Venezuela

Después de las midterms, ¿qué viene en la relación entre Venezuela y EEUU?

Tras la contundente derrota republicana en las elecciones de medio término, el debate sobre el futuro de la relación entre Estados Unidos y Venezuela se ha intensificado entre analistas, activistas y observadores. La pregunta central gira en torno a sí habrá cambios una vez que asuma el nuevo Congreso estadounidense

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Un Congreso dominado de forma amplia por el Partido Demócrata será el contrapeso institucional a la administración de Donald Trump a partir de enero de 2027 y generará una nueva dinámica en el tramo final del actual gobierno. Sin que Venezuela sea el eje central de la interacción entre los poderes Ejecutivo y Legislativo en EEUU, el tutelaje que ha venido ejerciendo Washington desde el 3 de enero de 2026 también se verá afectado.

Tras las elecciones del 3 de noviembre, las opiniones y percepciones de analistas, activistas y observadores en redes sociales y medios no son uniformes. En verdad tienden a oscilar entre el optimismo moderado, sobre una mayor fiscalización del Congreso sobre lo que hace el gobierno de Trump en su inédita alianza con el gobierno interino de Delcy Rodríguez, y el escepticismo sobre la capacidad real del Legislativo para influir en decisiones de política exterior que, históricamente, han recaído en la Casa Blanca.

Laura Dib, directora del Programa para Venezuela de la Oficina en Washington para América Latina (WOLA, por sus siglas en inglés), y David Smilde, académico con larga trayectoria en el estudio de la política estadounidense hacia Venezuela, coinciden en que el llamado “tsunami azul” (el color del Partido Demócrata) no modificará de forma radical el control ejecutivo de la política exterior, pero sí elevará el costo político de ciertas acciones y abrirá espacios de escrutinio que antes resultaban más limitados.

Dib señala que, aunque la política exterior sigue en manos del Ejecutivo, el descontento generado por las detenciones y deportaciones masivas de migrantes, el fin de mecanismos de regularización y la imposición de aranceles ha llegado incluso a estados tradicionalmente republicanos como Texas y Florida. Ese malestar, argumenta, hace más costoso políticamente mantener posturas extremas.

Al mismo tiempo, destaca el carácter bipartidista del apoyo a la democracia en Venezuela: la presión por hitos concretos —elecciones presidenciales creíbles y libertad incondicional de presos políticos— probablemente aumentará ahora que los demócratas controlan ambas cámaras.

Los demócratas podrían exigir mayor claridad sobre las intenciones estadounidenses respecto a una Venezuela democrática y soberana, sostiene David Smilde. Con mayor poder de supervisión, el Congreso podría pedir cuentas sobre el cumplimiento de ese calendario y sobre la coherencia entre las declaraciones de Trump (con sus elogios al gobierno interino de Delcy Rodríguez y priorizando los negocios) y los objetivos declarados de transición democrática.

Uno de los frentes más concretos de posible fiscalización es el acuerdo petrolero con North American Blue Energy Partners (NABEP) y otros acuerdos extractivos entre Caracas y Washington. Dib apunta que los demócratas podrán exigir la publicación de la presunta auditoría de KPMG a la cuenta del Tesoro que maneja los fondos provenientes del petróleo venezolano, así como mayor transparencia en la minería.

Smilde y Dib, sin embargo, reconocen el riesgo de que el foco legislativo se desplace hacia asuntos domésticos de mayor resonancia política —como los archivos Epstein o los negocios de la familia Trump—, dejando relegado el tema de Venezuela. Dib advierte explícitamente sobre esta posibilidad, aunque insiste en que la causa democrática venezolana sigue contando con respaldo bipartidista.

Frente a este diagnóstico, otros analistas introducen matices importantes. El periodista venezolano Alejandro Armas Díaz sostiene que el impacto real será limitado. Recuerda que la política exterior es, por amplio margen, dominio del Ejecutivo y que esa tendencia se ha acentuado. Además, señala que no está del todo claro qué quieren exactamente los demócratas: muchos se opusieron a la intervención de enero, pero una vez ocurrida y puesto en marcha un proceso de cambios, oponerse abiertamente a una posible transición democrática podría resultar políticamente costoso.

Armas también contempla que Trump, debilitado electoralmente, priorice la agenda doméstica, pero destaca que Rubio —percibido incluso por críticos como uno de los funcionarios más competentes del gabinete— seguiría a cargo de la ejecución del plan de tres fases.

El académico William Serafino, con una visión usualmente de izquierda, coincide en que Venezuela no será el tema prioritario del nuevo Congreso y que Trump conserva la capacidad ejecutiva de reimponer sanciones o modificar licencias. El impacto de cualquier escrutinio sobre NABEP y la administración de recursos petroleros sería, en su opinión, más político que jurídico-institucional.

El consultor Enderson Sequera, en tanto, plantea una hipótesis distinta sobre los incentivos de Trump. Con dos años restantes en la presidencia y tras una derrota aplastante, el mandatario podría verse tentado a pensar en su legado. Completar la “tarea” en Venezuela —iniciada en su primer mandato en 2017— se presentaría como una oportunidad de consolidar un logro de política exterior en el hemisferio, especialmente si considera que un eventual sucesor demócrata podría deshacer parte de lo avanzado.

La persistencia del apoyo bipartidista a la democracia, señalado por Dib y Smilde, sugiere que es improbable un abandono total de la agenda democrática sobre Venezuela. Al mismo tiempo, la primacía del Ejecutivo, la capacidad de veto y la competencia por la atención política en Washington indican que los cambios serán graduales y estarán sujetos a negociaciones internas estadounidenses.

La figura de Marco Rubio aparece de manera recurrente -en los distintos análisis- como un factor de continuidad: tanto quienes esperan mayor presión democrática como quienes anticipan un blindaje del esquema actual lo identifican como el actor clave en los próximos meses. Rubio confirmó este jueves a The New York Times que no renunciará y seguirá siendo parte del gabinete de Trump.

En este escenario de incertidumbre sobre cómo impactará la derrota electoral en la dinámica entre Caracas y Washington, la atención se desplaza también hacia actores internacionales. Smilde observa que si la influencia estadounidense se diluye o se vuelve más errática, países como España, Portugal, Italia o Países Bajos podrían incrementar su involucramiento.

En cualquier caso, los analistas coinciden en que el ritmo de los cambios dentro de Venezuela dependerá no solo de las dinámicas en el Capitolio y la Casa Blanca en Washington, sino de la capacidad de los actores venezolanos —oficialismo, oposición y sociedad civil— de adaptarse a las nuevas circunstancias y sacar rédito de ello.

A dos años del fin del actual mandato de Trump y con un Congreso demócrata que asumirá en enero, el escenario más probable es el de una presión incremental y selectiva más que el de un giro abrupto.

Al mismo tiempo, la posibilidad de que Trump priorice su legado (poniendo a Venezuela como el ejemplo de un logro en política exterior) o de que Rubio busque consolidar un perfil propio de cara a las elecciones estadounidenses de 2028 introduce variables adicionales que pueden acelerar o complicar el proceso.

El resultado final dependerá de cómo se equilibren todos estos factores en los próximos meses.

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