Esa lástima con la que nos miran…
Salgo de Venezuela por pocos días. Me acompaña mi hija Tuti, a quien por su dificultad motriz le pido silla de ruedas en los aeropuertos. El joven que la lleva es encantador. Se interesa por ella, por su condición. Es solidario, afable. Tiene una sonrisa luminosa, unos dientes blanquísimos y parejos que contrastan con lo moreno de su piel. Una sonrisa que le dura hasta que conoce de dónde somos. “Ohhh”, exclama con pesar. “Pobrecitas ustedes”.