En "Camina o muere" está el monstruo más espeluznante de Stephen King
“Camina o muere” (2025) parecía destinada a permanecer en la lista de proyectos imposibles, pero Francis Lawrence demuestra que incluso una premisa minimalista puede transformarse en un relato absorbente
En “Camina o muere” (2025), Francis Lawrence convierte a la novela homónima de Stephen King en un terreno en que la esperanza desaparece casi de inmediato. La distopía -que el autor escribió a los 19 años y fue publicada en 1978- tiene mucho de la angustia implacable y hostil de la pérdida. Los personajes, obligados a matar o a morir en un futuro en el que la vida no tiene valor, son tan jóvenes como para luchar por la posibilidad de revertir el horror. Solo que no lo logran. Y gran parte del argumento de la película se apoya en esa desolación absoluta.
Tal vez por eso, la novela “Camina o muere” (The Long Walk) fue considerada un proyecto imposible de llevar a la pantalla grande. La historia escrita por Stephen King bajo su alias Richard Bachman, parecía destinada a permanecer en las páginas. Varios directores intentaron adaptarla y todos fracasaron. George Romero quiso filmarla en los años ochenta, sin éxito. Más tarde, Frank Darabont, responsable de algunas de las mejores adaptaciones de King, como “Cadena perpetua” y “La niebla”, mantuvo los derechos durante un largo tiempo hasta que los perdió.
Posteriormente, André Øvredal fue contratado, pero tampoco logró sacarla adelante. Finalmente, el elegido fue Francis Lawrence, director con experiencia en la franquicia de “Los Juegos del Hambre”. Su historial lo hacía un candidato ideal para un relato centrado en jóvenes obligados a participar en una competencia letal y para dirigir una historia que es mucho más una tragedia sin mensaje que una historia con moraleja.
De modo que Lawrence apuesta por un enfoque directo, centrado en los personajes y en cómo procesan la experiencia, y gracias a esa decisión la película consigue generar tensión, emoción y una inesperada sensibilidad. Contra todo pronóstico, el resultado no solo es convincente: se ubica entre lo mejor del cine de terror del año.
La cinta, ambientada en un futuro en el que Estados Unidos se recupera de una guerra devastadora, es desoladora por necesidad. Lawrence convierte el relato de King en un retrato del horror discreto. Las secuelas de una catástrofe inquietante están por todas partes. La peor: la pobreza ha llevado al gobierno a instaurar un concurso macabro en el que cincuenta jóvenes, uno por cada estado, deben caminar sin descanso a un ritmo fijo hasta que solo quede uno.
Quien gane recibe dinero y la promesa de cualquier deseo cumplido. Este año, entre los competidores se encuentran Ray Garraty (Cooper Hoffman), un joven aparentemente común; Peter McVries (David Jonsson), con un carácter idealista; Stebbins (Garrett Wareing), calculador y metódico; y Gary Barkovitch (Charlie Plummer), cuya actitud agresiva lo vuelve el antagonista entre los caminantes.
Todos ellos están vigilados por el Mayor (Mark Hamill), figura implacable que supervisa el evento con una frialdad absoluta.
La premisa es en apariencia simple, pero la crudeza del ritual y el retrato de quienes participan hacen que el espectador no pueda apartar la vista. El país carece de toda esperanza y bonanza, por lo que lo único que puede brindar es un homenaje a los caídos y un premio al concursante más fuerte.
Una novela desoladora
Claro está, adaptar una novela tan sombría presentaba un reto considerable. A primera vista, parece que solo se trata de caminar sin parar hasta morir, lo que podría volverse repetitivo en una película de larga duración. Sin embargo, Francis Lawrence y el guionista JT Mollner consiguen darle dinamismo.
En lugar de concentrarse en la acción externa, ponen el énfasis en las interacciones, en los vínculos que los personajes construyen a medida que avanzan, y en los conflictos internos que surgen en el grupo. Cooper Hoffman entrega una actuación sólida como Ray Garraty, transmitiendo la vulnerabilidad de un chico que se convierte en líder a la fuerza.
David Jonsson, como Peter McVries, funciona como contrapunto esperanzador, aportando energía en los momentos más oscuros. Sus diálogos, cargados de emoción, consolidan la relación entre los llamados “Mosqueteros”: Garraty, McVries, Hank Olson (Ben Wang) y Arthur Baker (Tut Nyuot).
Pero “Camina o muere” no pretende ser enaltecedora o brindar una moraleja que conduzca al optimismo. De la misma forma que en la novela, las muertes son rápidas, violentas y relatadas con un realismo que incomoda. Cada caída de un participante es un recordatorio brutal de que no hay escape. No se trata de gore gratuito, sino de un impacto directo que duele porque previamente se ha establecido una conexión con los personajes. Esa construcción narrativa impide que el público perciba las muertes como espectáculo vacío.
Generan tristeza, angustia y un miedo persistente. Por lo que “Camina o muere” encuentra su fuerza en mostrar cómo los jóvenes reaccionan frente a la desesperanza: algunos intentan bromear, otros se rebelan, varios se aferran a la amistad como única tabla de salvación. El terror surge menos del escenario distópico que de la forma en que los chicos enfrentan la certeza de su destino.
El dolor, el horror, lapérdida
El cine de terror suele reducir a los adolescentes a simples víctimas destinadas a ser aniquiladas. “Camina o muere” da un paso distinto: aquí los competidores son protagonistas de un relato donde la humanidad se coloca en primer plano. Vemos sus amistades, sus discusiones, sus sueños rotos y su resistencia. Esa atención a lo humano multiplica el peso de cada pérdida.
Gracias a un reparto en estado de gracia, un guion que entiende el valor de la intimidad y una dirección firme, la película logra algo peculiar: es a la vez un thriller angustiante y una reflexión sobre el poder, el sacrificio y la violencia estructural. Entre todas las adaptaciones recientes de King, esta se eleva por encima de muchas, consolidándose como una obra que no solo impresiona en el momento, sino que deja un eco incómodo mucho después de abandonar la sala.
King siempre ha alternado entre monstruos sobrenaturales y horrores humanos. Sus criaturas más famosas, como Pennywise de It o el espectro del Hotel Overlook en El resplandor, han definido gran parte de su legado. Sin embargo, la otra cara de su obra está marcada por personajes profundamente humanos, villanos sin poderes mágicos, pero capaces de producir un terror igual o mayor. En esta ocasión, el enemigo a vencer es el poder, un terrorífico sistema que canibaliza el futuro con voracidad. Un monstruo más espeluznante — y realista — que cualquier otro que el maestro del horror pudo concebir jamás.
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