
Hay algo empalagoso, histriónico, en los gritos de patria o muerte de la revolución. Es como una muerte campaneada con un vaso de whisky Johnnie Walker, Blue Label, al borde de una piscina de hotel, una muerte sin horror, sin sentimiento, mediática. La revolución bolivariana, no importa el esperpento, ha instalado la necrofilia como lineamiento de mando, como forma de dominación y gobierno.