¿Es un punto de no retorno el discurso de Trump en la ONU?
Tras la participación de Donald Trump en la ONU hablando de diversos temas internacionales y dirigiendo duros mensajes al gobierno de Nicolás Maduro, ¿qué viene ahora?

Tras la participación de Donald Trump en la ONU hablando de diversos temas internacionales y dirigiendo duros mensajes al gobierno de Nicolás Maduro, ¿qué viene ahora?

Si cualquier otro mandatario de Estados Unidos hubiese usado el escenario de una intervención en la ONU para referirse, como se dice popularmente “con pelos y señales”, al gobierno de Nicolás Maduro, el acto siguiente hubiese sido una acción militar. Hablar de que se va tras el mandatario de un gobierno de otro país en el máximo escenario de multilateralismo es en sí un mensaje muy diáfano.
Pero fue Trump quien habló en la sede de Naciones Unidas en Nueva York y es justamente el presidente un gobernante que se caracteriza por decisiones sorpresivas. Trump se precia de su impredecibilidad. En este texto de El Estímulo se pueden leer algunas de las frases de Trump en la ONU este 23 de septiembre.
Tras el mensaje de Trump en la ONU participé de una reunión con colegas politólogos, periodistas y analistas políticos, dentro y fuera del país. Partimos de la pregunta de si se estaba ante un punto sin retorno. En general la percepción es que sí, que este discurso público en un escenario global puede leerse como un “las cartas están echadas”. Aunque se refirió al enorme poder militar de EEUU, ciertamente no existe claridad sobre qué será lo que sigue.
El despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe, inicialmente presentado como una operación antidrogas, ha alcanzado dimensiones que sugieren intenciones más amplias. Según el politólogo venezolano Walter Molina, Estados Unidos había desplegado hasta este martes una fuerza que comprendía cinco destructores (incluido el USS Stockdale), un crucero (USS Lake Erie), un submarino nuclear, tres buques anfibios, un Littoral Combat Ship, unidades logísticas y de Guardia Costera, cazas F-35 y Harrier, helicópteros de ataque y transporte, Osprey, drones Reaper y aviones de patrulla y reabastecimiento, con capacidad para lanzar 170 misiles Tomahawk.
Este arsenal, según diversos medios de prensa y fuentes especializadas en defensa, ha sido descrito como el mayor en la región en décadas. Y lógicamente ya había encendido las señales de alarma en el Palacio de Miraflores, en Caracas, desde donde la respuesta al discurso de Trump ha sido dejar sobre la mesa la intención de decretar el estado de conmoción interna. Una decisión esbozada pero aún no oficializada.
Este fin de semana, el diario The New York Times informó que -según fuentes militares y gubernamentales- efectivos estadounidenses podrían estar operando en territorio venezolano y que Washington estaría considerando “acciones focalizadas” contra el régimen de Maduro.
Estas revelaciones, aunque no confirmadas oficialmente, han alimentado especulaciones sobre una posible intervención limitada, como ataques selectivos a infraestructura clave o figuras del chavismo. Si bien ha sido constante presencia, en las últimas semanas, de Maduro y Venezuela en los mensajes de Trump, esto va acompañado de una ambigüedad que se resume en esta respuesta a un periodista, el pasado domingo: “No quiero decirlo, veremos lo que sucede con Venezuela”.
Esto, para observadores políticos, refuerza la percepción de que Estados Unidos mantiene abiertas todas las opciones, desde la presión diplomática hasta una acción militar.
Sin certeza de qué hará exactamente EEUU, ni de cuándo sucederá esto, pese a que proliferen en redes sociales pronosticadores sobre el tema, es difícil imaginar que el despliegue naval y armado en el sur del Mar Caribe se vaya a sostener por un período prolongado, y junto a eso, tampoco podría suponerse que, tras este despliegue y la andanada de mensajes y amenazas públicas de la Casa Blanca hacia Maduro, los buques darán la vuelta a casa sólo mostrando algunas lanchas de drogas atacadas.
El futuro de Venezuela pende de un hilo, y ese hilo está en manos de un presidente al que le gusta ser visto como impredecible.