia pudo llegar al umbral de la puerta, mientras yo trataba de mantenerme en pie, cosa que era bien difícil. Salimos corriendo por las escaleras y a medida que bajábamos, yo iba viendo cómo se agrietaban todas las paredes. Fue una sensación de muerte inminente. Afortunadamente, llegamos bien a planta baja, el edificio resistió, solo tiene daños en paredes, ni en vigas ni en columnas.

En el edificio todos quedamos ilesos, gracias a Dios, pero fue una experiencia que nos traumó. Para nosotros ha sido un antes y un después. Fue horrible».

Víctor y Verónica, Tanaguarena, en su casa

«Estábamos en el piso de arriba del apartamento, arreglando unos muebles, cuando sentimos que comenzó a temblar. Nos paramos juntos y, cuando sentimos que aminoró un poco, bajamos rápidamente a la puerta de entrada, para poder ir a planta baja. Pero estando ahí, empezó todo a moverse sin control. Luego supimos que bajamos durante la pequeña pausa que hubo entre los dos terremotos.

Ya teníamos la puerta abierta y nos quedamos debajo del marco. Yo estaba muy asustada, y sólo gritaba y le pedía ayuda a Dios. Mi esposo no gritaba pero luego me dijo que vio cómo el edificio hizo un giro y pensó que así es cómo nos había tocado morir.

El edificio resistió. Junto con otros vecinos, bajamos a planta baja. Son pocos pisos. Víctor y yo decidimos caminar para ir a las casas de nuestros amigos, a ver cómo estaban. Ya por mi zona la cosa era desoladora, pues un edificio que estaba diagonal a nosotros se desplomó y los de al frente, aunque no colapsaron, quedaron muy dañados.

Caminamos hasta Caraballeda, impactados con lo que veíamos, que era cada vez peor. Llegamos a casa de una amiga y la encontramos con su esposo sentados llorando en lo que eran las ruinas de su edificio. Me contó que ellos dos habían salido a ver el juego de fútbol en un restaurante cercano pero sus hijos, de 15 y 18 años, prefirieron quedarse en la casa. Después del terremoto salieron corriendo hacia el edificio y lo encontraron colapsados. No sobrevivieron.

Y así como esa, encontramos muchas historias muy tristes. A mi esposo lo llamó un amigo para que lo ayude a mover escombros en otro edificio, y ahí estuvimos varios días. Dormimos en planta baja varias noches. Cuando fue el alerta de tsunami, que al final resultó ser falsa, vimos cómo nuestros vecinos de al frente y de al lado subían hacia el cerro, así que nosotros fuimos también. Esa noche dormimos allí».

Su edificio sólo sufrió daños de mampostería e incluso logró la etiqueta de habitabilidad. Pero Virginia y Víctor permanecen entre su casa y la de familiares y amigos en Macuto y San Antonio de Los Altos porque aún es difícil movilizarse y ellos deben trabajar en Caracas.

Giuliana, Los Dos Caminos, en su casa

«Yo acababa de llegar a la casa, tendría 5 minutos. Mi esposo acababa de encender el televisor para ver el juego de Brasil pero me acompañó a la cocina para ayudarme a guardar unas cosas que había comprado, mientras yo le contaba que me había bajado del ascensor antes de tiempo y había tenido que subir 5 pisos. Imagínate, yo protestando por esa tontería sin saber el desastre que estaba por venir.

No habíamos terminado de guardar las cosas, cuando sentí que el piso se movía. Le dije: «Vente, está temblando» y nos pusimos los dos, agarrándonos del brazo, debajo de una columna de soporte, entre la sala y la terraza. El movimiento se hizo tan fuerte tan rápido, que enseguida me di cuenta que ese era el terremoto que llevábamos tanto tiempo esperando, del que siempre los sismólogos decían que estaba ‘atrasado’. Yo vivo en un piso muy alto, el 29, y como el edificio tiene bases antisísmicas que se mueven al ritmo de la tierra, se siente más.

Empezaron a caerse todas las cosas alrededor. Vi cómo se cayeron primero unos cuadros, después se abrieron varios armarios del comedor y la cocina y todo se cayó al piso. Se escuchaban cosas rompiéndose en surround, incluso por las habitaciones. Llegué a pensar que no podríamos sostenernos en pie. Luego mi esposo me contó que notó que la terraza (hacia donde él veía) giró parcialmente y regresó a su lugar. Pensó: ‘Este edificio se va a derrumbar’.

También se cayeron muebles, aunque los teníamos anclados a la pared (precisamente, previendo la eventual llegada de un terremoto). Pero el movimiento fue tan fuerte que desprendió tres: una biblioteca en el cuarto de servicio, una en la terraza de mi habitación y un mueble en la sala. Ese cayó sobre un sofá con brazos gruesos de madera y lo partió. En la grieta hay un vidrio clavado, que no puedo sacar.

Una de las cosas que más me impresionó cuando el ruido cesó fue escuchar los gritos de las personas abajo. Ya el terremoto había pasado, pero seguían gritando, en pánico. Es que fue realmente aterrador.

Cuando dejó de temblar lo primero que hice fue correr al cuarto a buscar el celular y enviarle un mensaje a mi hijo, que vive en Nueva York, y a mi mamá en Madrid: ‘Terremoto. Estamos bien’. No sabía si las comunicaciones se iban a cortar. Pero no pasó. Pudimos incluso hablar con ellos, varias veces.

Mi edificio no sufrió daños estructurales, pero los apartamentos tienen daños de mampostería. En mi casa varias paredes quedaron agrietadas y una, la del clóset de mi esposo, con un hueco. Y muchísimas cosas rotas, que recogimos poco a poco.

Pero eso no es nada comparado con lo que han sufrido tantas otras personas. Una familia que aprecio mucho perdió a su hijito de 5 años y a su abuela, otra a su hija de 11. Una buena amiga perdió a nueve personas de su familia, incluyendo los niños de la panadería La Almendrina, que eran sus primitos. Y así, tantas historias conocidas. He ido tres veces a La Guaira, y al ver los edificios desplomados imagino la desesperación de quienes vivieron eso. He estado muy triste todo este mes, no tengo ganas de hacer nada, me limito a trabajar y ya. No sé cómo nuestro país va a superar tanto dolor».

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