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Henry Ramos Allup, ídolo de la generación selfie

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Como Lázaro, resucitó de entre el olvido. Las tinieblas adecas volvieron a ser blancas gracias al genio, intelecto y bizarría de Henry Ramos Allup. Será presidente de la Asamblea Nacional hasta el 5 de enero y como tal le habló al país claro y sin discriminación. Su propósito: salir del régimen chavista. Cree en la democracia, en la institucionalidad y en la unión de la oposición para salir del horror. “El viejo” se modernizó con las redes sociales y hasta gusta de los selfies

Dice que preferiría olvidarlo, pero es imposible. Básicamente, porque lo recuerda todo. Hasta los grabados que decoraban el techo de su casa de infancia en Valencia, y una extraña lesión en la piel que sufrió cuando prácticamente era un recién nacido. Es una virtud. Pero también un defecto. Henry Ramos Allup tiene una excelente memoria.

En 1999, todo era ruina. Escombros. Ramos Allup lo cuenta y lo vuelve a vivir. Le duele. Da nombres, imita gestos, repite desprecios. Acción Democrática (AD) había muerto. O eso creían. Y así lo trataban. La vieja guardia huía en desbandada. “Compañeros” que prosperaron gracias al partido, ahora le daban la espalda. “En este momento no puedo”. “Te agradezco que no me llames”. Teléfonos colgados. Nadie nunca había sido adeco.

Ramos Allup trapeaba todos los días su oficina. En el suelo estaban tirados 58 años de historia. “Una vecina me prestaba dos tobos de agua, yo me recogía el ruedo de los pantalones y pasaba coleto”, describe. Así comenzaba la jornada el secretario general. La sede de AD en La Florida se caía. Como el partido. Las filtraciones agrietaban las paredes. Consiguieron el esqueleto de una bicicleta escondido en el tanque de agua. Y algunos cadáveres en el armario. “No había para pagar la nómina”. Quiebra total.

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Ahora, la historia es distinta. Ramos Allup llegó a Maturín en el primer vuelo del jueves 17 de noviembre. Apenas baja del avión, observa un afiche con los rostros de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello. Bienvenido. Los adecos tomaron desde temprano el terminal y reciben a su líder con una versión tropical del himno del partido. Un “¡Adelante a luchar milicianos!” bailable, con el permiso del poeta Andrés Eloy Blanco y el maestro Inocente Carreño.

“Aquí a nosotros nos rayaron la casa y mientras la recuperábamos, nos gritaban: ¡recojan los vidrios!”, añade al memorial de agravios Sandra Alfaro, secretaria general de AD en Monagas. Alfaro es una señora de firmes convicciones y curvas pronunciadas. En 2012, le sugirió a su jefe que se lanzara a la Presidencia de la República. Ramos Allup, sosegado, le respondió que la gente no quería viejos. Cuatro años después, Alfaro sonríe.

La gira comenzó con un desayuno en el mercado de Maturín. Cochino, arepa, café. Y tres jaladas a un cigarrito. “¡Ramos Allup, saca a Maduro!”, exclamó un gordito. Un puñado de chavistas trató de sabotear la visita. Fracasó en el intento. El presidente de la Asamblea Nacional (AN) estrechaba manos y repartía abrazos, mientras la gente se concentraba a su alrededor. Una mujer lo ve y se le aguan los ojos. La mayoría gritó y aplaudió. Hizo calor. Para no perder la costumbre. La visita fue breve. Un flaco se acercó, saludó y casi se birló un plato de empanadas. Lo atajaron y le advirtieron que las vituallas eran para los periodistas. Se perdió un voto.

Una sola palabra

Dependiendo del lugar y la audiencia, el diputado ajusta los registros de su discurso. Pero el contenido es el mismo. No escurre el bulto. Destaca aciertos. Reconoce errores. En las asambleas se preocupa por despejar todas las dudas. “¿Respondida tu pregunta?”, cierra cada intervención. Le contestan que sí y continúa. “Uno prefiere decir la verdad, estos son procesos muy difíciles”, admite.

En la calle, una mujer lo tomó por los brazos y lo interpeló sin rodeos: “¿Cuándo salimos de estos coños de madre?”. Esa misma interrogante se la plantearán unas cien veces en menos de 72 horas. Antes de abordar la cuestión, acotó que solo es un ser humano. Que quisiera anunciar que será este sábado a las 4:28 de la tarde, pero no puede. Que no hay soluciones fáciles ni rápidas. Que hay que resistir. Luchar. Que en el peor de los casos, el presidente Maduro culminará su mandato en 2018. Si no corta alas, al menos aterriza a la gente de un solo golpe. Uno de sus acompañantes comentará posteriormente que, a veces, le falta “vender más ilusión, más esperanza”. La verdad tiene eso. Es amarga.

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A Ramos Allup lo arropó toda la Unidad en Monagas. Eso quiere decir que a su lado se sentaron dirigentes que estuvieron de acuerdo en la mitad de las cosas y difirieron en la otra mitad. A todos trató con deferencia. Reivindicó la importancia de buscar una salida negociada, pero respeta la decisión de quienes no participaron en los contactos con el chavismo. Cedió el micrófono al segundo vicepresidente de la AN, Simón Calzadilla, ardoroso defensor del diálogo, y después oye con atención a los voceros de Vente Venezuela y Voluntad Popular. Celebró sendos mítines escoltado por el exgobernador y candidato adeco en Monagas, Luis Eduardo Martínez, y envió una palabra de aliento a ese “perseguido político” que es el exgobernador chavista José Gregorio “Gato” Briceño.

La agenda en Maturín incluyó una reunión en la catedral con monseñor Enrique Pérez Lavado. “Yo soy uno de los pocos adecos católicos practicantes”, confesó Ramos Allup antes de solicitarle al obispo que le bendijera una imagen de san Benito que carga en el pecho. Alfaro aprovechó la ocasión para pedirle al prelado que también le bendijera la lengua, aunque después se arrepintió. “No hace falta”.

El parlamentario esconde una daga detrás de los dientes. En las concentraciones, comienza apelando a un tono casi pedagógico para explicar la coyuntura nacional. Y luego se suelta. “Mapleto”. “Babieco”. “Bobo”. “Vago”. “Mal entretenido”. Raja por todos lados a Maduro. El culto a Chávez no es con él. “Demonio”. “Satanás”. “No puede estar descansando en paz”. “Se achicharra en la quinta paila del infierno”. Tras cada insulto, la audiencia de Maturín rugió.

Todo cambia

Henry Lisandro Ramos Allup nació en Valencia, estado Carabobo, el 17 de octubre de 1943. Hasta hace muy poco era viejo. Ahora es experimentado. “La experiencia es una ventaja”, afirma Omar Landaeta, docente de 27 años. Gladimar Gómez, un técnico superior en administración tributaria de 20 años, piensa lo mismo. “La experiencia es necesaria para afrontar las decisiones políticas”. “Henry es un hombre muy experimentado”, coincide Johana López, una universitaria de 24 años. El tiempo pasa. Las percepciones cambian.

El sábado 19 de noviembre, el presidente de la AN encabezó dos actos en Monagas. Temprano, habló con jóvenes en la capital del estado. En la tarde, se trasladó a Aragua de Maturín, digno representante de esa confederación de pueblos venezolanos que se niegan a morir. Después del almuerzo, un militante adeco lo abrazó y auguró que llegará a la primera magistratura nacional. “Por de pronto, antes de Miraflores, quiero entrar al baño”, deslizó Ramos Allup. Cumplido el compromiso, se montó en la tarima.

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La calle principal está llena. “El hombre está haciendo un buen papel, nos ha abierto los ojos”, apunta Neptalí Ramos, un chofer de 57 años. “Está peleando contra un monstruo de cuatro cabezas, el pueblo tiene que ayudarlo”, observa. La música suena a todo volumen. Los vecinos ondean sus banderas. El sol se acuesta lentamente. “Es algo hermoso, todavía quedan adecos”, se sorprende Mercedes Lara, una madre desempleada de 53 años. Tiene tres hijos y el único que trabaja vende periódicos. “Paso más hambre que ratón en caja de clavos”, ironiza. Lara vino a escuchar a Ramos Allup “porque me gustaría que fuera el próximo Presidente, así le pegue cachos a mi papi Capriles”.

En Aragua de Maturín, el secretario general de AD llama a la gente a apoyar al liderazgo opositor en su lucha contra el régimen chavista. Compara el fervor popular con el combustible. “Si tiene gasolina, un cacharro viejo llega más lejos que un carro moderno sin gasolina”, coteja, mientras pisa el acelerador.

Para el recuerdo

Hasta no hace mucho, nadie deseaba retratarse con él. Pero ahora, todo el mundo quiere una foto con Ramos Allup. O, mejor dicho, un selfie. “Mi marido jura que usted es el Messi de la política”, lo abordó una dama, teléfono en mano. Y detrás de ella vino un barbudo. Tres señoras. Un enjambre de estudiantes. Una mujer embarazada. Un calvo y un greñudo. Dos parejas jóvenes. Seis maracuchos. Un tipo con la camisa del Caracas. Y una familia entera que, tras revisar la imagen grupal, quiso una para cada uno.

Entre foto y foto, Ramos Allup compartió alguna anécdota. “Mi abuela materna aconsejaba a sus hijas: ‘primero casa, después enamora’. Todas le hicieron caso salvo la menor, que fue la que terminó divorciada y pobre”. Recorrió la Valencia de su infancia. Relató que pospuso su luna de miel porque debió saldar la deuda de una oficina del expresidente Pérez. Disertó sobre la correcta preparación del asado negro. Se apasionó hablando de la cocina. Aclaró que no nunca le ha gustado el pescado de río. Y recordó que en 2000 encabezó una asamblea en el barrio Los Erasos donde participaron alrededor de cinco personas y un perro macilento.

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“¡Henry, un selfie!”, le pidió una rubia y su esposo. Y tres muchachas. Y un comerciante. Y el nieto de un viejo adeco. Claro, faltaba más. El presidente de la AN no abraza. Apurruña. La imagen quedó perfecta. Parecían amigos de toda la vida. Aunque no siempre sonría. Las últimas fotos fueron en el aeropuerto de Maturín. La gira en Monagas concluyó. Llegó la hora de retornar a Caracas. Antes de que el avión despegue, vuela una pregunta más:

—¿Presidente, en qué ha cambiado usted para que la gente lo quiera ahora?

—¿Yo? Yo no he cambiado, ha cambiado la gente conmigo.