“Backrooms” de Kane Parsons: cómo un youtuber de 20 años le ganó el pulso a Hollywood
Un chico que filmaba monstruos en su cuarto ahora dirige a nominados al Oscar para una de las distribuidoras más respetadas del cine independiente. Algo ha cambiado en Hollywood y para bien. Pero sobre todo, ‘Backrooms” demuestra que el terror sigue siendo el trampolín ideal para el nuevo talento en el séptimo arte
“Backrooms” de Kane Parsons no es una película sencilla de ver y, en realidad, podría resultar confusa o incluso incomprensible para buena parte del público. Pero a pesar de eso, la cinta tiene algo de lo que pocas producciones de terror pueden presumir: una arrolladora y perturbadora personalidad. La premisa, que indaga en la creepypasta sobre una dimensión alternativa en la que cualquiera puede entrar pero nadie puede salir, impacta por necesidad.
Eso, debido a que toma el imaginario de internet sobre el tema y lo transforma en una estructura visual sólida, que además se interconecta en una visión contemporánea del miedo. Lo que asusta es mucho más que una colección de jumpscares. Antes que eso, el terror de “Backrooms” analiza las obsesiones de la época para crear un discurso que indaga sobre la paranoia y la sustancia misma de la realidad. Una cuestión que la cinta plantea como una grieta en la percepción, pero que también vincula a la idea de ocultamientos de la verdad, megaconspiraciones y otros horrores del siglo.
La cinta parece comenzar casi de manera sencilla. La historia, ambientada en una tienda de muebles en apuros, parece ser el escenario cotidiano de toda cinta de terror que se precie y más, una de A24: un terreno misterioso del que se sabe poco. Clark (Chiwetel Ejiofor) el dueño, es un hombre que pasa por dificultades económicas que no se explican del todo, pero que en el 1990 en que transcurre la película, parecen estar relacionadas con la quiebra financiera. Un día encuentra un portal, pero no se trata de un evento metafórico. Kane Parsons, que por casi un lustro dirigió cortometrajes sobre la leyenda urbana de los backrooms, sabe qué hacer para presentar la idea de manera novedosa pero sencilla.
Por lo que Clark encuentra que en la mitad de su muy vulgar tienda hay un agujero en la realidad que lleva a un espacio de oficinas abandonadas. Uno además, en el que las sillas se fusionan con el suelo y los pasillos se doblan sobre sí mismos sin llegar nunca a ningún sitio.
Parte del éxito de “Backrooms” es jugar con inteligencia, con la imaginaria de Internet sobre el tema, pero transformándolo en otra cosa por completo distinta. Parsons trabaja sobre la idea de un mapa de una realidad alternativa, que se reconstruye y se hace cada vez más terrorífica a medida que Clark, el observador y víctima, se aleja y termina perdido en las profundidades del horror. Es entonces cuando la película toma impulso, se construye como una idea perentoria y convertida en una subversión de la realidad.
Todo se vuelve peor en “Backrooms”
Finalmente, Clark desaparece. Por lo que, en otro giro bien construido, la trama se enfoca en su terapeuta, Mary (Renate Reinsve), que termina atrapada en ese mismo lugar en un intento de buscar a su paciente. La película decide no contarlo todo desde el principio, y esa opción tiene sus costes y sus recompensas. Por lo que hay mucho de indagar en una especie de gran trampa macabra que se hace más complicada a medida que Mary, avanza a través de ella.
Parsons utiliza la precariedad (un solo escenario, dos personajes) a su favor. Por lo que los primeros diez minutos están rodados con una videocámara doméstica de los noventa, el mismo formato que usó Parsons en su serie web original, algo que brinda a “Backrooms” una personalidad única y una capacidad sorprendente para analizar su propio universo que sorprende por su buen hacer y su elegancia estética. Además, el efecto es inmediato y resulta un pacto silencioso con el espectador: todo lo que ves viene de nuestro mundo, pero es otra cosa.
A pesar de eso, el formato de metraje encontrado no dura toda la película, lo cual es una decisión inteligente. Parsons sabe que ese recurso tiene una fecha de caducidad narrativa y lo usa con inteligencia para analizar el subtexto que “Backrooms” sostiene con habilidad: esta es una leyenda urbana de internet y como tal, conserva esa huella de una especie de idea colectiva sobre el terror. De modo que la ambientación en los noventa aporta una textura nostálgica que resulta incómoda de formas muy específicas, como si el pasado fuera el lugar más peligroso al que uno puede regresar.
Danny Vermette y el arte de iluminar lo que no deberíaverse
Claro está, una película que transcurre en pasillos interminables y oficinas vacías podría haber optado por la oscuridad como recurso fácil para narrar su historia. Pero por sorprendente que parezca, “Backrooms” hace exactamente lo contrario. Danny Vermette, diseñador de producción que ya dejó su firma en “Longlegs”, construye para la cinta un universo visual donde el horror no se esconde en las sombras, sino que aparece bajo luces fluorescentes brillantes. Eso cambia radicalmente la experiencia de miedo.
No hay rincones oscuros donde proyectar el pánico, sino que todo está expuesto, iluminado y visible. Una técnica que Ari Aster utilizó en “Midsommar”, pero que aquí se analiza como la idea de que los personajes están siendo observados como ratones de laboratorio. Todo en el camino que recorre Clark y después Mary parece corriente. Y aun así, algo está mal. De hecho, la película juega con la sensación de que el mundo que se muestra en pantalla debería ser reconocible, casi cotidiano, pero tiene demasiados detalles ligeramente incorrectos para demostrar que no lo es.
Vermette entiende el concepto a fondo y ensaya con una idea visual interesante que se hace cada vez más perturbadora: Los pasillos no parecen de película. Parecen de algún lugar que el espectador ha visitado alguna vez y preferiría no volver a recordar. Por lo que la claustrofobia no viene del espacio reducido, sino de la certeza de que no hay salida posible aunque todo parezca abierto. Un truco siniestro que brinda a la película sus mejores momentos.
Una nueva era para el cine deterror
Internet fabrica sus propios monstruos, y Hollywood parece haberlo descubierto en la última década. En 2023, los hermanos Philippou demostraron con “Talk to Me” que el terror podía venir de un canal de YouTube sin perder ni un gramo de tensión real. Seán McLoughlin, conocido como Jacksepticeye en sus años de gloria como creador de contenido de videojuegos, ya tiene en marcha una producción para Sony basada en “Bloodborne”. En 2026, el fenómeno se ha multiplicado de golpe: Mark Fishbach presentó “Iron Lung” y Curry Barker rodó “Obsession” y devolvió al terror su identidad como cine de guerrilla que puede cautivar y triunfar con pocos recursos.
Pero “Backrooms” va más allá y parte de su éxito radica en que no solo es un experimento, sino que además es una brillante alegoría sobre los miedos colectivos construidos a partir de internet como gran memoria masificada. No es un detalle menor que su director tenga apenas 20 años y que esa juventud sea parte del conocimiento profundo sobre Internet como territorio de horrores, algo que hace de “Backrooms” algo más que un experimento afortunado y sí, una idea más cercana al miedo y a la belleza de un tipo de cine creado para perdurar.