Muchas razones para no ver "Estado eléctrico" en Netflix
La nueva película de los hermanos Russo intenta combinar distopía y drama en un road trip a través de una Norteamérica apocalíptica. Pero “Estado eléctrico” naufraga debido a un pésimo guion y actuaciones mediocres
Hace menos de una década los hermanos Russo se volvieron parte de la cultura pop por una razón: convertir el cine de superhéroes y por añadidura el de acción, en algo más que entretenimiento. Primero con “Capitán América: Civil War” (2016) y después con “Avengers: Infinity War” (2018) y “Avengers: Endgame” (2019), unánimemente reconocidas como los grandes eventos de Marvel de la década. El dúo de directores logró que el espectáculo visual funcionara al servicio de un argumento interesante, un precario equilibrio que intentan alcanzar de nuevo en “Estado eléctrico” de Netflix, sin lograrlo en ninguna forma.
¿El principal problema? Que esta distopía con aires de melodramón tiene problemas para incluso resultar un espectáculo atractivo, más allá de su elenco.
El guion de Christopher Markus y Stephen McFeely — basado en la novela homónima de Simon Stålenhag — explora en un universo alternativo en el que, durante la década de 1990, los robots buscan sus derechos como criaturas racionales. La situación es complicada y socialmente tensa, pero en lugar de explorar en ella, el argumento se interesa en Michelle (Millie Bobby Brown) y su hermano Christopher (Woody Norman), un prodigio matemático en ciernes que para sorpresa de nadie, tendrá un papel preponderante en el turbio futuro que se avecina.
Pero la cinta es torpe en narrar un escenario semejante y se limita a hacerlo cada vez más complicado. Cuando la previsible guerra entre robots y humanos estalla, el escenario se vuelve una confusa carnicería de piezas metálicas mostradas en pésima edición. Todo empeora cuando en lo más cruento del conflicto surge un proceso neurológico llamado Neurocasting, que permite a los seres humanos trasvasar su conciencia a cuerpos robóticos.
A pesar de lo interesante que pueda resultar ese punto, al argumento no le interesa dar detalles del proceso. De modo que la acción sigue con rapidez la forma como la novedad tecnológica se convierte en un peligro. Porque aunque permite al hombre vencer a la máquina, la ironía es que convierte a los usuarios en dependientes de la mecánica para subsistir.
Claro está, en este mapa de desastres sucesivos el mundo que describe la trama termina por convertirse en una región periférica y arrasada. No obstante, la película no tiene el ingenio para mostrar el panorama más allá de paisajes parecidos al libro en el que se basa -del autor sueco Simon Stålenhag-, pero carentes por completo de su alma y sustancia. Se echa de menos que logre al menos imitar la capacidad de Stålenhag para dotar a la ciencia ficción de un corazón y un espíritu subversivo. En lugar de eso, los Russo transforman a su película en postales distópicas sin nada que ofrecer. Aun así, todavía lo peor no llega.
«Estado eléctrico» pudo ser más
De pronto la trama da un salto de cuatro años, para mostrar otra vez a Michelle convertida en una mujer que enfrenta la adversidad. Ya sea por las carencias de guion o porque Brown no tiene el registro histriónico para explorar en su personaje, esta heroína de un futuro en escombros, es unidimensional, predecible y plana. Y cuando la historia intenta brindarle la estatura de una líder natural en pleno crecimiento, no resulta creíble y mucho menos atractiva.
En especial, porque es un personaje que debe lidiar con los matices de lo que puede ser cierto o no. El argumento deja claro que tanto los padres de Michelle como Christopher murieron durante la guerra, solo para después hacer su gran descubrimiento insulso. El hermano en cuestión no falleció, sino que se encuentra vivo y a merced de los enemigos de la raza humana. O en eso insiste un robot rebelde, que decidido a hacer el bien, ofrece a Michelle la oportunidad de encontrar al joven. No obstante, la película es en exceso torpe como para que este misterio o cualquier otro resulte interesante.
El giro de argumento parece más artificial que necesario. No ayuda demasiado que Brown aporte poco o nada a Michelle, que atraviesa la gran misión de su vida sin entusiasmo y tan cerca del aburrimiento que resulta vergonzoso. A esta improvisada misión de rescate se une Keats (Chris Pratt), que se limita a repetir su papel de Star Lord en Marvel, solo que con más cabello y menos líneas ingeniosas. A este le acompaña Herman (con la voz de Anthony Mackie), un robot con humor malévolo que resulta lo más destacable en mitad de esta travesía insípida y desordenada.
El mayor problema de la historia es lo tediosa y confusa que resulta. Y sorprenden los numerosos cabos sueltos que deja a su paso y la incapacidad del argumento para brindar respuestas imaginativas a sus dilemas morales. “Estado eléctrico” se esfuerza en parecer divertida e incluso relevante, sin que tenga nada que le brinde una dimensión semejante. A la película le falta nervio y entusiasmo para ser algo más que un paseo por un universo a medio acabar que no lleva a ninguna parte.
Para su tercer tramo, “Estado eléctrico” mostró sus mejores cartas, por lo que la conclusión parece forzada, artificiosa y perezosa. Mucho más cuando es evidente que al paso del grupo de personajes quedan una serie de historias abiertas que habrían brindado mayor cuerpo o sentido a la película.
Pero nada de eso ocurre. Con sus más de dos horas de duración y 320 millones de dólares de presupuesto, desconcierta lo trivial de este experimento de Netflix. En específico, cuando todo parece indicar que la plataforma intenta — otra vez — abrir las puertas a un mundo con la capacidad de ser explotado hasta la saciedad. Solo que “Estado eléctrico” termina siendo un pasatiempo olvidable. Un defecto cada vez más común en las producciones del servicio por suscripción.
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