Venezuela

Navidad en Venezuela, entre la sequía y la ilusión

La desesperanza es un cable a tierra. Nadie ha logrado nada verdadero gracias a la providencia. La esperanza en cambio es la rebeldía del estoico. Una flama que vuelve a levantarse después del huracán, sin que nadie pueda explicar por qué, si en ruinas, razones hay pocas para ilusionarse.

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FOTOGRAFÍA: DAGNE COBO BUSHBECK

Pero somos así. Sequía e ilusión. Los venezolanos padecemos como nadie que la realidad insista hasta mostrarnos la aberración de presente que construyeron nuestros errores, y ante tanta ignominia, la imposibilidad de creer nos produce un dolor inédito en nosotros, que siempre hemos vivido con un entusiasmo sobrenatural, inexplicable, irresponsable.

Este año no nos reconocemos. Nadie sabe qué hacer de tanto comprendernos sin poder conjugar idea que sea creíble para salir del marasmo. Ya desconfiamos hasta de las ilusiones. El mañana parece secuestrado. Ninguna palabra donde quepa la esperanza está permitida. Creer, como le ocurre a los resentidos, quedó al margen, está mal visto.

Si no, seríamos psicópatas, masoquistas. Perversos, además de infantiles.

Sentir dolor y escepticismo no es sino el día siguiente natural de quien comprueba en carne propia que la luna no es pan de horno, que la riqueza no se decreta, que la ética no la regalan, que la culpa no era de los demás.

Los héroes justicieros son una metáfora de cuentos, no un plan de ciudadanos. Los ciudadanos trabajan, suman, restan, confían en si mismos, cumplen normas que han acordado. No regalan su destino a profetas embebidos en su propio espejo.

Regalarle al destino a los Dioses casi siempre nos deja en manos de madrastras capaces de negociar a sus adeptos con tal de enriquecer infinitamente su siempre insuficiente fortuna.

Darnos cuenta de que el otro, en la humildad, aunque sea distinto, vale tanto como uno, es la única salida. La larga. La incierta, la que no es mágica. La que produce cansancio. La que se conforma con negociar. La que concede el poder al consenso común.

Así de poco poderosos somos.

Así, después del incendio., con los vidrios rotos, caminando por las ruinas del país que fuimos, encontramos la esperanza, inexplicable. Mínima, pero presente. Ella no necesita que la nombremos para estar ahí.

“Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún fundamento”, decía Wislawa Szymborska. Las explicaciones la profanan, la convierten en un medio al fin de poderes interesados. Pero ella sigue ahí, incomprensiblemente, aún en los momentos más oscuros.

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