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Luis Silva, la fama que ganará o perderá

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Su historia es una de superación como muchas otras. Niño de barrio que un día probó las mieles del éxito. Sin duda tiene talento. Gracias a él protagonizó el film Desde allá de Lorenzo Vigas, ganador del León de Oro de Venecia y nominada como Mejor Película Iberoamericana para los Premios Goya 2017. Actor que muda pieles; tan bueno que, día a día, lejos de las cámaras, no se sabe si abandona el histrión o fingimiento. Dice conseguir todo lo que quiere. La fama y Hollywood están por verse

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“Mira, todavía no lo he celebrado; ahorita lo voy a hacer: tengo ahí unas botellitas que me voy a tomar con una persona muy especial para mí”, Luis Silva está en Chicago. Es 28 de julio de 2016. El día anterior cumplió 23 años. El comentario es una primicia: su novia, Joretsys Ibarra, es de momento un rumor entre su familia. En cambio es vox populi que su actuación en Desde allá de Lorenzo Vigas ha sido apreciada en los festivales AFI, Biarritz, Glasgow, La Habana, Miami, Montclair, Múnich, San Francisco, San Sebastián, Tesalónica, Zagreb y Venecia; y ha merecido el premio a mejor actor de Biarritz, así como una mención especial en San Sebastián.

En el 2012, Lorenzo Vigas trabajaba en su primer largometraje. Para el papel principal, contactó a un chamo del barrio Los Mangos, ubicado en El Cementerio. Luis había tenido breves participaciones frente a la cámara: La hora cero, La distancia más larga y Rueda libre, un cortometraje que protagonizó pero nunca vio luz. Con Lorenzo, entraría en un torbellino. El chico, que hasta los 21 años nunca se había montado en avión, ha visitado a sus 23 primaveras nueve países y usó un taxi acuático en Venecia para ir recibir un León de oro. El logro es archiconocido: en la edición número 72 del festival, Desde allá se convirtió en el primer film latinoamericano en alcanzar el premio máximo. Fue la guinda al pastel para una producción que triunfó en el Festival de Cine Venezolano de Argentina, que obtuvo la nominación como Mejor Película Iberoamericana para los Premios Goya 2017 y representará al país en la edición número 89 de los premios Oscar. ¿El chamito del barrio que ni siquiera culminó la primaria tenía la madurez para afrontar un cambio tan brusco?

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Una infancia arrancada

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Dora Silva vivía en Los Mangos, en la casa de la familia. Una propiedad que pertenece a todo un vínculo sanguíneo. Tres habitaciones, tres núcleos familiares. El de ella estaba por ampliarse: se había involucrado con un hombre casado y con hijos. Quedó embarazada de un varón al que llamaría Luis Alejandro. Si al actor se le pregunta el nombre de su padre, responde: “¿Te lo tengo que decir? No quiero dar vida a ese personaje. Ese personaje no vale nada”.

Aclara: “Mi papá era delincuente, era asaltador de mercados y de bancos. Murió en el año 2000. En algún momento él —con su ausencia— me hizo sentir muy mal cuando yo era pequeño. Eso me afectó. Me hizo madurar muy rápido (…). ¿Por qué ellos, mis hermanos paternos —dos hembras y un varón que fue asesinado—, tienen de todo y viven bien? ¿Y nosotros por qué tenemos que vivir así?, pensaba. Pero yo le agradezco a Dios, porque mi mamá siempre estuvo luchando, siempre estuvo ahí y me daba amor. Por falta de amor no me sentía triste, me sentía triste porque no era justo lo que él hacía. Pero creo que él ya pagó el mal que hizo. No le deseo mal, pero no siento ningún tipo de amor por ese personaje”.

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La pobreza es una roncha difícil de quitar. El carisma, también. Vecinos y familiares hacían de Luis el centro de atención. Su gracia era tan notable como sus travesuras: una vez, convenció a sus compañeros de preescolar para que embadurnaran las paredes con acuarelas. La maestra, Carmen Blanco, notó las cualidades del niño. Le dijo a su mamá que podía ser actor. Le pidió que le dejara mostrárselo a un amigo de ella que hacía cine. Dora se negó: alegó que en ese mundo había muchos escándalos y drogas. No quería eso para su hijo.

Mari Luz González —tía de Dora, que la crió a ella y en parte a Luis— también recibió el mismo comentario de la maestra. Dora lo explicará años más tarde: “Tenía sus cosas desde niño, porque creaba unas historias que si tú no lo conocías te las creías”. Completará Carlos González, primo Luis que ha fungido como una especie de hermano mayor: “Te narraba historias y tú te las creías. Y todo era mentira. Tenía esa facilidad para inventar, para crear”. Mari auparía a su sobrino para que desarrollara la actuación, así fuera de forma empírica, fantasiosa. Como una promesa que ambos se inventaron para quitarse la roncha de la pobreza.

Luis dejó los estudios alrededor de los nueve años. No culminó cuarto grado. El niño interpretó el papel de un hombre: hipotecó su futuro en pro a la comida diaria. Su madre no lo contradijo: “Siento a veces culpa, porque no insistí. Luis no es de un carácter fácil, ¿sabes? Tiene un carácter muy fuerte. Fue pasando el tiempo y no insistí más”.

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Dora limpió casas, fue costurera, vendedora y actualmente trabaja como camarera en Barrio Adentro. Luis empezó a ganar dinero en un supermercado, luego pasó a un autolavado y por último a una licorería. A los 14 años, se le abriría la posibilidad de empezar a generar ingresos como actor.

Era sábado, cerca de las diez de la mañana. Un amigo le pidió que lo acompañara a un casting. Dora estaba de vacaciones en La Guaira. No tenía cómo decirle a Luis que no lo quería ver en ese mundo. Los dos adolescentes fueron a parar a la oficina de Mireya Guanipa, directora de casting. “Yo solo vine a acompañarlo a él”, respondió Luis cuando Mireya le ordenó que tomara un número. “No, pero hazlo tú también. Tú te pareces al personaje”, insistió la mujer.

Por primera vez, vio a una cámara. Leyó un libreto. Luego, escuchó aplausos. Lo habían seleccionado.

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La alegría tenía pronta fecha de caducidad. Una semana pasó antes de que le avisaran que ya no lo querían para el papel. El personaje era un malandro; por ende, debía ser negro. Dora y Mari tuvieron que consolar a su muchacho. No se daban cuenta de que en el salón de las oportunidades, una puerta cerrada significa cinco abiertas. Mireya lo contactó en menos de un año para que hiciera La hora cero. A los 17, lo llamó para La distancia más larga. A los 19, le habló de él a Lorenzo Vigas.

Dirá el director: “Sabía que el gran reto de la película, más que Armando, iba a ser Elder, porque es el que tiene el arco emocional, es el más joven (…). Fui a casa de una amiga, Mireya Guanipa, que es directora de casting, y vi a una foto donde Luis estaba entre un grupo de gente; era un casting al que había ido no por interés propio sino para acompañar a un amigo. Tenía algo interesante en el rostro, como tristeza, fuerza, melancolía; en realidad, lo tenía todo para el personaje”.

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El niño interno pide revancha

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Teorizó Sigmund Freud: “Si un hombre ha sido el indiscutible favorito de su madre, logra conservar durante toda la vida un sentimiento de vencedor, esa confianza en el éxito que a menudo conduce realmente al éxito”. Dice Luis: “Mi madre siempre me ha dicho que yo merezco ser grande”.

Sin casting y con apenas unos meses de preparación, Luis empezó a filmar bajo la dirección de Lorenzo. Al director le obsesiona un tema común en Latinoamérica: los padres ausentes. Al apreciar el talento de un chico, que para él será el próximo Gael García Bernal, quiso sacarlo del naufragio y ponerlo en tierra firme. Lo llevó a vivir a la casa de su familia y le dio trabajo en la Fundación Oswaldo Vigas. Una vez terminó de filmar Desde allá, voló para su hogar en México. De Luis se encargarían otros.

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“Es lo que él dice y lo que él quiere que sea. Yo no lo veo como un hombre, para mí seguirá siendo un niño. Lo veo como un chamo”, contará su primo Carlos González. “Mi compañero de 23 años para acá. Porque no lo dejaba solo en ningún momento. Siempre lo cuidé mucho, andaba detrás de él (…). Soy una madre obsesiva. Él me decía, en las noches, cuando estábamos acostados hablando, que lo dejara ser. Que yo no lo dejaba hacer su vida, que él quería tener libertad (…). Es una persona muy inteligente. Seguro de sí mismo. Cuando quiere algo, lo busca; hasta que no lo encuentra, no se queda tranquilo. Es demasiado perseverante. Sí tiene un carácter fuerte, pero yo como madre lo sé llevar. Es muy hiperactivo: si quiere algo, tiene que ser ya, ahorita mismo”, describirá Dora.

Luis empezó a moverse entre dos mundos que no se tocaban: su familia y el barrio, y la película y el entorno Vigas. En la Fundación, no tenía un horario fijo ni labores definidas. Veía una y otra vez Pulp Fiction, pero consumía todo lo que le recomendaban. Con los libros era parecido: pedía recomendaciones y se le vio varias veces con un texto de Bukowsky. Y aunque en sus primeras entrevistas decía mejol, afalta, amistá y reculsos; el curso de dicción que le pagaron haría efecto.

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Alguien anónimo contará: “Tenía falta de voluntad. No sé si era el creer que él se merecía todo lo que tenía y punto. Que no tenía que trabajar por eso. Llegó a decir: yo me merezco que Lorenzo me dé tal cosa, yo soy la estrella de esa película, yo me merezco tales cosas”. Una película sobre la que afirma que “va a cambiar el cine venezolano”. Se convirtió en un chamo que iba al spa y al que le insistían en que siguiera preparándose, estudiando teatro o actuación. Él se obsesionó con el inglés, un idioma que ve como su puente hacia Hollywood.

Al llegar de Venecia, el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) se ofreció a financiarle cualquier estudio. Luis se inscribió en un intensivo de inglés en el Berlitz. Avanzó un trecho, reprobó un nivel y había que pagar algo adicional. Ese monto lo canceló la Fundación Oswaldo Vigas o Lorenzo directamente. Luis, en ocasiones, ni siquiera iba a clases: se escapaba. Explicaron en Berlitz: “Para aprender un idioma hay que aprender gramática y tener una mínima noción de gramática en tu idioma. Una mínima noción que no tiene Luis Silva. Él hubiera podido lograr más, poniéndole una cuota adicional. Pero se retrasó mucho porque, en las clases, los profesores le hablaban en inglés y él se negaba a hablar en inglés. Retrasaba la velocidad natural del curso: si con una persona hay que ponerse una hora para una lección, a Luis hay que dedicarle tres horas”.

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El muchacho que conmovió al gestor que le tramitaba los papeles para irse a Estados Unidos, al punto de que no cobró por su trabajo, era el mismo que paseaba por la Fundación gritándole a su mamá por teléfono. El niño que inventaba historias devino adulto ambiguo. “Hay que preguntarse en qué momento deja de actuar. O en qué momento deja de mentir”, dirán voces anónimas.

En la Fundación le armaban los itinerarios para sus viajes y hasta le hicieron la maleta antes de ir a Venecia. Describirá alguien anónimo: “Es un chico que mueve a los demás a querer ayudarlo. No sé si será una habilidad de él, o si es una cosa genuina. No sé hasta qué punto es actor y envuelve a la gente, o si hay algo dentro de él que de verdad está clamando por ayuda”.

Le cocinaban, lavaban, planchaban, llenaban las planillas en el banco, le mandaban a hacer trajes a la medida y cobraba un salario por hacer poco. El entorno Vigas le daba, en vez de enseñarle. Niorka Rodríguez, la encargada de la casa Vigas, explicará por qué se decidió buscarle una habitación en Horizonte: “Eso fue para que aprendiera a despegarse. Estando aquí era un chico que tenía todo. Eso lo ayudó muchísimo. Se tomó la decisión de que se fuera para que aprendiera a estar solo, a tomar decisiones por sí mismo”. En Horizonte, al parecer, no vivió en la práctica. Escapó a casa de su madre. Hasta que el cinco de marzo voló al Festival de Miami.

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Avisó que se quedaría en Estados Unidos. Como en Miami se habla mucho español, y su intención es perfeccionar el inglés, se mudó a Chicago. Su discurso recuerda al de cualquier deportista que sale de la extrema pobreza rumbo al oro: quiere comprarle una casa a su mamá, ayudar a toda su familia, ama a un montón de gente y reniega de quienes se le acercan por su recién adquirida fama, tanto chicas como a sus hermanos paternos: “Sí me han buscado luego de la película, pero yo no quiero a nadie que me quiera después de que soy alguien”.

Expresará Niorka Rodríguez: “Quizá el mismo hecho de haber vivido todo lo que vivió, la calle y eso, hicieron que sea un muchacho con un carácter fuerte. Pero también tiene una parte muy sensible. Cuando le tocas el corazón, llora. Hay días en que es muy amoroso. Hay otros días en que es un chico duro. Tiene diferentes caracteres (…). Si él se lo propone, va a ser un gran talento”. Dice Luis: “Ya Desde allá quedó en el pasado. Depende de mí, de todo mi esfuerzo, alcanzar lo que yo quiero y hacer las películas que quiero hacer”.

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Así es, de él depende.