¿Que hace una delivery venezolana en "El Eternauta"? Sobrevivir, como siempre
En la adaptación de Netflix de "El Eternauta", una delivery venezolana y un joven chino logran lo impensable: escapar del cliché y convertirse en personajes con carne, miedo, coraje y rol. Esta no es una historia sobre inclusión forzada. Es una historia bien contada
En Argentina saben contar historias. Desde el tango con su épica íntima hasta las novelas de Sábato, Cortázar, Arlt y Borges. En el cine lo hacen con la precisión de Bielinsky, el sentimentalismo de Campanella, y el humor mordaz del dúo Cohn-Duprat, que en «El ciudadano ilustre» o «El hombre de al lado» transforman la cotidianidad en crítica social brillante. Y ahora, también desde las plataformas de streaming: «Nada», «El encargado», «División Palermo»… y «El Eternauta».
Esta adaptación de la historieta que Oesterheld y Solano López crearon entre 1957 y 1959 logra algo notable: sumar al imaginario actual sin traicionar la esencia del relato.
Entre los personajes que sobreviven en una Buenos Aires tapada de nieve radioactiva, están Ingrid «Inga», una delivery venezolana (Orianna Cárdenas), y Pablo, un joven de origen chino. Dos figuras que podrían haberse quedado en el cliché urbano post-2015, pero la serie los toma en serio: les da contexto, humanidad, desarrollo. Y lo hace sin caer en el panfleto, algo especialmente raro cuando se trata de minorías aún incómodas para el mainstream, como una veneka delivery o un chino de barrio.
Podrían haber sido caricaturas útiles para marcar el «paisaje social» de una ciudadweb fragmentada, pero terminan siendo personajes con arco, con emociones genuinas, con una lógica interna que no depende de su estereotipo. La repartidora no está ahí solo para decir «pana» o «chévere» cada tres frases: está ahí para proteger, para sentir, para asustarse. Y Pablo, que comienza casi como un fondo borroso, termina siendo engranaje vital en la resistencia. Porque eso es lo que hace la ficción cuando está bien escrita: convierte etiquetas en sujetos.
Orianna Cárdenas es «Inga» en «El Eternauta»
Los mismos que hoy se indignan por una sirena negra jamás se molestaron con Rafiki, el mandril africano que habla en proverbios y ríe solo. Un estereotipo reciclado del llamado magical negro, ese personaje racializado que aparece para iluminar al protagonista blanco y luego se desvanece sin historia propia. En «El rey león», Rafiki es la versión Disney del sabio tribal colonizado: no tiene familia, ni comunidad, ni propósito más allá de devolver al príncipe exiliado a su trono. Y eso, curiosamente, nunca molestó. Porque no está ahí para incomodar: está ahí para servir. Lo que molesta no es la fantasía: es que esa fantasía deje de girar en torno a ellos.
Existe una diferencia entre hacer diversidad como checklist o como dramaturgia. Lo primero produce personajes vacíos, que existen solo para que nadie se queje. Lo segundo, como en «El Eternauta», produce historias vivas, donde la inclusión no se grita: se encarna. Porque sí, hay representación, pero no es gratuita: tiene conflicto, tiene rol, tiene carne.
La ficción no está para confirmar el mundo tal como es, sino para imaginar lo que podría ser. O como decía Oesterheld —desaparecido por la dictadura militar en 1977 junto a sus cuatro hijas—: «El verdadero héroe colectivo no es el individuo carismático, sino el pueblo». Y ese pueblo, en 2025, se parece bastante más a esa mezcla caótica, dolida y entrañable que vemos en la serie, donde un chino, una venezolana y varios argentinos —de distintas clases, edades y pasados— pueden compartir trinchera.
«El Eternauta» lo entendió. Lo contó. Y lo mostró con elegancia y tino.
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