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Qué hizo Bolívar para merecer su desgracia

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24/07/2017
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FOTOGRAFÍA: VTV

La república lleva su apellido en uno de sus períodos más sombríos y ni siquiera lo dejaron tranquilo en el sepulcro. Aunque es difícil conseguir un erudito que valide una leyenda negra alrededor del Simón de la Santísima Trinidad —apartando a las tres raíces—, la mayoría coincide en sus defectos: ego desproporcionado, apetito por el poder, predilección por las formas monárquicas y una capacidad visionaria más bien limitada

En su cumpleaños número 234, que pasará metido dentro de un mausoleo que los memes de las redes sociales convirtieron en la pista de patinaje ideal para Bart Simpson, cabría preguntarse si con Simón Bolívar habría que emprender hoy un ejercicio de desacralización —para desandar la exacerbación abyecta de su figura que inició la ideología en el poder hace 18 años— o ha llegado más bien la hora de otra reivindicación. Dicho de otra manera: ¿vuelve a ser el Libertador un personaje simpático?

Si coincidimos en que Bolívar sigue siendo central en la constitución de una identidad venezolana —si es que los venezolanos de 2016, en medio de sus pesares cotidianos, conceden tiempo o importancia a una identidad nacional o a la historia—, y atendemos a las mediciones de encuestadoras como Datanálisis, queda la impresión de que pocos se tragan el cuento de un hilo conductor entre el primer presidente de Colombia y Nicolás Maduro, a través del conducto seminal de Hugo Chávez.

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En todo caso, ¿merece Bolívar la desgracia bíblica de que Venezuela lleve su apellido justo en uno de los períodos de mayor crisis económica y debilidad institucional de su historia republicana, o de que la moneda metálica con su efigie se haya devaluado hasta el extremo de su absoluta inutilidad para intercambiarse por algo, o de que sus presuntos huesos se exhibieran en un macabro striptease televisado hace ya seis años? “Ciertamente destacó entre los protagonistas de entonces por sus miras altas y por el desprendimiento de sus acciones, por su tenacidad de hierro, por las hazañas militares y por el deseo de proponer instituciones capaces de iniciar la sociabilidad republicana”, sopesa inclusive su muy crítico biógrafo Elías Pino Iturrieta en El Divino Bolívar (2003), un ensayo crucial en el desmontaje de la liturgia-orgía que ofició Chávez desde 1999 y que, hay que decirlo, ilustra la inevitable desviación que nos induce a analizar el pasado al golpe de las marejadas del presente.

Mentalidad autoritaria

Los historiadores consultados, en general, tampoco muestran disposición a validar una leyenda totalmente negra que contrarreste la habitual idealización del héroe intocable según el culto oficial. Aunque más o menos coinciden en el diagnóstico de sus aspectos más sombríos: un ego desproporcionado; inocultable apetito por el poder; predilección más o menos abierta por las formas monárquicas, más allá de cierto barniz republicano; y por supuesto, el genocidio documentado en su Decreto de Guerra a Muerte de 1813 —mucho antes de que se inventara la palabra—, cierto que en la etapa menos reflexiva de su carrera militar.

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“Nunca dejó de ser un hombre de su época, lo que no se dice en son de crítica, sino porque difícilmente podría ser de otro modo. Su mentalidad no trascendía mucho más allá del autoritarismo de cuño español”, reflexiona la historiadora María Elena González Deluca, que no encuentra demasiadas contradicciones en el pensamiento político de Bolívar: “Sus preocupaciones esenciales son la ruptura con España, la defensa contra un contraataque imperial y un gran tema, en definitiva: la gobernabilidad. El control político de la sociedad. Su admiración por el modelo monárquico británico es manifiesta. En el discurso de Angostura de 1819 apuesta por una autoridad vitalicia: un ‘sol firme en su centro que da vida al universo’ que, si bien no es hereditario, conserva la potestad de elegir a su sucesor. Un monarca con una cantidad de atribuciones que pueden perfectamente convertirle en tirano. Observa las elecciones y la alternabilidad como una puerta abierta a la anarquía. Su republicanismo es más de nombre que de esencia, y lo plasmará de nuevo en la constitución de Bolivia de 1826. El ciudadano que propone no puede elegir a su poder ejecutivo. Que Bolívar es un monárquico no lo puede tumbar nadie”.

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“Al principio se opuso a la independencia del Alto Perú, pero la aceptó cuando conoció la propuesta de que un país completo llevara su nombre: Bolívar, luego Bolivia. Imagínate, lo de Ciudad Trujillo en República Dominicana queda como una minucia. Su concepción fue totalmente centralista, tuvo un gran afecto por el poder y le encantaba ser centro de atención”, señala el también profesor de Universidad Central de Venezuela (UCV) Daniel Terán-Solano acerca del que se autodeclara dictador de Colombia luego del fracaso de la Convención de Ocaña de 1828. Terán-Solano admite que, usando un poco el fórceps, alguien pudiera argumentar la existencia de un cordón umbilical entre la querencia monárquica de Bolívar y la reelección indefinida de la reforma constitucional de 2009.

“Pero es cierto que no se le conocen los rasgos vesánicos o enfermizos de otros caudillos militares, una acumulación grosera de los beneficios de la autoridad. Quizás se deba a que nace rico. Como suele ocurrir, su divinización posterior tiene una explicación racional y otra irracional, derivada de casualidades, hados e imponderables. ¿Quién pudo haber sido el Bolívar alternativo en el centro de nuestro imaginario? Quizás Sucre, Páez o Miranda. Pero a diferencia de José Antonio Páez, o de Bernardo O’Higgins en Chile, o de Andrés Santa Cruz en Bolivia, que lucharon por la independencia y luego se atornillaron en el poder, Bolívar tuvo la buena suerte, por decirlo de alguna manera, de morir en el momento indicado. Fue más comandante que presidente. Además es exaltado luego como héroe presuntamente sacrificado y desprendido dentro del contexto cultural del romanticismo”, equilibra Terán-Solano, que, acerca del Decreto de Guerra a Muerte, cree que es necesario diferenciar entre el Simón radical, jacobino, comecandela y torpe estratega de la Primera y Segunda Repúblicas y el moderado y profundamente conservador que regresa luego del exilio en Jamaica y la cura de humildad recibida por el apoyo de una nación independiente con un presidente negro: Haití.

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Ni socialista ni nacionalista

“—El pueblo en su engaño cree que la alta burguesía va a llevarte flores al Panteón Nacional cada aniversario de tu muerte.

—¿Y entonces a qué van, pequeño compatriota?

—A asegurarse de que estés bien muerto, Libertador. Bien muerto”.

El fragmento de “Canción bolivariana” de Alí Primera, cantor popular fallecido en 1985, invita a reflexionar acerca de los vínculos que se fueron tejiendo entre el prócer mitificado y cierta izquierda ñángara —entonces cool por antiadeca— que creyó llegar finalmente al poder al montarse sobre la equívoca tanqueta de Hugo Chávez. Da escalofríos pensar que, mientras Luis Herrera Campins organizaba en 1983 los festejos del bicentenario del que el grupo Un Solo Pueblo llamaba “un segundo Jesucristo”, una logia militar presuntamente ya había trazado ante el samán de Güere la ruptura constitucional de 1992. Descartada cualquier inspiración socialista en documentos públicos o privados de Bolívar, evidentemente su utilización como fetiche tiene la pata larga por el lado del nacionalismo, lo que también es cuestionable: de haber tenido una vida política más larga, ¿cuánto tiempo se hubiera sostenido en la práctica su proyecto de la Colombia confederada? ¿Hubieran realmente aceptado los bolivarianos de hoy las órdenes emanadas desde las alturas por la “oligarquía bogotana”?

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“Por supuesto, no hay ningún documento que exprese alguna idea de Bolívar contraria a la propiedad privada o favorable a la emergencia de una nueva clase social. Es que ni siquiera estaba planteado. Su proyecto es principalmente la organización de una maquinaria política y militar. Bolívar fue muy de su clase. Le había exigido a su hermana que vendiera sus propiedades y depositara el dinero en Europa porque sabía que aquí perdería todo valor. Propone la abolición de la esclavitud, sí, pero como un recurso más dentro de la campaña de captación militar. Tampoco podemos decir que es una figura que haya impulsado el nacionalismo, no en nuestro sentido actual. Se consideraba el primero de los ciudadanos colombianos. Nacionalista, en el sentido de venezolano, más bien sería Páez, que además venía de abajo y tenía más conexión popular. En cuanto a la tesis del supuesto antimperialismo estadounidense de Bolívar, está apoyada en frases que servirían de ejemplo para una lección magistral de tergiversación””, deja claro María Elena González Deluca.

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“Entre el pensamiento del Libertador y el chavismo hay la misma relación como la habida con todos los otros regímenes que se han declarado bolivarianos”, señala Tomás Straka, recién incorporado como individuo de número dentro de la Academia Nacional de Historia, repasando el trayecto de un mecate que jala primero José Antonio Páez y luego en mucha mayor medida Antonio Guzmán Blanco, antes de llegar a la guindada grotesca de Juan Vicente Gómez, la rinoplastia oficial en sentido inverso que le practicaron con Photoshop en 2012 y pare de contar.

“Todo depende de cómo se evalúe al chavismo. Si lo consideras un paso adelante en la democratización de la sociedad y la consolidación de la soberanía, naturalmente que puede considerarse heredero o intérprete actual de un hombre que luchó por la abolición de la esclavitud, la educación popular y la formación de un Estado-Nación. Pero viéndolo en conjunto, parecen más las diferencias que las similitudes, con todo y lo complejo del pensamiento bolivariano. Una república ordenada, guiada por una elite, mientras la educación y la prosperidad, que los cambios económicos de carácter liberal implementaban, surtieran efecto y el pueblo fuera hábil para gobernarse, es la síntesis de lo que a lo largo de su vida mantuvo, a pesar de los cambios, Bolívar. Tú verás qué tanto se parece eso al chavismo”, concluye Straka.

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En todo caso, esas píldoras descontextualizadas de Gingko Biloba en que han derivado los pensamientos de Bolívar parecen haber quedado atrás luego de la sucesión cuasi monárquica —legitimada en las urnas— de 2013: “Nicolás Maduro quizás no es un intelectual, pero sí un leninista muy ortodoxo. Un socialista radical como jamás habíamos tenido en la presidencia de la República”, sostienen pensadores como el joven politólogo Guillermo Tell Aveledo. “Desde hace unos años ya ni se nombra a Bolívar. Desde la debilidad ideológica del chavismo, fue un recurso fácil de usar, sobreusar y exaltar hasta la ridiculez, además de un recurso retorcido para polarizar: si estás en la oposición eres antibolivariano, ergo antipatria, pues Bolívar es la patria. Pero no se si les cansó a ellos mismos”, se pregunta González Deluca. Quizás la del arado en el mar se ha vuelto una imagen particularmente incómoda.

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