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Los estados alterados de Emilia Azcárate

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20/03/2017
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TEXTO: DIANA MONCADA |FOTOGRAFÍA DE PORTADA: MDE.ORG.CO

Pintora de abstracciones y viajes, sus vuelos sobre los senderos de la belleza ya tocan pináculos. Recién participó en la feria Arco Madrid, cita de postín para el arte contemporáneo. Su despegue ha sido tal que un reputado museo de Francia adquirió una de sus obras este año. Prudente y muy trabajadora, Emilia Azcárate hurga la llaga, no conoce limitaciones plásticas. Sus planos son tridimensionales 

En su primera visita al Museo del Prado, Emilia Azcárate se deslumbró por el espectáculo cruel y poderoso de las obras del artista español Francisco de Goya. Allí la imagen de Saturno devorando a sus hijos fue quizás su primer encuentro consciente con la belleza en su más densa desnudez. De Goya le ha cautivado su “manera de retratar la humanidad y la decadencia de España”, fascinación que se convertiría en un aliciente en su largo recorrido como una creadora de imágenes, cuyas indagaciones se inscriben principalmente dentro de las corrientes abstracto-geométricas.

Pero esa no sería la única exposición que marcaría temprana e indefectiblemente la vocación artística de esta venezolana que acaba de participar en la feria internacional de arte contemporáneo ARCO 2017 (Madrid). Una exposición de la gran ceramista venezolana Seka, en los años setenta, en la Sala Mendoza, también generaría un revuelvo en su mente, que fungió como una suerte de portal ante el cual su mirada ensancharía sus posibilidades de ver e imaginar. La Sala Mendoza le sería entonces muy familiar. Su abuelo, Justino de Azcárate, fue uno de los fundadores de este espacio expositivo, con quien mantuvo una relación afectiva de mucha cercanía. “Mi abuelo Justino era un hombre de valores, muy culto, inteligente, generoso, divertido, siempre joven”, rememora.

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Emilia nació en Caracas, pero vivió su infancia en Pertigalete —Estado Anzoátegui— ante el imborrable paisaje del mar Caribe. A los 14 años emprendió su primer viaje a Europa, y sucesivamente su pulsión viajera la empujaría a recorrer numerosas ciudades del mundo —donde ha vivido y trabajado. Hoy reside en aquella ciudad donde Goya la fascinó por vez primera. “Aquí es donde mejor vivo y donde quiero estar. Estoy feliz en Madrid. Voy a cumplir siete años que no voy a mi país. Las relaciones de larga distancia son muy dolorosas, pero a veces necesarias”, sentencia.

La transitoriedad de los espacios que ha ocupado y los lugares visitados instalaron en ella una singular mirada con la que lee y aborda el acto creativo, una mirada que percibe en todas las cosas un paisaje posible. “Es muy sencillo para mí observar, desde un bachaco cargando una hoja casi diez veces su tamaño, hasta una puesta de sol en el mar Caribe, grupos de ballenas, delfines y manta rayas, un tepuy en plena sabana, hasta las lluvias de estrellas y el azul cristalino o profundo con la arena de coral, son un éxtasis puro y duro. Aunque también puedo ver un paisaje en una pared puramente blanca. Me gusta la acción contemplativa. El no hacer nada sino ver, observar y pensar concentrada en un objetivo”, cuenta.

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Además de su inmanente curiosidad, su infancia estuvo también estimulada por un hogar donde el arte tenía un lugar destacado. “Crecí en un núcleo donde la cultura en general era el mayor estímulo, desde un fósil hasta un cuadro, libros y viajes (…) Como cualquier niño me encantaba pintar, hacer castillos de arena e incluso hacer cosas con cerámica. Mi vocación artística estuvo muy marcada por los paisajes del entorno donde me crié (Pertigalete) y por mis visitas a museos…”, recuerda en distancia.

Con esas potenciales cualidades, Azcárate trazó naturalmente un camino directo al estudio formal del arte. Entró a la Universidad de Arte de Saint Martins en Londres. “Me sentía atraída al concepto de hacer algo con los espacios habitables, interiores y el hogar en su conjunto, por lo que decidí entrar al Fundation Course con la intención de estudiar diseño de interiores”. Pero la experiencia académica le daría un vuelco a esa primera decisión: “gracias a que se nos inculcó a experimentar con todas las formas de expresión artística como la arquitectura, el cine, las artes gráficas, la escultura, etc., me di cuenta, al cabo de poco tiempo, que lo que realmente me interesaba era la pintura, el dibujo y la expresión bidimensional”, cuenta quien a los 22 años de edad vendió su primera obra de arte, lo que determinó que desde siempre lograría vivir de su propio trabajo creativo.

 

“Acababa de llegar de vivir en Londres y Carlos Sosa, artista y un gran amigo, me prestó su taller de La Pastora durante tres meses, mientras se iba hacer una exposición en Nueva York. Fue él quien me trajo a un coleccionista francés que vivía en Caracas. La obra adquirida fue una pintura de gran formato que trataba sobre mi experiencia en carpa recorriendo La Gran Sabana, a donde me fui con mi pareja de ese entonces dos semanas que en tiempo real duraron cuatro meses”, relata su peripecia.

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Alteración de los estados

El trabajo plástico de Emilia Azcárate, representada actualmente por la Galería Henrique Faría Fine Art, enfocada en arte conceptual latinoamericano, ha estado signado por una profunda transformación, materializada a partir del uso de diversas técnicas —óleo, encaústica, dibujo—, y materiales y soportes como tela, papel, madera, paredes. Sus obras se han adaptado desde los pequeños formatos que elige por su capacidad de maleabilidad hasta las pinturas de gran tamaño, la escultura y las instalaciones.

Desde los años noventa la artista incorporó bosta de vaca a su trabajo pictórico —influenciada por un viaje que hizo a la India— elaborando patrones donde la repetición es una búsqueda para “separarse de la materia, desprenderse”. Más tarde usaría materiales de desecho —semillas, piedras, chapas, metales— llegando así a la conceptualización de sus famosos mandalas, constituyendo un “mapa aleatorio” de distintos territorios que ha visitado y de donde recoge las chapas con las que conforma las circunferencias que hacen alusión a pequeños universos.

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En 2008 pintó Sudokus durante todo el año, resolviéndolos con colores que asignaba a los números. En la serie Periférico trazó redes de pintura que desembocaron en una instalación que montó para CIFO (Cisneros Fontanals Art Foundation, 2016), donde la intención era “interpretar el trazo del pincel en un plano tridimensional”. Y en Fisuras, el plano toma cuerpo en objetos tridimensionales, superponiendo capas que develan el esqueleto de sus estructuras, a través de cortes con bisturí “que atraviesan el plano pictórico mostrando su reverso”, logrando “un desprendimiento de la forma del fondo”. Azcárate, “Cuando el espectador observa la obra desde su total apertura y descubre casi todo lo que hay en ella. Todos los planos son relevantes, como un cuerpo espacial en movimiento”, asegura.

Se declara como una obsesiva de sus procesos de creación. “Cuando se me mete algo en la cabeza, ya sean círculos, líneas, puntos o cualquier cosa, siempre tengo la intención de crear una repetición obsesiva con un fin determinado, alterar un estado, marear la mente, esconder y camuflar para que luego se descubran. No todo se tiene que ver ni saber. Prefiero que se vaya descubriendo, que la experiencia sea real desde la abstracción”, explica con el mismo entusiasmo que la embargó cuando recibió Mención Honorífica en el I Premio ABC de Pinturade ARCO´00 en Madrid en el año 2000.

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La pintura expansiva

Para Azcárate no existen límites en el acto pictórico. Al contrario, cree en la posibilidad expansiva hacia otras formas de expresión. “No creo en límites. La mente puede limitarse, pero todo lo demás está en continuo cambio y movimiento”. Es por esa razón que se niega anclarse en ninguna posibilidad expresiva. Desarrolla una idea, y casi simultáneamente prueba con otra, aunque se toma el tiempo de explorar cada serie a través de la repetición.  Ante el vacío de la tela, asegura que en sus procesos creativos no existe enfrentamiento alguno, “a partir de una idea o un tema que investigo, me dejo llevar fluidamente hasta llegar al punto en el que siento que tanto la idea como la expresión se funden”.

La más reciente de sus series, en la que ha venido trabajando desde 2015, está basada en la Pintura de Castas, género artístico del siglo XVIII que se expandió en México, Perú y España, cuyo tema central es la representación de las castas de la América Virreinal y el resultado del proceso de mestizaje. Para ello, “identifiqué cada uno de los orígenes, el indio, el africano y el español, con un color primario, basándome en la teoría de los colores desarrollada por Isaac Newton: amarillo, azul y rojo. Con este principio como base, investigué varias series completas —16 escenas— y algunas incompletas y fui creando distintas obras con un alfabeto que inventé hace tres años”.

Una de las obras pertenecientes a esta serie fue con la que Azcárate participó en febrero de este año en la 36 edición de una de las ferias de arte contemporáneo más importantes del mundo, ARCO. Allí vendió una serie completa de 16 pinturas basadas en algunos lienzos del pintor Miguel Cabrera —pintor exponente de la pintura de castas—, adquirida por un coleccionista privado; y un biombo, comprado por un importante museo francés, cuya identidad será revelada pronto por la galería que la representa.

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Los intereses de su obra por ahora están asentados, transitoriamente, en el mestizaje como problema expresivo en sus nuevas indagaciones plásticas, pero como ya lo ha hecho saber, sus razones y estímulos se multiplican y las posibilidades de direccionar su trabajo a otros senderos son heterogéneas.

El próximo mes de abril de este año emprenderá un Project Room en la feria de arte PARC de Lima (Perú) y para el año entrante mostrará su trabajo en Nueva York, en la Galería Henrique Faría. Su obra está presente en colecciones como las de Ella Fontanals Cisnero —Miami—, Colección Sayago y Pardon—California, Estados Unidos—, Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Colección Patricia Phelps de Cisneros, Fundación Cisneros —Caracas—,Colección Berezdivin, —San Juan, Puerto Rico—, entre otras.