Los niños de nadie

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De mis primeros trabajos hay la remembranza de dos niños durmiendo en la acera a pleno mediodía en Sabana Grande. Era el año 2001. Por aquellos días aún estaba fresca la promesa que fijó Hugo Chávez al decir que trabajaría para acabar con la crisis de los infantes en situación de calle, o se quitaba el nombre.

Dos décadas después, el número de menores de edad en estas condiciones es mayúsculo, y los grupos son mucho más visibles y comunes que cuando se usaba la pobreza como vitrina de los errores de la “cuarta república”. Una excusa.

La pregunta es qué pasó con esos muchachos después de 18 años. ¿Pudieron salir de su situación de calle o simplemente se sumaron a la estadística de muertes? No lo sabemos.

En cualquier caso, el gran ausente es el Estado. La Ley Orgánica para la Protección del Niño y Adolescente (Lopna) apenas ha quedado como un instrumento para que el inquisidor evite que el fotógrafo muestre la realidad del infante que vive en la calle. Sus principios y objetivos reales no se materializan, aquello de ayudar al menor de edad y protegerlo.

Y ahora hay una nueva generación. En la calle Guaicapuro de El Llanito, en Petare, a diario sube y baja un grupo de niños, delgados. No están sucios pero llevan consigo paquetes de basura sobre carretillas.

La tarea del pepenedor ahora es de niños que hacen vida entre la inmundicia. Es un trabajo: no roban, no matan. Pero, ¿acaso no es mejor que vayan a la escuela y se formen como ciudadanos? Definitivamente es preferible un libro en las manos que un cartón que se venderá para el reciclaje. Pero de esos viven.

Los que no trabajan solo piden. En estos días de urgencia, pocos tienden la mano y ellos quedan a su suerte. Otros roban para alcanzar una meta: comer.

¿Padres? Unos dicen que ya no viven con ellos y otros quedaron huérfanos por la violencia. Pero el número de niños improvisados le gana a esa absurda visión de padres que los trajeron al mundo porque no los pudieron abortar; una terrible paradoja entre matarlos antes de nacer o matarlos de hambre después que ven la luz.

A lo largo de la avenida Francisco de Miranda, en Caracas, hay un grupo de siete a ocho niños entre los ocho y 16 años que deambulan. Los jóvenes tienen algo en común, no tienen zapatos. Cuando entran al Metro se hacen notar de inmediato, el olor a miseria les impregna la piel y los rostros solo denotan supervivencia.

Con sus pies descalzos van de un lado a otro, cual manada, por el subterráneo. Allí también cazan comida y piden pan, estirando los brazos curtidos de mugre. Caminan de vagón en vagón como si fuera normal vivir así. Así van creciendo.

Más allá, las miradas de los pequeños recorren vidrieras de panaderías y restaurantes. Escudriñan a los clientes esperando una bondad o una limosna, quizá algún bocado. Algunos incluso están acompañados de un adulto, exponiendo su miseria para procurarse lo que sus padres no pueden proveer.

Son los hijos de nadie en la Venezuela que entró en un retroceso, marcado por el abandono escolar y la forzosa necesidad de trabajar, de “resolverse”, de crecer sobre el asfalto sorteando el fuerte ritmo de la calle.

Comunicador visual egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas en las menciones Diseño Gráfico y Fotografía. Cuenta con 18 años de experiencia en la fotografía documental y fotoperiodística. Trabajó en la extinta Cadena Capriles y participó del especial OLP: La máscara del terror oficial en Venezuela, de Runrunes. En El Estímulo y sus marcas logró ser por dos años consecutivo merecedor del Premio a la Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa. Además, desarrolla un seriado de ilustraciones editoriales con carácter crítico relacionado a la Venezuela de la actualidad, que fue expuesto en la colectiva República Colapsada Vol. 2, en New York en 2017.